Por Isabella Pérez (iperez433@unab.edu.co) y Sofía Quintero (dquintero521@unab.edu.co)

Hay una fotografía que Juan Esteban Vásquez Ramos nunca tomó, pero que lleva grabada desde niño. Es la de su abuelo caminando con una cámara de rollo colgada al cuello, yendo a todas partes como si el mundo pudiera desvanecerse en cualquier momento y él fuera el único encargado de retenerlo. En esa imagen —que existe solo en la memoria— está el origen de todo.

«Yo nunca conocí esos momentos, pero los sentí tan cercanos», dice Juan Esteban. Los álbumes familiares eran para él una especie de arqueología del afecto: páginas donde sus abuelos y sus padres aparecían jóvenes, en un tiempo anterior a él, y sin embargo ahí estaban, disponibles, casi tangibles. Ver eso lo perturbó de una manera buena. Lo convenció de que la fotografía era una forma de poseer lo que de otro modo se pierde.

Hoy Juan Esteban tiene la edad en que sus padres ya salían en esas fotos y sigue convencido de lo mismo, aunque ahora lo explica diferente: la fotografía le permite expresarse sin recurrir a las palabras. Es una confesión reveladora viniendo de alguien que, según él mismo cuenta, puede ser la persona que más habla en el mundo o la más callada, dependiendo de con quién esté. 

Tardó más en creerse fotógrafo que en serlo / Foto proporcionada por Juan Esteban Vásquez Ramos.

En la universidad habla sin parar. En el trabajo guarda silencio. La cámara resuelve esa contradicción: le permite decirlo todo sin abrir la boca. Cuando camina por la calle con la cámara, Juan Esteban no busca lo extraordinario. Busca exactamente lo contrario. El sol de la mañana sobre el pavimento. La gente que pasa sin mirarse. Los detalles que el ojo acostumbrado ha aprendido a ignorar. «Cada instante se me hace tan único», dice, y no lo dice como frase hecha —lo dice como quien ha descubierto algo que otros dan por sentado y se niega a hacer lo mismo.

Para él, la diferencia entre una foto y un video no es técnica sino filosófica. El video ya trae la historia consigo: premasticada, con inicio y final. La fotografía, en cambio, es un recipiente vacío que el espectador llena. Una sola imagen puede contener múltiples historias, o ninguna, o todas a la vez. Esa ambigüedad no lo incomoda: lo fascina. Es el margen donde él trabaja. Esa curiosidad que describe —esa negativa a normalizar lo cotidiano— es también una forma de resistencia. En un mundo que consume imágenes a velocidades industriales, detenerse a mirar una esquina como si nunca antes hubiera existido es casi un acto subversivo.

Pero hay una pregunta que Juan Esteban responde con más esfuerzo que las otras, y es la que toca el nervio más sensible de cualquier artista joven: ¿qué ha sido más difícil, aprender fotografía o aprender a creer en ti mismo como fotógrafo? No duda. «Definitivamente creer en mí.» 

Aprender fotografía, dice, va y viene. Cualquiera puede hacerlo. Lo otro —llamarse fotógrafo, cobrar por el trabajo, decir esto vale— es una decisión que hay que tomar todos los días, sin garantías. No es una conquista definitiva sino una práctica constante, como la disciplina misma del oficio. El momento en que esa convicción empezó a asentarse no vino de un logro propio sino de la confianza de alguien más. Una compañera que conocía su trabajo habló de él con un cliente. No lo propuso él; lo propusieron por él. Y esa diferencia importa, porque significó que alguien ya creía en lo que él aún dudaba. Recuerda ese primer encargo con la claridad de quien recuerda una fecha de nacimiento. «Ahí comenzó el poder decir: yo soy fotógrafo, más que hacerlo por hobby.»

«Una imagen no tiene inicio ni final. El que mira la termina» / Foto proporcionada por Juan Esteban Vásquez Ramos.

Los días en que los sentimientos pesan —la rabia, la tristeza, la felicidad que no sabe adónde ir— Juan Esteban sale a la calle. No para escapar de lo que siente, sino para encontrarlo afuera, reflejado en los lugares y en la gente. Dice que eso le trae tranquilidad. La palabra la repite como si acabara de encontrarla y quisiera asegurarse de que es la correcta. Tranquilidad. Estar solo, con él mismo, siendo curioso.

Y sin embargo Juan Esteban no es un fotógrafo encerrado en su subjetividad. Cuando habla de los retratos, dice algo que suena simple pero no lo es: para fotografiar bien a alguien hay que conocerlo. Hay que sentarse a hablar. Porque una imagen puede generar apego o rechazo, puede hacer que quieras a una persona o que la odies, solo a partir de lo que muestra. Esa responsabilidad la toma en serio. «Cada imagen puede demostrar cualquier cosa», dice, y en ese cualquier cosa cabe la ética entera del oficio.

El abuelo con la cámara de rollo ya no está, pero el álbum sigue. Y Juan Esteban sigue saliendo a la calle con su cámara, convencido de que cada instante merece ser guardado, de que la imagen puede decir lo que las palabras no alcanzan, de que creer en el propio trabajo es el sacrificio más grande y también el más necesario.