Carmen Rosa Quijano Martínez, a sus 10 años empezó a trabajar en el centro vendiendo cualquier cosa, hoy tiene 31 años y es feliz trabajando en lo que hace. / FOTO POR ALEJANDRO PAIPA

Existen dos tipos de personas, las que tienen lo necesario para vivir y hasta les sobra; y las que tienen que “rebuscársela para subsistir”. A diario caminamos por las calles de la ciudad, pero es poco frecuente que suceda que las personas se detengan unos minutos de su tiempo a pensar cuál puede ser el trasfondo o la vida que llevan esas personas que con esfuerzo, amor y humildad sacan adelante a su familia. Aquellos que popularmente se les conoce como ‘vendedores ambulantes’ pero que en realidad son de admirar.

Caminando por la carrera 15, en el centro de Bucaramanga, observaba entre toda la cantidad de vendedores, alguno en particular que expresara más felicidad que la de muchos que lo tienen todo.

Fue así como encontré a Carmen Rosa Quijano Martínez, una mujer de 35 años. Madre cabeza de hogar que ha sacado a sus tres hijos adelante, dos son niñas y un niño. Ella se rebusca la plata todos los días vendiendo papá, tomate, cebolla, vegetales o frutas frescas en una zorra, “yo vendo lo que salga en el día, a todo me le mido” me contó. Tiene dos puntos fijos para vender, uno es en la 36 con carrera 15, y el otro en la 34 con carrera 15.

Carmen empezó en este trabajo desde que tenía diez años vendiendo ‘cachibaches’ en las calles, desde ahí decidió ser independiente de sus padres, le gustó tener su propio dinero y a su vez ayudaba económicamente con algunos gastos de la casa, en ese tiempo si algún pesito le sobraba se lo gastaba en dulces.

Después de aproximadamente 12 años, quiso dedicarse a otra cosa, así que decidió trabajar en casas de familia, pero esto le duro muy poco tiempo, de hecho, menos de un año. Carmen decía que esa experiencia fue dura para ella, el someterse a constantes ordenas y a veces hasta maltrato verbal por parte de los “patrones”, si se enfermaba no podía faltar, otras veces ni siquiera salía a la hora habitual porque surgía algo importante y tenía que quedarse más tiempo; esto por el mismo sueldo. Al final, lo que la sacó de ese oficio fue un día en el que se enfermó su hija mayor y no le dieron el permiso para llevarla al hospital, ahí decidió abandonar esa casa de familia y volver a trabajar en lo que hacía desde muy niña, vender cualquier cosa en la calle.

Carmen Rosa es de contextura gruesa, pero con un alto sentido del humor. Su cabello es negro y largo. Sus ojos son de color verdes. Podría medir entre 1.55 y 1.60 y aunque es bajita, es una de las mejores vendedoras que tiene la esquina en donde queda el actual Movistar y Telebucaramanga.

Tiene una forma muy peculiar de atender a sus clientes, porque hay algo que la caracteriza entre tanta gente que también vende lo mismo que ella, y es su típica frase: “cuatro por dos mil mi reina, o mi rey”.

Habla como toda persona de un barrio popular, tiene una amiga que a veces la acompaña a trabajar y a vender; la mayoría de las veces se la pasan juntas todo el día. Carmen es una persona activa, me mostro que no le gusta quedarse quieta o sin hacer nada. Si no hay clientes ella se pone a arreglar la fruta, echarle agua o arreglar algo dañado que tenga la zorra.

La sonrisa es la que vende

Algo que siempre me había llamado a la atención era saber ¿cómo sería la rutina de los vendedores callejeros? Supe que todos los días se levanta las 4:00 a.m. a preparar el desayuno y a dejar listo el almuerzo para ella y sus hijos. Después de esto, sale de su casa que queda en el barrio Girardot y se dirige a Centroabastos, allá es donde compra la mercancía para surtir su zorra.

Dependiendo de ciertos días ella saca sus promociones, si en donde compra la guanábana llega mucha cantidad y sale económica, ese día ella vende esa fruta y la pone en remate.

Cuando ya tiene toda la mercancía escogida para vender, se va para la carrera 13 en el centro, en donde tiene guardado su medio de transporte; ese de tres ruedas, sobre ellas tiene una base de color azul oscuro, la cual en su parte superior tiene unas tablas que hacen que se puedan poner las cosas que va a vender sin que se caigan, y para darle ese toque final, ella le pone una sombrilla. Ese día que hablamos vendía guanábana y manzana. 

Un día bueno puede llegar a vender hasta 200 mil pesos, un día normal $80.000, pero hay días en donde se pasa en blanco porque no se hace ni una sola venta. Como toda labor, esta es una en las que hay mucha competencia, muchos venden lo mismo; a veces a precios más altos o más baratos. El caso es que Carmen mantiene algo que en muy pocos se nota, ella refleja siempre una gran sonrisa, se deja hablar, mantiene feliz y contenta, atiende de buena manera y cuando hay días malos para ella porque no logró su meta en las ventas, sale en su zorra a caminar por el centro en busca de nuevos compradores.

Esta mujer surte todos los días y los cotos a veces son extremadamente altos, por lo que tendría que vender mucho para recuperar la inversión. Ese día que hablamos había invertido solamente en fruta un millón de pesos. Le gusta ofrecer sus productos frescos para hacer “clientela” como dicen. Cuando se trata de vegetales, podría gastar $150.000 solo en cada cosa que quiera llevar.


En la esquina de Telebucaramanga y Movistar se hace, y allí en ese punto todo el mundo la conoce, lleva más de 10 años ahí y eso hizo que hoy en día tenga clientes fijos. / FOTO SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

Se muestra paciente, tranquila y serena, además de su carisma. Pero tiene temores como todo el mundo, uno de ellos y el que más la preocupa es tener que salir corriendo con sus cosas por todo el centro en busca de refugio cuando llega la policía a correr a los vendedores ambulantes. Esto hace que a veces tengan que parar de trabajar por todo el día, porque si no se van de sus puestos de trabajo pueden arriesgarse a perder todo, y para Carmen Rosa su carrito lo es todo.

Un viernes a las 8:30 de la noche, la acompañé a guardar su ‘carrito de tres ruedas’, más o menos a esa hora siempre se va del centro; si las ventas no han estado buenas. Fuimos a una bodega ubicada en la carrera 13, a dos cuadras más abajo de donde estábamos. En ese lugar también otros vendedores guardan sus medios de trabajo o lo que necesiten, pero ese día se molestaron con Carmen Rosa por haberme llevado, pues los dueños no estuvieron de acuerdo y tenían razón, ni me conocían y tampoco me habían visto por el sitio.

La despedida fue rápida porque empezaron las malas caras y comentarios hacia ella, y por supuesto para mí también, ambas nos incomodamos, así que le agradecí por su tiempo y nos dimos un abrazo. Carmen Rosa Quijano Martínez es todo un personaje.

Por Tatiana Rodríguez Rodríguez

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Universidad Autónoma de Bucaramanga