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Alejandro Zambra y Formas de volver a casa

Por Julián Mauricio Pérez
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Profesor del programa de Literatura virtual, Unab.

Formas de volver a casa es una novela con tintes autobiográficos, como gran parte de la narrativa de su creador: Alejandro Zambra. Es una obra que tiene como epicentro la vida de un joven escritor que intenta hacerse un lugar en el mundo de las letras y para esto recurre a su pasado como fuente de sus historias. Por eso, en sus páginas, el narrador nos regresa a su infancia para llevarnos por caminos sinuosos en que se van mezclando la vida después del terremoto de 1985 en Chile, el amor y sus dolores, y los últimos años de una dictadura que solo es posible comprender cuando se llega a la adultez y se organizan los recuerdos.

La historia inicia la noche del 3 de marzo de 1985, cuando un terremoto afectó a gran parte de la zona central de ese país suramericano. En medio del caos y del temor, el narrador conoce a Claudia y desde allí se da inicio a una trama sencilla, pero con un trasfondo político que, como lectores, vamos reconociendo poco a poco.

La obra está dividida en cuatro capítulos. En todos, el narrador es el mismo; pero en cada uno ellos se relaciona con diferentes personajes para tener una mirada distinta de lo que estaba sucediendo. Escuchamos, entonces, las ideas y las voces de los padres del narrador, dos adultos mayores que, aunque no participaron activamente en contra de los opositores al régimen, se muestran conformes con las ideas y el modo en que operaron las fuerzas de Augusto Pinochet. Escuchamos, también, a Claudia, la mujer que después de dos décadas reaparece en la vida del narrador para contar los sufrimientos de su familia a causa de la represión y la tortura militar.

Es así que el narrador reconoce que el ambiente de su infancia estaba envuelto por la persecución política, el arrinconamiento social y el incumplimiento de los derechos humanos. Hombres y mujeres, que estaban en contra de la dictadura, que se pronunciaban frente al uso extremo de la fuerza y del poder militar, se exponían a ser arrestados y luego desaparecer para siempre.

Al final, la historia se centra en la figura del narrador-escritor. Zambra utiliza la metaficción para hablar de lo que para un escritor es el proceso creativo, de las dificultades que tiene para extraer lo mejor de la memoria y reconocer qué es cierto y qué es falso; para demostrar que sugerir es tan importante como explicar y para contarnos que vivir de la escritura es casi un sueño. Durante las primeras páginas de la novela, nos desconcierta un poco la pasividad y monotonía del narrador- personaje. Pero cuando la historia pueril e individual se convierte en el relato doloroso de un país, una epifanía emana de entre las incertidumbres para dar luz a una tragedia humana, en que callar y aceptar es mejor que morir. De este modo, en medio de una historia sugerente y muy personal, descubrimos la calidad de la escritura de Zambra.

Jonathan Franzen, el autor de dos novelas excepcionales Las correcciones y Libertad, afirma reiterativamente que “la ficción más autobiográfica es la que requiere más inventiva”. Hablar de nosotros mismos, exponernos con cierta desnudez no es tarea fácil; además, no a todos les gusta vernos tal y como somos, tal y como hemos sido. Por eso, hay que destacar que Zambra, además de hablar de su historia y de su país, escribe con un pulso preciso y una atrapante sencillez. Zambra nos adentra cómodamente a un mundo no tan imaginario, no tan ficcional, donde los personajes conviven entre la imposibilidad de cambiar el pasado y el deseo de borrar algunos hechos de su memoria. Profesor del Programa de Literatura de la Unab.

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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