
Por Sebastián Páez / jpaez612@unab.edu.co
“Si volviera a renacer, trataría de ser menos burro,
pero no dejaría de ser de izquierda.
Porque el ser de izquierda es cultivar la esperanza”.
José Mujica
Colombia, como todo país latinoamericano, experimenta un grave trastorno de estrés postraumático. Una fractura moral. Invisible para los señores del 1 %: quienes no cargan cadáveres ni memorias. Un origen que se remonta a épocas que preceden las políticas de Barco y la mano firme de Uribe. La sangre que brota de un suelo erosionado por pobreza, hambre y desesperanza; suplicios elásticos, generaciones de carencias.
-“Por los siglos de los siglos, amén”.
En ese paisaje de dolor heredado (sin duelo ni redención), los colombianos aprendieron a interpretar la realidad como un campo de batalla ideológico. La violencia no solo dejó muertos, dejó categorías. Así, este pueblo poseído por los vestigios de ráfagas calibre .50 ha creado una serie de categorías morales que pretenden ser universales, para descifrar el violento mundo del que intenta sobrevivir:
La izquierda y la derecha. Términos que se lanzan al aire con cierta arrogancia. Insinúan reducir creencias, valores, políticas y estilos de vida a una sola palabra. De esta forma, se adormecen los efectos de la guerra, el deterioro del sistema y el odio por el otro. No obstante, dichas etiquetas ideológicas cumplen una función social perfectamente clara: agrupar, colectivizar, masificar. Hablan de todo, sin decir verdaderamente nada. Su significado muta bajo el lente. Es esquivo y, al mismo tiempo, definitivo.
Desde la cuna, la lucha de clases (ora liberales y conservadores, ora petrismo y uribismo) ha sido malinterpretada como un duelo por poder. Un enfrentamiento de pesos pesados. En el que, dentro del cuadrilátero, cada bando tiene una esquina preestablecida, con fanáticos de toda la vida y colores para diferenciarlos.
¡Lo han entendido todo mal!, apuntaría Marx. Décadas de hambruna y metralla, han tergiversado el Manifiesto. En realidad, la lucha de clases es una lucha por ideales. Libertad. Igualdad. Justicia. El enemigo no es el burgués, es la falta de empatía.
De modo que, “ser de izquierda significa el afán de ponerle un bozal a ese egoísmo natural que llevamos dentro. Significa cultivar la solidaridad intergeneracional. Por eso es esperanza, es amor a la vida. Lo conservador impele el egoísmo, es un émbolo que ha empujado la explotación. Quien es amigo de la democracia no puede ser amigo del resentimiento, del egoísmo y del odio”.1 Palabras de un guerrillero que vivió por la paz.
José Mujica se marchó con los cálidos vientos de primavera, pero dejó una vida digna de ser escrita.
El expresidente uruguayo se suma a la numerable lista de almas heroicas en la historia latinoamericana. Su muerte lo inscribe en una genealogía de líderes que entendieron la política como una ética cotidiana; sin embargo, a los fantasmas no se les rinde culto. Hay que recordar aquellas filosofías, luego sopesarlas y aprender. Nada más. Acá no se aceptan devotos.
Pepe, a bordo de su Vocho celeste, le enseñó al continente que, para el hambre, la desesperanza y la pobreza no existen apodos, que la verdad no tiene seudónimos y que reconocer al otro como igual es una de las virtudes más grandes del ser humano.
Dicho en términos contemporáneos:
-Si quiere superar el trauma de haber nacido en el hemisferio sur: abra su corazón y, por primera vez, escuche lo que este le dice. A ello, siguiendo los pasos del austero Quijote rioplatense, puede empezar a llamarlo: “mi ideología política”.





