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“Cuando te preguntan qué quieres ser de grande, nadie te responde que quiere ser doméstica”

La película mexicana “Roma” no es la primera producción que muestra la cotidianidad de las empleadas del serviciodoméstico en Latinoamérica. En Brasil, a través del documental y la ficción, también se ha abordado la temática.

Jéssica y Val, discutiendo frente a la piscina de la casa en donde esta madre lleva 14 años de empleada doméstica en la película brasilera “¿Que horas ela volta?”, traducida como “Una segunda madre”, de 2015, premiada en el Festival de Cine de Berlín, Berlinale, y en el Festival de Cine de Sundance (Estados Unidos). / FOTO TOMADA DE INTERNET

El trabajo doméstico, sus condiciones e implicaciones, pocas veces son representados en el cine. Es por eso que la película “Roma” de Alfonso Cuarón (México), generó atención sobre estos aspectos. Pocos días después de su estreno, AJ+ (portal de comunicación mexicano) publicó un video en el que varias trabajadoras del hogar opinaban acerca del personaje de Cleo (interpretado por Yalitza Aparicio), y casi todas coincidían en que, a pesar de la representación trágica de esta mujer, ellas habían padecido peores situaciones y humillaciones.

Yalitza Aparicio interpreta a Cleo, la protagonista de “Roma”, del director mexicano Alfonso Cuarón. La película estrenada en Netflix este año puso la lupa una vez más sobre la situación de las empleadas del servicio en América Latina. / FOTO TOMADA DE FACEBOOK

En Latinoamérica, tal vez, el país en donde más se ha representado el trabajo doméstico en el cine es Brasil. En “Domésticas” (2001), de Fernando Meirelles y Nando Olival, relato que se ubica en el límite entre la ficción y el documental, se observa a cinco trabajadoras del hogar en Sao Paulo, con diferentes sueños y formas de ver la vida, pero concuerdan en la soledad que acarrea este oficio y en que ellas terminan por hacer el trabajo sucio que los demás miembros de la sociedad no quieren hacer. En el filme una de ellas lanza esta afirmación: “Cuando te preguntan qué quieres ser de grande, nadie te responde que quiere ser doméstica”.

En el 2012, Gabriel Mascaro estrena “Doméstica”, un filme documental en donde el director delega la cámara a siete jóvenes para que registren la vida cotidiana de sus empleadas, hombres y mujeres de diversas características sociales construyen relatos, muestran que algunas de estas mujeres son como una segunda madre, y evidencian una relación cálida con quienes las filman. Otras son particulares, asumen su oficio con tranquilidad y alegría en viviendas solitarias que son sus pequeños reinos. Allí danzan, cantan, ven la televisión, mientras sus patrones llegan. Asumen su trabajo con hermetismo y respeto, admiten que su rol es servir a sus empleadores con la mayor eficacia, pero manteniendo una distancia infranqueable, así estos las inviten a ser parte de sus rituales familiares.

Afiche de “Doméstica” (2012), un documental del director brasilero Gabriel Mascaro. / FOTO TOMADA DE INTERNET

Similar a lo que sucede en la reciente “¿Que horas ela volta?” (traducida como “Una segunda madre”, de 2015), opera prima de Anna Muylaert, premiada en el Festival de Cine de Berlín, Berlinale, y en el Festival de Cine de Sundance (Estados Unidos), Val, una mujer de Pernambuco, un pueblo del interior de Brasil, deja a Jéssica, su hija, con unos familiares y viaja a Sao Paulo para poder emplearse. Luego de 14 años ha logrado estabilidad, y trabaja como doméstica para una familia adinerada, estableciendo una relación cercana con Fabrihno, hijo de sus empleadores y de la misma edad que su hija. Este trabajo le permitió pagar la educación de Jéssica, quien ahora viaja a la ciudad para presentarse en la universidad.

Val, con cierta incomodidad, solicita permiso a sus empleadores para que la joven se quede allí mientras presenta su prueba de ingreso. Le asignan la habitación de huéspedes; en poco tiempo todos notan su inteligencia y seguridad, cualidades que la hacen ser el centro de atención y le permiten pasearse por toda la casa interactuando con los otros con excesiva naturalidad.

La situación le preocupa a Val, quien le insiste a su hija en no tomarse tanta confianza con la familia, sus espacios y sus objetos. Por ciertas circunstancias de convivencia, la situación empeora y lo que al comienzo fue hospitalidad se torna en advertencias hacia la empleada doméstica, situación que pone contra la pared a la madre que debe decidir entre su hija y sus patrones.

Todos estos relatos evidencian la vulnerabilidad de las mujeres que se emplean como trabajadoras domésticas. Muchas padecen maltratos y humillaciones, o deben separarse de sus familias para proporcionarles un sustento o una mejor calidad de vida en el futuro.

Más allá de que exista una regulación laboral en cuanto a salarios y beneficios en cada país, lo que ellas viven al interior de cada hogar termina siendo una cuestión de azar.

Por René Palomino Rodríguez
[email protected]

*Docente del Programa de Artes
Audiovisuales de la Unab.

Universidad Autónoma de Bucaramanga