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De ‘chamos’ a ‘manos’

El éxodo de venezolanos tiene cantidades de rostros, se tratarán de contar algunos que regularmente se ven en las calles de Bucaramanga y como réplica en toda Colombia.

Venezolanos llegan todas las noches a dormir en el parque García Rovira de Bucaramanga.

El salario mínimo en Venezuela es de 325.544 bolívares, cifra que al cambio de moneda  oscila en 26.000 pesos; es decir, un solo día de mesero en Colombia. Es por esto que desde las 4:30 de la mañana cientos de venezolanos acuden a las fronteras, algunos sin siquiera un capital ahorrado, un contacto dónde llegar, o simplemente una propuesta laboral.

Pasando el Puente Internacional Simón Bolívar, en San Antonio del Táchira, a 198 kilómetros y siete horas por tierra está Bucaramanga, ciudad que se ha convertido en el “hogar” de migrantes que buscan escapar de la situación social y política de su país.

Según los registros de Migración Colombia la capital santandereana fue la quinta ciudad del país con más permisos especiales de permanencia aprobados este año, un total de 1.747 en total. Además, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) existen más de 7.448 venezolanos solo en Bucaramanga, fenómeno con tendencia al aumento y que preocupa no solo a las autoridades sino al ciudadano de a pies, pues la situación parece desbordarse. Basta con dar una mirada a lo que ocurre en el Parque  García Rovira, frente a la Gobernación de Santander y la Alcaldía, para reconocer el drama humano.

 

En los zapatos de un venezolano

Por más difícil que se vea el camino, la esperanza es lo último que se pierde. Al menos eso pensaba un grupo de 11 venezolanos que tras no encontrar un buen samaritano que les diera el aventón o ‘la cola’, como ellos dirían, caminaron de Cúcuta a Pamplona. Fueron 77 kilómetros, una caminata de dos días y medio que dejaría con los zapatos rotos a Armando Jiménez, proveniente de Guanare, estado Portuguesa.

El llano venezolano nunca le enseñó a marchar en clima frío y el páramo no fue indulgente.  El hambre se combinó con los 12 grados centígrados de temperatura. Los pies se hincharon y las rodillas se entumecieron. Ya era muy tarde para arrepentirse. Cada 3 kilómetros descansaban 20 minutos y el grupo de 11 que integraba Jiménez, no daba marcha atrás.

“Fue una experiencia muy triste, nunca había pasado por esto. No le podíamos comprar zapato o vestido a nuestros hijos, allá no se podía ni comer. Mi deseo es darles lo que ellos se merecen, por eso les pido a los colombianos que nos ayuden, con un trabajo honesto y honrado”, aseguró con voz quebrada.

Llegaron al parque García Rovira de Bucaramanga, frente a la Gobernación, la Alcaldía, la Iglesia de San Laureano y la Capilla de los Dolores. Milagros Vargas, una integrante más del equipo, llegó con la ilusión de conseguir un empleo en servicios domésticos, lo mismo que ejercía en Venezuela.

Mientras la oscuridad cae llegan los suspiros y los temores. “Mientras que yo esté de turno no van a dormir aquí”, les dijo con voz fuerte un policía que custodia el lugar.

Pese a la sentencia, algunos no le prestan atención. Se aferran a las pocas pertenencias que traen y tratan de dormir.

 

La danza de las cebras: Hip-hop

Abril Medina improvisa y entretiene a los conductores / FOTO DAVID FLÓREZ

Bajo el sol y el asfalto, sobre la carrera 33a con calle 21 de Bucaramanga se escuchan pistas de rap, se ven giros y saltos, y un grupo de jóvenes que busca la atención del tráfico. Resalta en el grupo una camiseta vinotinto, de la selección de fútbol de Venezuela, que viste Roy Romero, quien junto a ‘El Tony’, Antonino Pérez, y Abril Medina, gritan, aplauden y piden monedas en el semáforo por su baile sobre la cebra.

‘El Tony’ es oriundo de Maracay, lleva seis meses en Colombia, después de vivir dos en Bogotá decidió volver a Bucaramanga a demostrar su talento. “Venimos a guerrearla, a lucharla, porque Venezuela está bloqueada para la juventud. El baile es todo para nosotros, es un talento que Dios nos dio, es nuestro trabajo, nuestra cultura y nuestro arte”, afirma con orgullo y señala a sus compañeros mientras bailan.

El asfalto caliente es su tarima de baile, la contaminación auditiva es constante, por alguna razón al bumangués le encanta pitar. A eso se suma el humo de las motos que nunca respetan el espacio público. “Nos echan los vehículos por encima”, cuenta Abril Medina, quién pasó de ser gerente de una tienda en Caracas a improvisar la danza urbana.

Lo que antes era un pasatiempo “ahora es la razón por la que puedo comer”, cuenta Roy Romero mirando de reojo a dos policías que pasan en moto. Al igual que la mayoría de venezolanos que laboran informalmente en las calles, él no ha legalizado sus documentos.

Sobre el azfalto Caliente, un grupo de venezolanos bailan a cambio de monedas.

 

Huyendo del payaso de Miraflores

Rafael Parra es un chavista decepcionado que llegó a la capital santandereana hace cuatro meses. Parra tomó la decisión de huir del país en el momento que tenía que comprar los uniformes de sus hijos y se dio cuenta que tendría que gastar 6 sueldos mínimos que no tenía. “Voté por el gobierno de Chávez, cuando Chávez había de todo, Misión Mercal, alimentos para tirar para arriba, Misión Barrio Adentro (que ofrecía salud gratuita), pero ya de eso no hay nada. Ahorita hay es un payaso en Miraflores” (refiriéndose al Palacio de Miraflores donde se encuentra el despacho oficial de Maduro), afirma el oriundo de Valencia, estado Carabobo.

En Venezuela se puede pasar días enteros haciendo fila para poder comprar pañales o harina de maíz. Esas interminables ‘colas’ como ellos dirían, trajo a familias enteras a pedir cualquier moneda en un semáforo, como es el caso de una familia que por temor a ser vistos por sus familiares, se reservaron los nombres, ya que al igual que muchos, viven de las limosnas de los bumangueses: “Estoy aquí porque tengo dos niños, el presidente Maduro lo que hace es culpar a los demás, pero allá si uno desayuna, no cena. Los que tienen para comer son los que están en el gobierno, nosotros no, que somos el pueblo, solo se acuerdan de nosotros cuando tienen las votaciones”.

Es por eso que ella y su familia prefieren estar con un letrero en la carrera 33a con calle 33 de Bucaramanga, que en Venezuela donde su hija le decía: “mamá tengo hambre, y cómo le podía decir no tengo hija para darte de comer, uno si aguanta, pero los niños no, y cuando se enfermaba, en los hospitales de Venezuela no hay ni una aguja o un algodón” afirma la madre de los pequeños de 2 y 3 años, que no contuvo el dolor de ver a sus hijos sin comer y sin medicinas cuando padecían enfermedades. “Cuando uno tiene una mantequillita para las arepas uno se siente como que rey, grande, porque lo tiene, pero para volverlo a comprar es demasiado fuerte”.

En Venezuela la tasa de mortalidad infantil ascendió de 14,7 fallecidos en 2013 a 18,6 por cada mil nacidos vivos. Datos divulgados por el ex ministro de Salud e investigador de la Red Defendamos la Epidemiología José Félix Oletta, exponen 10.500 bebés y 750 madres murieron en hospitales en 2016. Ante esta situación Nicolás Maduro Moros, presidente de Venezuela, aseguró en una entrevista con el periodista español, Jordi Évole: “los medicamentos venezolanos los consigues en Cali, en Puerto Rico, en Bogotá. Se los llevan las mafias de medicamentos por la calidad y el costo tan barato”.

 

De una cabina de radio, a improvisar en los buses

“Mijo, usted que estudió comunicación, comuníquele al del bus que lo deje rapear” entre risas los compañeros de calle molestan a Kenny Rosendo, que tras cinco semestres de comunicación social, decide migrar a Colombia. Adverso, como artísticamente llaman a Rosendo, es un joven valenciano de 21 años, que cada vez que cuenta su historia, se le es imposible hablar sin versos, sin agitar su mano cuando narra. Son demasiadas batallas libradas, como le dicen a un enfrentamiento de rap donde solo hay un ganador. Estas guerras de palabras han logrado darle de comer a Adverso, incluso ha ganado zapatos nuevos y premios en efectivo que lo llenan de orgullo de ser “el mejor rapero de la 33” como lo califican sus compañeros luego de haber ganado varios concursos desde que llegó hace seis meses.

La destreza de sus palabras, las batallas de rap y el estilo libre son expresiones auténticas de la cultura hip hop proveniente de Estados Unidos, donde el número de adjetivos utilizados para describir algo es parte fundamental de la receta.

“Soy adverso a lo normal, a lo común, al sistema” afirma con su gorra plana, que caracteriza a cualquier rapero. Su ganancia en las busetas, como le llama, es relativa, hay bumangueses que no dan ni los buenos días, pero haciendo honor a su nombre artístico, se sobrepone a cada adversidad con el orgullo desafiante que distingue el arte de rapear.

A Rosendo y todos los que rapean en los buses de Bucaramanga, en alguna oportunidad policías le han quitado los bafles para que no se suban más a los buses a pedir. Al parecer cantar es un delito y prefieren quitarles sus parlantes que darles soluciones a los cientos de venezolanos que llegan cada día a las calles, donde conviven codo a codo huyendo del sonido del silencio que dejó el naufragio de un país que lo tenía todo y ahora no tiene nada.

La ciudad de los parques está llena de venezolanos, sea limpiando vidrios de carros, vendiendo dulces, rapeando, bailando, o simplemente durmiendo en cualquier parque del país, que parece sufrir de mala memoria y no recordar su oscuro pasado cuando todos los días huían colombianos a cualquier país del mundo escapando de la guerra. Algunos samaritanos tendieron la mano, otros no. Pero hoy Bucaramanga es uno de los tantos ojos de huracanes que se manifiestan en toda Latinoamérica por la crisis política y económica, que pide a gritos solidaridad y tolerancia para todos los que crucen nuestras fronteras, así tengan que dejar de llamarse ‘chamos’ y comenzar a llamarse ‘manos’.

 

Por David Flórez Villamizar

[email protected]

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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