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Cuando morir también es sinónimo de vida

La leucemia causó la muerte de Miguel Vesga a la edad de 18 años y su familia hizo realidad su deseo: sus cenizas se convirtieron en parte del abono de un árbol que se plantó para recordarlo

Usar las cenizas como abono fue una técnica que funcionó. Hoy en día, la planta ya mide más de un metro con 60 centímetros. /FOTO ALEJANDRA ARCINIEGAS

Miguel Ángel Vesga Leal nació el 4 de mayo de 1999, en Barrancabermeja. Murió el 4 de diciembre de 2017, en Bucaramanga. Tiempo antes de fallecer, expresó su deseo de que, cuando eso pasara, sus cenizas fueran usadas como abono para plantar un árbol.

Ocho días después de haber cumplido 12 años, le diagnosticaron con leucemia linfoblástica aguda, un tipo de cáncer que comienza en la médula ósea y que suele ser más común en personas menores de 20 años. Por esto, fue necesario que dejara el puerto petrolero para iniciar el debido tratamiento en la capital santandereana y a la par adelantar sus estudios. Dos años después del tratamiento con quimioterapia, entró en remisión, es decir, quedó libre de células cancerígenas.

Miguel Vesga cursó el resto de su bachillerato como cualquier adolescente de su edad, y si bien debía seguir asistiendo a los controles médicos, participó en concursos, asistió al “prom” y también a su graduación. Su rendimiento académico permitió que fuera admitido en la Universidad de los Andes, en Bogotá, donde inició sus estudios en física pura.

Poco después de haber ingresado al mundo universitario, tuvo una recaída. Esto significa: la enfermedad regresó más fuerte que la primera vez. “Una vez la enfermedad aparece, se vuelve más agresiva, entonces, el protocolo para tratarla es mucho más pesado”, explica Magaly Leal, su mamá. A raíz de esto, volvió a someterse a ciclos de quimioterapia, hecho que lo obligó a detener su semestre.

Necesitó algo más, un trasplante de médula ósea. “Yo era sólo 50 por ciento compatible, pero tampoco se había podido encontrar un donante que lo fuera cien por ciento, eso era prácticamente una lotería; pero decidimos jugarla con el fin de que pudiera vivir… el día más especial fue cuando le trasplantaron las células; creí que lo iba a presenciar, pero me pidieron que saliera de la habitación. Me fui entristecido  por no poder estar junto a él, pero a la vez feliz porque iba a renacer”, relata Miguel Vesga Vesga, su padre. Su mamá recuerda que “quedó curado” y retomó sus estudios diez meses después, en agosto del 2017. Con todo, a finales de octubre del mismo año, la leucemia volvió.

Los primeros dos años después de que la leucemia fuera detectada, Miguel Vesga se estuvo sometiendo a las debidas terapias. En esta foto se encuentra junto a su madre Magaly Leal y algunas de las enfermeras del hospital. /FOTO SUMINISTRADA

Esta vez no hubo nada más que hacer. Volvió a Bucaramanga, aprovechó la boda de una de sus primas y dio la noticia a toda su familia.

Al día siguiente, organizó una reunión con sus amigos para contarles la situación y despedirse, pues tenía pensado regresar a Bogotá la mañana siguiente.

Un giro del destino lo llevó a la Unidad de Cuidados Intensivos de la clínica Foscal. No pudo retornar a la capital del país. Catroce días después falleció. Después del velorio se cumplieron algunos de sus deseos. Uno de esos era que lo cremaran y sus cenizas fueran usadas como abono para plantar un árbol limonero. “Mami, si muero, no quiero funeral, quiero que plantes un árbol y ahí planten mis cenizas” cuenta Magaly Leal al recordar la petición que su hijo le hizo al estar en la UCI.

Cenizas como fertilizante

Según el portal sobre ecología www.terra.org, “las cenizas funerarias (…) pueden ser un fertilizante magnífico para el mantillo edáfico del suelo”. Es decir, para la capa más superficial de la tierra.

Para que las cenizas funcionen como abono deben ser mezcladas con tierra negra, la cual es rica en nutrientes. Pero el éxito de esto también depende del tipo de planta. No todas resisten este tratamiento, algunas son más fuertes que otras. Generalmente, esto no funciona en plantas pequeñas como los bonsáis o los rosarios. Sin embargo, las grandes sí logran crecer, según explica Sunyel Flórez, jardinero del vivero Bosque. Algunas de estas son el ficus, el ficus variegado, una palma o un limonero: el árbol limonero de Miguel Vesga.

Para que se pudiera practicar el trasplante de médula ósea, debía encontrar a alguien 100% compatible. Como no se halló a nadie, su padre, Miguel Vesga Vesga, le donó la suya, 50% idéntica. Al lado de ellos se encuentra su hermana, Isabel. /FOTO SUMINISTRADA

“Las plantas de suelo más ácido, o sea, aquellos que son más densos y duros, como los que están afuera en la calle, sí pueden recibir esa clase de abono”, añade Flórez.

El limonero aporta al ambiente entre 320 y 360 mililitros de oxígeno diarios y contribuye a eliminar el dióxido de carbono del planeta. Asimismo, limpia el aire al absorber óxidos de nitrógeno y contrarresta el esmog.

Su hermana, Isabel Vesga, considera “un gesto hermoso el que mi hermanito quisiera constribuir al planeta de alguna manera, dejar una huellita. Es más reconfortante tener un arbolito para cuidar y visitar, y saber que las cenizas de él están sirviendo de sustrato para el creciminento de otro ser vivo, o sea, el arbolito”.

“Para mi representa un legado. Es un espacio significativo para su familia y amigos, un sitio para visitar y recordarlo. Pasarán los años e irá creciendo. Se lo podremos mostrar a nuestros hijos y les contaremos lo que para nosotros representó Miguel”, concluye Álvaro Sarmiento, quien fue uno de sus mejores amigos.

Cuando las cenizas de Miguel Vesga se usaron para abonar el limonero, su muerte se transformó en una semilla que aporta vida.

Por María Alejandra Arciniegas

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Universidad Autónoma de Bucaramanga