Así se veía el Edificio de correos y telégrafos junto a otras casas, antes de ser derribadas por la construcción de lo que es hoy la calle 36 de Bucaramanga. /FOTO ARCHIVO FAMILIA GAVASSA.

Sobre la calle 36 con carrera 15, con dos pisos, una fachada enorme que lo hacía parecer de tres, en la entrada una escalera que después de unos cuantos escalones se dividía en dos y dejaba apreciar en el centro de esta, un patio que unía todo el edificio, allí se encontraban situadas las oficinas de correos y telégrafos.

En la primera planta, en la esquina derecha estaba ubicada la recepción de telegramas, en la esquina izquierda, la recepción de los correos, que en realidad eran cartas escritas a mano. En la segunda planta se hallaba un salón grande que ocupaba todo el costado sur, allí estaban situadas las máquinas del telégrafo.

El telégrafo inició solventando unas necesidades básicas entre lo local y lo nacional y se fue expandiendo hasta tener conexión de Santander a Tunja. Este fue el elemento de comunicación más significativo de la época, no solo de Bucaramanga si no de Colombia hasta el siglo XX, a pesar de que el teléfono ya existía y había diferentes líneas telefónicas. Sergio Acosta Lozano, historiador y profesor de la Universidad Industrial de Santander, UIS, indica que los telegramas siempre fueron el medio por el cual las personas se empezaron a contactar no solo en lo personal, si no institucionalmente. “Se convirtió en la vía más importante para llevar información desde los gobiernos municipales o departamentales al gobierno nacional y viceversa”.

Proceso, envío y creación de los telegramas

La comunicación que se daba por este medio era el de la clave morse, cada palabra que se escribía se cobraba en centavos. Las personas mandaban su información en una sola frase sin espacios, sus firmas eran las iniciales de sus nombres y apellidos para que fuese cobrada como una sola palabra.

Había un personal que mediante los sonidos que producía esta máquina, iba transcribiendo en el papel por medio de unas máquinas de escribir los mensajes, todos los que se hacían en el día eran entregados a una persona que verificaba que el costo que se había cobrado por palabra hubiese sido el correcto y si no lo era, se le descontaba al telegrafista. Después pasaba a un archivador que se ocupaba de ordenarlos por orden alfabético y ser entregados finalmente a los carteros quienes se encargaban de repartirlos.

Julio Eduardo Mejía Gómez, de 71 años de edad, con su cabello blanco, gafas grandes, y buen sentido del humor, recuerda con una sonrisa esos momentos que vivió junto a su progenitor cuando tan solo tenía cinco años en el año 1953. Su padre quien trabajaba en la oficina de correos y telégrafos, y era el archivador, lo llevaba hasta allí para acompañarlo y que aprendiera del trabajo. “Mi papá me ponía a ayudarle con su oficio, yo me subía en una mesa y así fue como pude aprender el orden alfabético”, añadió Julio, quien recapitulaba entre risas las vivencias que tuvo desde niño en ese lugar.

Reconstrucción de la ciudad y desaparición del edificio

Aproximadamente noventa años atrás, Bucaramanga siendo la capital del departamento de Santander, no era considerada aún como una ciudad puesto que en esa época todavía era vista como un pueblo. Se vivía de una manera muy rural, las personas tenían animales en los patios de las casas, llevaban a pastear vacas al parque Bolívar.

De Girón, Floridablanca y Piedecuesta solo se veía lo que hoy conocemos como el casco antiguo de cada municipio, y no existían rutas de buses puesto que sus vías estaban sin pavimentar. “La primera ruta de buses de Bucaramanga hacia Floridablanca se creó aproximadamente en el año 48, y se creó como una vía turística, solo se iba los domingos a pasear en donde hoy en día es Acualago, pero que antiguamente era un lago natural”, indica Acosta Lozano. Esta capital aún no había roto los límites naturales que se tenía antes de constituirse, hacia el sur era la avenida La Rosita y al norte Quebrada Seca, durante mucho tiempo Bucaramanga fue así de ancha, de ahí nace la idea de expandirla con la iniciación de la calle 36.

En 1930, todo lo que hoy en día se conoce como la calle 36, tan solo era un tumulto de casas de familias tradicionales, y entre ellas se encontraba ubicado el edificio que comunicaba a la población con el resto del país. En la década de los 50, el mandatario Guillermo Sorzano González propuso el ensanche de la avenida, fue entonces cuando la ‘rediseñaron’ desde la Carrera 11 hasta la Carrera 33. La primera etapa hasta donde se prolongó esta vía fue hasta el parque García Rovira; la segunda etapa fue desde la Carrera 15 hasta la 21, la tercera fue desde este puntos hasta la Carrera 27, y la cuarta desde esta hasta la 33.

Debido a toda esta necesidad de reconstruir y expandir a Bucaramanga, varios de los sitios que se consideran hoy en día históricos fueron desapareciendo. cayó el telón del Teatro Real, que existía en donde hoy se encuentra el edificio de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN); es decir, en la calle 36 con carrera 14, la Parroquia San Laureano, en ese entonces, por la apertura de la Avenida Rafael Uribe Uribe, le demolieron la Casa Cural generándole una culata norte que hoy es marco de la Plaza Luis Carlos Galán, que nunca se desarrolló arquitectónicamente. El templo quedó con la fachada sin terminar sobre el que es ahora su principal frente.

La Casa de Bolívar fue otro de los sitios afectados, ya que estaba levantada sobre un terreno de grandes proporciones que ocupaba un cuarto de manzana y que poseía ciertas características constructivas sobresalientes, entre las que destacaban el zaguán que conforma una entrada alta y amplia, la caballeriza (destruida por motivo de la ampliación de la calle 36) y el doble jardín que aún conserva las habitaciones y el comedor.

La Catedral de la Sagrada Familia sufrió un cambio en su estructura, la apertura de la calle 36 llevó a que la casa cural inicialmente fuera derrumbada y también se recortara el atrio, y no solo se perdió el espacio físico, sino que además se acabó con una costumbre de un sector de la sociedad bumanguesa, en este caso de la élite comerciante, que se reunía en el atrio del templo para realizar sus charlas dominicales. No obstante, el arquitecto Guillermo Melo, quien era titular de Valorización Municipal le recortó cuatro metros al Parque Santander, entre otras cosas para dejar el famoso ‘buche’ que hoy se ve en la calle 36, al pasar por la catedral.

Con pérdidas y reconstrucciones de algunos de los sitios, el edificio de Correos y Telégrafos (también llamado como Palacio del Correo) era un ícono de innovación y surgimiento de la comunicación. Después de ser derrumbado, se compraron unas pequeñas oficinas adecuadas a la compañía telefónica, que para ese tiempo ya el teléfono tenía otras características y se estaba priorizando ante los otros métodos de comunicación. Hoy, donde estuvieron ubicados estos predios, ahora está situado el edificio de la empresa de Telefonía Movistar.

Por María Camila Ordóñez Barbosa

[email protected]

Universidad Autónoma de Bucaramanga