Por María Juliana Camacho – mcamacho413@unab.edu.co y Marianna Zárate – mzarate826@unab.edu.co

“Si Jesús bajara del cielo en este momento, ¿ustedes qué harían?”. Esa es la pregunta con la que Miguel Humberto Hernández recibe a las primeras personas que ve entrar al Cementerio Local de Floridablanca. Ataviado con una camisa andrajosa, un pantalón deslavado y un bastón que no oculta el paso del tiempo, el hombre explora el camposanto por primera vez el martes 21 de abril del 2026, a la una de la tarde. Y aunque en otro contexto la imagen de un adulto de setenta y tres años recorriendo un sitio como ese no es algo inusual, la razón detrás de su visita sí que está fuera de lo común: matar el tiempo.

El cementerio local de Floridablanca se fundó hace más de 236 años. / Foto tomada por María Juliana Camacho.

Entre lápidas y flores, Miguel Humberto deambula en compañía de los nombres de extraños difuntos. Él no tiene ningún familiar allí sepultado, tampoco un amigo, ni siquiera un conocido, es más, no habitaba la ciudad sino hasta principios de abril, 15 días antes de acudir al lugar, ubicado en la Carrera 6 #7-76.

La decisión de dejar su hogar en Cúcuta, Norte de Santander, nació de la necesidad de encontrar un empleo. Sin embargo, tras fracasar en múltiples ocasiones —y a causa de un problema de retención de líquidos que le impide caminar con soltura— el anciano se ha resignado a aceptar su destino con la fe que solo aquel que no tiene nada más para perder puede poseer. Ahora, se dedica a transitar la capital santandereana esparciendo el mensaje de un Dios que cualquier otro se habría consagrado a odiar. 

Hernández decidió pasar su tarde rodeado de cuerpos sumidos en el descanso eterno, cuando él mismo no cuenta ni con un espacio para descansar, mientras le hace visita a las almas muertas que muchos aún lloran, siendo él una de esas almas vivas que nadie parece ver. 

Desde afuera, se puede pensar que el señor y el lugar no guardan nada en común, no obstante, la realidad es otra, pues este pobre y solitario desempleado ha muerto de una forma en la que muchos de los residentes allí sepultados no lo han hecho: olvidado. 

Miguel Humberto Hernández siempre carga con una copia de la Biblia “nosotros somos de polvo y en polvo nos debemos convertir”. / Foto tomada por María Juliana Camacho.

Pero él no es el único que ocupa parte de su día en aquel sitio. A eso de la una y media, José Luis Pardo, de treinta y cinco años, entra por el portón principal. A diferencia de Miguel Humberto, José Luis no debe su estancia a un impulso provocado por la falta de oficio, sino que estar ahí es precisamente su labor desde hace tres años. 

Ante los ojos ajenos, un empleo en el que se comparte más con los muertos que con los vivos es objeto de debate, para unos es repugnante, para otros interesante, pero lo cierto es que ninguno se atreve a averiguar más allá. Ese no es el caso del sepulturero, para el cual ese paisaje es tan común como una casa podría llegar a serlo. 

Como si fuera parte de una herencia, las tumbas y las cruces componen su cotidianidad desde que tiene uso de razón. Su padre ejercía la misma ocupación en el Cementerio Central de la ciudad, y a su lado aprendió a mirar tal horizonte no como un recinto sagrado o tenebroso sino como un escenario laboral, en el que la oferta y el dinero importan tanto como en cualquier otro negocio. 

El arriendo de un nicho —huecos de cemento en la pared— por los cuatro o cinco años que se mantiene a un cuerpo en su interior antes de ser cremado o pasado a un osario, es de millón trescientos mil pesos. A eso se le agrega la cuota de administración, que ronda los cincuenta mil pesos, dejando claro que morir también es un asunto de plata. 

Aun así, la falta de mística en su perspectiva no significa que José Luis no haya experimentado situaciones extrañas. En ellas se encuentra la brujería, un fenómeno que eriza la piel de cualquiera, pero que para él ya es un gaje del oficio más. De todas las personas que ve caminar por ahí, sabe que existen algunas con intenciones perversas, sin embargo, ha aprendido a ignorarlas. Sus responsabilidades con el recinto consisten en cuidar la estancia de los muertos, no en juzgar la conciencia de los vivos. 

De las ocho de la mañana, que llega al sitio, a las cinco de la tarde, que termina su jornada laboral, el hombre presencia el paso de entre treinta y cincuenta asistentes, que para él son desconocidos, pero para alguno de los nombres allí grabados es el único puente que los conecta con lo que alguna vez fue su hogar también. 

Entre esos se encuentra Mercedes Palomino, de sesenta y seis años, que no tiene una, sino ocho razones para recurrir al lugar. Esas razones las componen sus familiares allí albergados, para los cuales el cementerio ya se había convertido en una tradición única. 

La capilla del cementerio local de Floridablanca. /  Foto tomada por María Juliana Camacho.

Dicha costumbre empezó cuando Mercedes tenía dos años, uno de sus hermanos falleció a los catorce y fue sepultado en tierra. A él le siguieron sus padres, otros dos hermanos y tres primos. Ella le lleva flores a todos. No quiere que se sientan olvidados.

Hay bastantes historias de vida transcurren en un lugar donde la mayoría solo ve muerte. Lo cierto es que muchas de esas tumbas, de esas cenizas o de esas cruces, aún conservan vida en su interior, porque desde que alguien te recuerde, nunca vas a morir por completo.