Por Juana Rueda | jrueda400@unab.edu.co
Jorge Mejía Hernández, taxista desde hace más de treinta años, entiende su oficio como algo que va más allá de transportar pasajeros. A sus 67 años, con una vida marcada por la fe, la familia y la resistencia física, habla de lo que implica pasar hasta doce horas diarias al volante y de cómo esto ha moldeado su manera de ver el mundo.
Un empleo que llegó después de una caída
Jorge nació en Bucaramanga en 1958 y creció entre motos y trabajo familiar. Desde joven dejó claro que la moto no era lo suyo: “Esos aparatos yo no los manejo, a mí lo que me gusta es el carro”. Terminó el bachillerato, pero la situación económica le impidió seguir estudiando. Trabajó como carnicero hasta que un mal negocio lo dejó sin ahorros: “Perdí todo, y eso me golpeó. Me deprimí y me fui para Barranquilla, donde estaban mi mamá y mis hermanos”.
En Barranquilla, un paisano de San Gil le ofreció manejar taxi, a pesar de que no conocía la ciudad. “Me dijo: ‘Trabaje a la mitad mientras aprende.’ Y así fue. Con el tiempo ya me defendía”. Cuando el dueño vio su compromiso, decidió venderle el carro con cuotas bajas, las cuales Jorge aceptó sin dudar. Años después, al regresar a Bucaramanga, su hermana también le entregó un taxi para trabajar: “Y ahí siguió la carrera mía de taxista. Sin buscarlo, ese camino era para mí”.

La religión como motor del día
Para Jorge, la fe no es un complemento, es su estructura emocional. Cada mañana, antes de encender el motor, hace la misma oración: “Primero Dios, lo demás vendrá añadido”. Entrega la ruta, los riesgos y la provisión del día. Cuando el tráfico se tranca, no se altera, respira y abre la Biblia: “La gente se desespera. Yo no. Yo sé quién tiene el control”.
Su convicción también se convierte en puente con los pasajeros. Algunos le piden que apague la música cristiana, otros le piden subirle el volumen: “Hay gente que se fastidia con las cosas de Dios, y hay otros que me dicen: ‘¿Qué emisora es esa?’” Jorge intenta no imponer, pero sí acompañar espiritualmente: “A veces basta decir ‘Jesús te ama’, esa semilla queda ahí”.
Los encuentros que marcan
Jorge ha vivido episodios que todavía recuerda con nitidez. Antes de ser cristiano, una noche tres hombres con mochilas se subieron al taxi: “Me dijeron: ‘Hoy no va a entregar la tarifa a su patrón’. Yo entendí. Me iban a atracar”. Sin pensarlo aceleró hacia un grupo que jugaba cartas en la calle: “Les metí el carro casi encima. Grité que me iban a atracar y esos manes salieron corriendo a perseguirlos”, esa escena lo acompaña hasta hoy. Pero también hay historias que lo conmueven. Una vez recogió a una mujer que lloraba desconsolada: “Lloraba con un dolor impresionante y me pidió que parara”. Frente a una casa, ella confesó que su esposo la había dejado y que su matrimonio, recién empezado, se estaba viniendo abajo: “Me dijo que dejaron de congregarse y él cambió. Yo le dije: ‘El error fue separarse de Dios. Si vuelven a Él, Él restaura’”. Jorge no sabe qué pasó después, pero cree que esa conversación tenía un propósito.
Cansancio físico, calma mental
Las jornadas largas dejan huella: “Doce horas sentado acaban la columna, las piernas, la espalda. Uno se vuelve sedentario”. Para él, sin embargo, el cansancio mental no pesa igual: “La mente la tengo ocupada hablando con Dios, eso me da calma”.
Cuando no hay trabajo, no entra en pánico: “Muchos se desesperan, yo no, yo hablo y Él sabe lo que necesito”. Incluso afirma que los días más difíciles son, a veces, los que más terminan rindiendo: “El Señor sabe cuando uno está más necesitado”.
La soledad que acompaña al oficio la vive sin angustia. Lee la Biblia, piensa y ora: “Nunca desconfío de la voluntad de Dios”.

La casa: su verdadera base
Jorge vive con su esposa, Claudia Patricia Mendoza, y su hijo Jorge Esteban Mejía en el barrio Santander. También conviven con dos perros, Sasha y Bruno. Su esposa trabaja en la casa, en una zapatería y haciendo domicilios en moto, pero asegura que siempre mantienen la unión familiar. “Los tres somos cristianos y vamos por el mismo camino. No hay secretos. Todo se habla”.
Cuando tiene pico y placa, el taxi se queda quieto. Ese día es para la familia: ver películas cristianas, cocinar juntos, hablar de fútbol con su hijo o simplemente descansar: “A veces paso más tiempo en la casa que trabajando”, dice entre risas.
El dinero del día y la dignidad de la profesión
La economía del conductor depende del movimiento diario, pero Jorge lo vive sin angustia: “Yo no dependo del taxi. Dependo de las bendiciones de Dios, si hoy no salió mucho, mañana será otro día”.
También insiste en la dignidad del trabajo: “El carro es nuestra oficina. Tiene que estar limpio para recibir al pasajero”. Critica a los colegas que descargan sus problemas en el taxi: “La gente debe entender que en este gremio hay personas buenas, honorables”.
Define el oficio: “Ser taxista es tener valentía y resiliencia. Esto no es para cualquiera”. Y cuando piensa en cómo quiere ser recordado, responde sin titubear: “Como una persona honesta, servicial y buen amigo. Eso es lo que quiero dejar”.
“Ser taxista es tener valentía y resiliencia. Esto no es para cualquiera”.





