Por: Gabriela Calderón Rueda / gcalderon449@unab.edu.co

Lo que pasó en Bojayá, Chocó, el 2 de mayo de 2002, fue un evento predecible, anunciado, y sobre todo, ignorado. El padre Antún Ramos, sobreviviente de la masacre, envió diez alertas tempranas. El conflicto crecía,  el bloque “Elmer Cárdenas” de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y el frente José María Córdoba las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) disputaban el territorio mientras que la comunidad civil trataba de salvaguardar sus vidas en un pueblo donde al parecer ni el Derecho Internacional Humanitario (DIH) “llega”, pues la masacre ha demostrado que a ninguno de los bandos le interesó respetarlo.

La llamada “Colombia profunda” ha sido usada como campo de batalla para librar las guerras que el centro del país no quiere cerca. Bojayá es uno de los tantos territorios que se esconden en la densidad de la selva y el abandono estatal, ubicado a siete horas de Quibdó en chalupa. Allí la cotidianidad sobrevive bajo las reglas de “buenos y malos”, el temor es una sensación constante, se aprende a mercar con máximo 70.000 pesos dos veces al mes para toda una familia (pues el Ejército no permite más). Se pide ayuda una, dos y hasta diez veces, se ven morir personas, se desatan masacres, y finalmente, una marcha de chalecos y políticos, busca mostrarse como los héroes más grandes ante las cámaras, para segundos después desaparecer y olvidar.

El 2 de mayo de 2002 Colombia se fracturó, y parece que a nadie atormentó. Cuando en el cuerpo un hueso es fracturado, poco a poco se forma callo, es decir, se repara, y se anda con cuidado para no repetir un momento tan doloroso. En Colombia, se formó callo, pero no para reparar, sino para resistir. Los sobrevivientes de Bojayá creían que después de la masacre el país había tocado fondo, que después de llegar a un punto tan bajo, solo quedaría subir. Creían que nada similar volvería a suceder, que seguramente esto era lo que faltaba para que finalmente la guerra acabara. 

Las masacres de Bahía Portete (2004), San José de Apartadó (2005), Jamundí (2006), Iracá (2008), Santa Rosa de Osos (2012) son solo algunos de los sucesos que sumaron rostros a las 10’067.423 personas reconocidas como víctimas del conflicto armado interno en el Registro Único de Víctimas (RUV). Ese no fue el fin, como creían en Bojayá, solo fue una estadística más. 

La guerra no solo roba hogares, vidas y seres queridos; es incluso capaz de llevarse hasta la cultura de un pueblo entero. A Bojayá le arrancaron sus hijos, hasta los que no habían nacido, pero también, le impidieron despedirse de ellos. Las tradiciones del Chocó han viajado kilómetros y siglos, sobreviviendo la opresión a una raza con callo. Pero en 2002 no fueron despedidas las aproximadamente 81 personas asesinadas (según la JEP) como lo habría hecho y deseado su pueblo. 

Las tradiciones sostienen y edifican, Bojayá tambaleó, cuando descubrió lo que era una fosa común. Los muertos tuvieron que recibir los alabaos entonados por su comunidad, pero esta vez, solo una voz se escuchó en una excavación de 3 metros de ancho, largo y hondo, donde resultaron los restos de las víctimas que pasaron 24 horas en lluvia y sol. Se fueron solos, sin los cánticos que, para el Pacífico, asegurarían el paso del difunto a la eternidad. 

Bojayá es una cicatriz nacional ignorada por el centralismo, solo su comunidad, otros territorios abatidos por la guerra, los padres sin hijos y los hijos sin padres, han cargado el peso del conflicto anhelando la paz, la misma a la que el interior de Colombia le dijo NO, seguramente sin enterarse de que también le decía NO a la cultura, la vida, la libertad y la dignidad. 

Paradójicamente y después de 206 años de violencia, el territorio central de Colombia votó en contra de los acuerdos de paz, reprochando que “no podemos entregarle el país a la guerrilla”. Personas que no tienen idea de cómo suena un disparo, de lo que es desconocer si un familiar está vivo o muerto, jamás han visto a sus vecinos desmembrados y nunca han sido obligados a dejar su hogar, votaron por el NO. Mientras que en Bojayá, donde la guerra parecía la normalidad, el SÍ alcanzó el 95% de votos.  

Suena ilógico, que quienes no han vivido la guerra, sean quienes hablen de paz e incluso, parezcan profetas de la violencia, pues desde la comodidad de un escritorio es muy sencillo enviar a los hijos de alguien más a enfrentarse a la muerte, con el fin de ensanchar el poder y el ego de los que manejan el rumbo de una nación entera, donde la periferia parece un mito, de hecho, solo retumba por el turismo en zonas creadas para turistas, pero la gente que sostiene esta actividad económica solo es protagonista cuando ya no está. Es protagonista para ser el rostro de falsas promesas, para adornar redes sociales y periódicos por unas semanas, es protagonista para ser recordada y luego olvidada.

Seamos justos, más de una vez se ha reconocido la relevancia de la masacre de Bojayá, las misma FARC dijo que Bojayá fue la peor tragedia de la historia de Colombia… ¿y? 23 años después, la comunidad solo conoció tres años de paz, logrados por los acuerdos de La Habana, pero el ELN, El Clan del Golfo y los carteles mexicanos, no tardaron en aprovechar tanta tranquilidad. Y realmente la verdadera reparación aún no llega. Es fácil sumar y asumir que una población económicamente pobre necesita dinero. Dijo el padre Antún Ramos: “El dinero es como darle un dulce a un bebé para que deje de llorar”. Les dieron plata y de los muertos nunca se acordaron. La verdadera reparación llega con la paz, con ver el río Atrato repleto de embarcaciones de civiles.

En Bojayá ni el gobierno, ni el Ejército fueron los héroes. El presidente de la época, Andrés Pastrana Arango dejó en visto las diez alertas tempranas, que en realidad fueron gritos de ayuda. Álvaro Uribe Vélez resolvió con más violencia enviando al ejército que hostigaba a los campesinos. Y el vicepresidente Francisco Santos Calderón solicitó poner las ruinas “bonitas” para su llegada triunfal. Los verdaderos héroes fueron el padre Antún Ramos, que protegió su iglesia  –y con iglesia me refiero a la comunidad–   que sostiene la obra de Dios en la tierra. Minelia Palomeque Martínez, “la loca del pueblo”, que en sus 24 horas de lucidez, atendió a los heridos que quedaron en las ruinas del templo y organizó los cuerpos mutilados. Los voluntarios se encargaron de volver a su pesadilla para sepultar los restos de sus vecinos, amigos y familiares fallecidos. Y Domingo Chalá, que cantó para los muertos, y sin saber leer ni escribir, compuso la música que sostiene la memoria de lo ocurrido en Bojayá el 2 de mayo de 2002 cerca del mediodía.