Se sostiene en dos muletas mientras un grupo de estudiantes y profesores de jurisprudencia de la Universidad del Rosario lo escuchan y lo observan casi sin parpadear. Son las 3 de la tarde. A las 4 tiene programada una entrevista y a las 5 otra. Sin que lo note, el pasillo del Claustro de San Agustín que conduce a las cuatro salas donde están expuestas las fotografías se llena de visitantes con cámaras y celulares en la mano.
Ancianos, jóvenes, estudiantes de colegio -que van por las tareas que les dejan en clase-, amigos y universitarios quieren saludarlo. Todos aguardan el turno, todos quieren preguntar algo sobre su experiencia, esa que por más de dos décadas fue recapitulando con su cámara fotográfica, al seguir el rastro de hombres, mujeres y niños que vivieron -algunos aún viven- en medio del conflicto armado. Pero él toma el turno y lanza una pregunta a los que han terminado el recorrido: “¿Qué significa esto para ustedes?”.
Un silencio incómodo salta en el ambiente. Nadie se atreve a responder, hasta que Michelle, una de las estudiantes rosaristas que no supera los 19 años dice: “Para mí es un acercamiento a lo que nosotros ignoramos. Me estás enseñando que esto no es ajeno, que esto pasó en el país”.
Se podría pensar que para una población que ha vivido cincuenta años en medio de un conflicto armado poco queda por aprender sobre la guerra y la violencia. También se podría especular que, en las ciudades capitales, la confrontación no se vivió de la misma manera como en las comunidades apartadas y azotadas por guerrilleros, paramilitares y la Fuerza Pública, y que, por esto, como lo menciona la escritora y poetisa Piedad Bonnett, “la memoria no es sino una suma caprichosa de partes a la que hoy le damos un sentido y mañana otro”.

Cierra los ojos y sonríe. Jesús Abad mira al resto del grupo. Alguien comenta que esto se debería enseñar en los salones de clase, que el colombiano debe tomarse en serio su historia y que, al hablar de la memoria del que tiene, ni en Noruega ni en Finlandia ni en Dinamarca. Y ahí es donde uno dice, ¿cuál ha sido el proyecto realmente político que han tenido? El resultado de lo que hay en esta exposición debería de tocarle a ellos, y por eso hay una fotografía de un espejo roto en esta exposición en donde uno tendría que decir que, ahí se tienen que mirar el pedazo de culpa que tienen ellos como líderes de Colombia”.
Lo simbólico
Bajo la curaduría de María Belén Sáez de Ibarra, “El Testigo” recoge imágenes que Abad Colorado, que incluso, no había publicado.
En total son 500 fotografías las que se pueden apreciar durante el recorrido por las cuatro salas dispuestas para dar a conocer este material, un homenaje a las víctimas de la guerra en Colombia.
Según cuenta el también comunicador social, egresado de la Universidad de Antioquia, la selección se hizo entre los años 1992 y 2018, y recogen sucesos de desplazamiento, masacres, tomas guerrilleras, desmovilizaciones, marchas por los desaparecidos, minas antipersona y actos simbólicos a favor de la paz en distintas ciudades del país.

“Aquí no hay vencedores ni tampoco vencidos”, comenta frente a una cámara y dos reporteras que lo entrevistan para un medio capitalino. “Esta es una exposición que busca dejar una huella en los ojos de quien la ve”, acota.
La exposición está dividida en cuatro salas: ‘Tierra callada’, ‘No hay tinieblas que la luz no venza’, ‘Y aun así me levantaré’ y ‘Pongo mis manos en las tuyas’, y es también una investigación que a largo plazo quedará condensada en un libro que, según el autor, espera publicarse en el segundo semestre de 2019.
“El trabajo de Jesús Abad Colorado tiene la capacidad de manifestarse desde la estética, él logra con su lente recoger imágenes que retienen el instante de conflicto, todos deberíamos dar una respuesta inmediata, ojalá, de repudio, sin hablar de buenos, malos, seguridad, uniformes, banderas, política, ricos o pobres.
Pero él responde: “Estas fotografías ya no van a cambiar, ya fueron hechas, son parte de una memoria que ojalá no se repita. La guerra en algunos lugares de Colombia todavía no se ha terminado, hay regiones que están viviendo un posconflicto, y hay otras especialmente donde hay cultivos ilícitos que persisten muchos factores de violencia”.

Y así abre de nuevo un capítulo en su historia personal. Ya no con una cámara en mano, en medio de la selva, en canoas cruzando ríos, en medio del fuego cruzado de las comunas de su natal Medellín o siguiendo el paso de un grupo de desplazados.
Pareciera que su oficio ahora es el de narrador y que tiene dentro de sí una voz cuya misión es contar en primera persona por qué es “El Testigo”, la voz de las víctimas, de los victimarios, a lo mejor, el mensajero que trae respuesta de aquello que parece no tenerlo, y más aún, cuando la guerra tiene quien la respalde y la siga justificando.
Sin soltarse de las muletas -por una cirugía de rodilla lo acompañan-, eleva el tono de su voz y dice: “No convirtieron a Colombia, con toda la potencia la historia, son fotos para la memoria de un pueblo, fotos que recogen ese relámpago en el que se ilumina la historia. Un instante y un sentimiento que podrían generar una transformación en las personas que visiten la exposición”, comenta la curadora Sáez de Ibarra.
La despedida
Son las 5:30 de la tarde. En una de las salas aún hay espectadores apreciando el trabajo de Abad Colorado. Llama la atención que uno de esos espacios la muestra incluye la proyección de imágenes y su historia escrita, las cuales no fueron incluidas dentro de los muros de la exposición.

El silencio reina. Acomodados en bancas de madera, cinco hombres ven las fotos de campesinos, grupos armados, mujeres llorando, uniformados encapuchados y dando órdenes, animales maltratados, montañas vestidas de neblina y bordeadas por hombres armados, guerrilleras con bebés en brazos, indígenas ocultos en sus casas de tabla.
Al asomarse por una ventana, frente al Claustro, se ve el Palacio de Nariño y a pocos pasos se ubica el Capitolio Nacional.
Un anciano expresa, “qué contradicción. Y nosotros acá reconstruyendo la historia y los de afuera nos quieren contar otra”. Jesús Abad sonríe no sin antes despedirse con un abrazo a los que aún lo siguen, lanzando un corto discurso: “El día que entendamos y nos hagan entender el sistema educativo, la clase política y las mismas iglesias cristianas de este país, que debemos tratar a todo mundo con respeto, a mirar de frente y a los ojos, no a mirar de una forma soberbia a los demás, vamos a ser mejores, porque la gran riqueza del país es esa, es pluriétnico y multicultural. Hemos sido racistas y clasistas, y muchas veces el centro mira a la periferia con desdén y con desgano, y no hemos entendido que nuestra riqueza está en cada una de esas regiones que esperan ser incluida dentro de los planes de desarrollo. Merecen unos mínimos de educación, de respeto, de salud y de un trato digno, que es el que no le hemos dado a la gente”.
Por Xiomara Karina Montañez








