Realizado por Sayyid Sarquis
Se dice que un avión alcanza una velocidad promedio de entre 250 y 300 kilómetros por hora para despegar, lo que más o menos equivale a ir en un Ferrari. Hasta ahí soy capaz de resistir, pero cuando se habla de no tocar el suelo y quedar suspendido en el aire, es cuando comienza la película de terror para mí.
El 19 de junio de 2024 emprendí mi viaje a Santiago de Chile, con la primera parada en el Aeropuerto Internacional Palonegro, en Bucaramanga, Santander. Mi día comenzó a las tres y media de la mañana; sabía que me esperaba una jornada larga y no muy de mi gusto, pero era la primera vez que iba a salir de mi país. En la sala de espera para tomar mi primer vuelo, solo había un puesto para comprar café, un Mr. Bono y un pequeño market que solo vendía bebidas y dulces. En este punto, ya tenía las manos empapadas de sudor y un frío como si estuviera en la nieve, y eso que aún ni la conocía. Pero sí, eran los nervios por abordar.
El miedo a volar en avión se llama aerofobia, pero creo que en mi caso es algo muy mínimo, porque aún así siento nervios, lo hago decidido. Una vez se encienden las turbinas y ese camión gigante con alas comienza a moverse, mi corazón palpita cada vez más rápido. Lo siguiente es dejar de tocar el suelo y sentirse inclinado hacia atrás, pero al mismo tiempo, a mucha velocidad y con un vacío en todo el estómago que me hacía sentir como cuando la niña que me gustaba en el colegio me rechazaba una rosa; una sensación horrible.

Sé que dije que lo mío es algo mínimo, pero nunca dije que no sintiera nada cuando vuelo. Gracias a Dios, la primera escala era en Panamá, una ruta de tan solo una hora y media, pero para mí fue como tres horas sentado en el baño con dolor de estómago. Ese sí que fue un vuelo movido, pero sobreviví y aquí estoy contándolo. Ahora sí, seguía el verdadero reto: volar seis horas hasta el país de los poetas, Chile. Eso ya era otro nivel, no eran minutos, ni una hora, ni lo que dura Avatar 2, nada de eso; era casi toda una jornada de trabajo, pero sin que te paguen y, encima, con cólicos por la turbulencia y los bajones que da el avión.
En un primer momento, puse música y agarré las manos de mi mamá y mi hermano para intentar relajarme y no pensar en todo el tiempo que debía estar dentro de ese aparato. Pero mi objetivo principal era quedarme dormido y que me despertaran cuando ya tuviera que bajarme del avión. Cosa que, obviamente, no logré porque los nervios me ganaban. Así que puse una buena playlist e iba tarareando las canciones que me sabía. Cuando quise entablar conversación con ellos para distraerme, ya que los dos estaban más allá que acá, creo que cumplieron el objetivo que era mío sin yo decirles. Pasé un tiempo más con la música y luego comencé a ver una película que tenía descargada en el computador. Mi rara ansiedad ya había disminuido, el avión no se movía tanto y ya comenzaba a controlarme más.
De un momento a otro, conseguí quedarme dormido, algo que veía imposible antes de tomar el vuelo. Se había hecho realidad. Lo siguiente fue escuchar cómo avisaban que estábamos próximos a aterrizar y que todos debían estar en sus asientos. Admito que mi temor se debilitó y fue superado un poco. Logré descansar, escuchar música, ver una película completa y hasta ir al baño unas cinco veces.
A pesar de que me estaba sintiendo cómodo durante el recorrido, cuando el avión bajó su tren de aterrizaje y tocó el suelo, definitivamente pude descansar y volver a sentir todas las partes y órganos de mi cuerpo en su lugar. Se me había olvidado el viaje tan increíble que me esperaba y, apenas salí del aeropuerto, sentí la verdadera emoción.
Al pisar el suelo chileno, todo se sintió distinto. El aire era diferente, los edificios eran diferentes, se percibía un olor fresco y limpio, acompañado de una brisa helada. Ya estaba claro que no estaba en mi ‘Bucaramanguita’. De camino al hotel, fue como entrar en un mundo donde todo era más grande, más ordenado y, al mismo tiempo, completamente ajeno. Las autopistas inmensas, acompañadas de luces que parecían infinitas, y los tags (que son el reemplazo de los peajes en Colombia) hacían su trabajo en silencio, descontando el valor de cada tramo que se avanzaba por toda la ciudad. A su vez, me intrigaban las señales de tránsito, algunas conocidas y otras con símbolos que parecían diseñados para un lenguaje que no estaba acostumbrado.
Por cierto, algo que realmente me impactó fue la calefacción. En Bucaramanga, donde el clima es un eterno verano y el calor no perdona ni una, nunca había sentido la necesidad de algo así. Pero allí, en la fría noche de Santiago, el aire caliente dentro del carro era un refugio y un recordatorio de que estaba en un país donde las estaciones mandaban.
Luego de dos despegues, dos aterrizajes y más de siete horas en un avión, llegué al hotel, me tiré en el sofá, destapé una cerveza chilena llamada Austral, y ese delicioso sabor amargo me hizo dar cuenta de que la aventura apenas iba a comenzar.





