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Del frío al calor: la ruta del éxodo de venezolanos por el Cañón del Chicamocha

Después de pasar por el Páramo de Berlín, donde la temperatura desciende hasta los -5º, los migrantes que buscan llegar a Ecuador, Perú y Chile deben transitar hacia Bogotá por zonas como Pescadero, donde el calor llega hasta los 30º.

“Yo tengo estos zapatos todos remendados, con un poco de clavos. Yo lo estoy pensando, los miro y digo: que no me agarren y se me despeguen por ahí, porque ahí si no más”, cuenta Giovanni Rondón. /FOTO MARÍA FERNANDA PALENCIA A.

Entre las imponentes montañas del Cañón del Chicamocha, paredes de piedra amenazantes, una altura de 1200 metros sobre el nivel del mar, temperaturas de más de 30º y el asfalto caliente, un grupo de seis migrantes venezolanos que atraviesa a pie el departamento de Santander agradece a la vida la existencia de un árbol que les hace sombra.

Son las 3:30 de la tarde cuando el sol es más ardiente. Gilfry García o ‘El Ruso’, de 26 años de edad, evita hablar porque le duele la boca. El labio inferior lo tiene hinchado, de color púrpura. Dice que tiene cianosis distal a causa del intenso frío que tuvo que soportar en el Páramo de Berlín, el cual duró cruzando más de tres días a pie.

Junto a Andrés Leonardo Conde, Deomar Jiménez, Giovanni Rondón, Juan Carlos López y su hijo José Luis, de 16 años, ‘El Ruso’ cuenta que se han convertido en amigos del camino. Están a diez kilómetros del Parque Nacional del Chicamocha (Panachi) y les resta 340 a su destino planeado, Bogotá. Aún deciden si al llegar a Barbosa eligen la ruta por Puente Nacional que es 27 kilómetros más corta que por Moniquirá, pero que no evita el encuentro, nuevamente, con el frío, esta vez en Chiquinquirá.

“Pastillas es lo que nos han dado, para el dolor de cabeza que es lo que más nos pega por allá por La Laguna (Páramo de Berlín). Lo que me duele ahora es la cara con este solazo”, comenta Conde, de 28 años. Recuerda que el páramo lo atravesaron a pie casi por completo y cuando iban saliendo, en el sector de ‘La Nevera’, cayó granizo.

Ninguno tiene celular o reloj. Los números telefónicos de sus parientes los llevan anotados en un pedazo de papel arrugado. Sus familiares no han vuelto a saber de ellos desde hace nueve días cuando emprendieron el viaje. “Uno quiere estar en un lugar donde pueda sentarse con una computadora y mandar lo que sea por Facebook: mira, estoy en tal lado, estoy bien, no te preocupes. ¿Pero así?”, cuenta Rondón, quien en su intento por ilustrar los obstáculos del éxodo agrega: “Cuando yo llegue a Venezuela y me pregunten ¿cómo te fue? y yo les diga: tú no sabes lo que yo caminé y tuve que soportar, lo que me van a decir es ‘tú si eres embustero’. Eso no lo creen ustedes, pero yo sí lo creo porque lo viví”.

Bucaramanga-Pescadero: “A palo de sol”

El Cañón del Chicamocha es el paso obligado para los migrantes venezolanos con  destino a Bogotá, Perúy Ecuador. / FOTO MARÍA FERNANDA PALENCIA A.

Desde el Puente Internacional Simón Bolívar -el paso fronterizo entre Cúcuta y San Antonio del Táchira (Venezuela)- hasta Bucaramanga, hay 197 kilómetros de distancia. El recorrido aterra a los migrantes por las bajas temperaturas y la historia sobre “los 17 muertos del Páramo de Berlín”, que las autoridades a la fecha no han confirmado, se ha perpetuaron en el voz a voz de su travesía.

A las cinco de la mañana del miércoles 26 de septiembre, ya en la capital santandereana, el grupo de seis hombres emprendió su marcha hacia Bogotá, desde el Parque del Agua.

“Cuando pasamos por ‘La Nevera’, para serte sincero, no nos bañamos nunca. Nos vinimos a duchar fue hace rato en un río que vimos saliendo de Piedecuesta y compartimos el desodorante que nos dieron”, cuenta Conde. Según las indicaciones de los caminantes y la referencia geográfica, se trata del río Lato que, kilómetros abajo, desemboca en el río de Oro.

En su recorrido se desplazaron por la autopista a Floridablanca, luego por Piedecuesta, hasta que encontraron la sombra de los caracolies al atravesar el sector de Los Curos (a 26 kilómetros de Bucaramanga).

Ascendieron 1005 metros sobre el nivel del mar. Mientras el aire se hacía más denso, las montañas se pintaban de una gama de colores que iban desde el naranja hasta el rojo, hasta encontrarse con el verde de los cactus y la arena ardiente del Cañón del Chicamocha.

En el peaje de Los Curos les dieron ‘cola’ -así le dicen a un aventón-, siete kilómetros y medio, es decir, hasta el inicio de las curvas de Pescadero. Allí sentados a la sombra del primer árbol que encontraron en el ascenso al Parque Nacional del Chicamocha, le contaron su historia a Periódico 15.

El relieve de Santander y su clima de extremos los tiene abrumados. “Nosotros subimos, bajamos, subimos, bajamos ¿Será que aquí no pueden hacer las calles rectas? Curva, curva y curva”, dice Rondón, quien tuvo que remendar con clavos su tercer y último par de zapatos desgastados de tanto andar.

Del grupo de amigos, los dos de piel blanca tienen la cara quemada por el frío y el sol, pero todos tienen los ojos rojos de cansancio y las noches sin dormir. Medio en broma y medio en serio, Rondón hace una advertencia: “Hasta eso hemos soportado nosotros. Y si me deportan, me van a perdonar, pero me echo a golpes con los policías. ¿Tu me vas a mandar pa’allá con tanto trabajo que yo he pasado caminando y buscando pa’trabajar aquí?”.

Estos hombres no son parte del Chicamocha Canyon Race, la competencia deportiva de más de 24 horas en la que atletas, preparados física y mentalmente por meses, suben y bajan dos veces el terreno.

Esta es la carrera de seis hombres que representan a los miles de venezolanos que han hecho y harán ese mismo recorrido, en contra del clima, el cansancio, el hambre y la posibilidad de quedar descalzos, subiendo por el estrecho entre la línea blanca que divide la carretera y el abismo. Un espacio que no tiene más de un metro de ancho, por ahí deben caminar hasta que les den una cola mientras los rayos solares les queman la cara y el cuerpo.

“Para atrás ni para coger impulso”

Mientras Deomar Jiménez cuenta que ha botado un par de zapatos dañados porque “entre menos peso encima, es mejor”, un hombre de una camioneta desacelera frente a ellos. Rondón sabe de qué se trata y cruza la carretera mientras el conductor extiende su brazo por la ventana y le entrega dos panelas, el endulzante necesario para recobrar energía, cuando aún restan 346 kilómetros para llegar a la capital colombiana.

López saca  una navaja y divide una en seis partes iguales. Los demás se ponen de pie y se echan las maletas al hombro. Jiménez se aleja, pone sus manos en la cintura y da un vistazo al río Chicamocha: “Le provoca a uno tomarse fotos. Hay paisajes demasiado bellos aquí en Colombia, porque nosotros, que hemos caminado mucho, los hemos visto”, exclama.

Son hombres de condición humilde: mototaxistas, barberos, carpinteros, agricultores, cocineros y ornamentadores. Saben de todo un poco. Los espera un zigzagueante relieve de ascensos y descensos de picos con climas cambiantes. En el resto de camino no hay puestos de Migración Colombia o de la Cruz Roja Internacional. Deben arreglárselas como puedan y seguir resistiendo. Su himno bien podría ser ‘Latinoamérica’, la canción del grupo dominicano Calle 13: “…mi piel es de cuero, por eso aguanta cualquier clima”.

Por María Fernanda Palencia

mpalencia336@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga