El 60 % de los migrantes trabaja como vendedores informales, debido a su condición de ilegalidad. / FOTO MARÍA CAMILA DUQUE ZULUAGA
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Diocelina Borges de Álvarez, es una mujer venezolana, trigueña, tiene contextura gruesa, mirada fuerte y voz firme y seca. A sus 56 años tuvo que migrar de su país en busca de una mejor vida, llegó a Colombia junto con su hijo Mario Álvarez y esposo José Álvarez, quienes al igual que ella trabaja fuertemente para mantenerse y ayudar a los dos hijos que quedaron en Venezuela.

Su esposo, José Álvarez, es vendedor de bonice, su hijo barbero y ella vende dulces, tintos y minutos de celular en la calle 36 con carrera 15, justo en el centro de Bucaramanga, ciudad que le abrió las puertas y le permitió mejorar su vida y la de su familia. El punto en el cual se ubica es una esquina, de las más transitada y conocida por los bumangueses, queda debajo de una empresa de telefonía, aun así, los minutos son su mayor fuente de ingresos.

Cuando llegó las cosas no fueron fáciles, comenzó trabajando como empleada de servicio en la casa de Marina Gómez. “Esa señora era muy bien conmigo, me trató muy bien y me ayudó mucho”, afirma Diocelina de su primer jefe al llegar a Colombia, este trabajo no duro mucho pues la dueña de la casa tenía cáncer, enfermedad avanzada que no le permitía determinar su tiempo de vida, razón por la que decidió despedir a Diocelina y darle la oportunidad de conseguir un empleo que le garantizara un fijo y largo tiempo, ya que la venezolana lo necesitaba debido a su condición.

Después de la decisión de Marina Gómez, Diocelina se vio en apuros, pues ella había llegado con la única intención de trabajar en esa casa, ya que una amiga venezolana radicada en Colombia había sido quien le había conseguido el puesto. Después de unas semanas Encontró otra oportunidad para desempeñar su oficio como empleada doméstica, gracias a que su anterior patrona la había recomendado con una de sus amigas.

Maltrato laboral

Borges después de varias semanas sin trabajo, empezó nuevamente en una casa multifamiliar en donde pasó los peores días durante su paso por Colombia, “La señora de la casa me trataba horrible, delante de los hijos y el esposo era bien, pero cuando ellos no estaban se desquitaba”, cuenta la mujer, duró un mes allí, pues el maltrato era más alto que la necesidad y ella prefirió salirse y buscar otro lugar para laborar.

En diciembre del 2018 inició en la calle como vendedora informal, pues no encontró otra alternativa que dedicarse a este oficio, ella y su familia tienen necesidades que solo logran suplir si trabajan y aportan todos, así que la mujer no podía quedarse sin hacer nada, un día decidió salir a la calle y buscar qué vender y cómo hacerlo.

El abogado Gustavo Puentes Prada afirma que hay una ley que ampara y respalda a los prestadores de un servicio, sancionando y siguiendo la respectiva conducta hacia las personas que maltraten o atenten contra la dignidad de sus empleados, “En 2006 surgió la ley 1010 del articulo 2 en Colombia, la cual estipula una sanción hacia el empleador en caso de atentar de manera violenta, ya sea física o verbal a un empleado”.

Los casos de abuso contra los empleados han aumentado considerablemente, en especial con la llegada de los venezolanos al país, las personas se aprovechan de la necesidad para hacer contratos a muy bajo precio y demandar más trabajo del permitido legalmente.

Puerta a la informalidad

Encontró un coche desvestido, solo tubos que, según el vendedor de este, podrían sostener una chaza, fuera para vender dulces o algo no tan grande, ya que las divisiones de esta maleta de madera eran pequeñas. Ella al no tener muchas opciones lo compro por el precio de $ 80.000. Luego le hizo una modificación y surtió su chaza de dulces, cigarrillos, tinto y celulares para vender minutos.

Ultima caída

Dioselina cuando sentía que todo estaba mejorando, encontró un problema mayor, descubrir que el punto en donde se ubicaba le pertenecía a una mujer santandereana que llevaba años trabajando allí, solo se había ausentado por un lapso corto mientras vendía frutas en una carreta. Los vendedores ambulantes suelen respetar el sitio en el que cada uno elige plantarse. “Eso es sagrado, entre nosotros los de la zona nos cuidamos los puestos y ya todos saben que el puesto del otro no se toca y cuando eso pasa, hay pelea segura”, afirmó Alexander Ramírez vendedor ambulante de la carrera 15.

Diocelina presentó problemas al enterarse que el sitio en el que estaba no le pertenecía a ella sino a otra persona, después de un acuerdo entre las dos mujeres, Borges de Álvarez pudo continuar con su venta con una condición, esta era que cuando la venezolana dejara de ejercer el otro oficio debía cederle el puesto inmediatamente, este pacto no ha cumplido, ya que no ha sido reclamado.

Esta mujer ha enfrentado diferentes inconvenientes los últimos, comenzando con la situación de su país y siguiendo con las adversidades laborales encontradas en Colombia, lugar en el cual reside. Borges como la gran mayoría de venezolanos, desea que la condición de su País natal mejore para así poder volver a sus raíces, costumbres y la comodidad de estar con su gente, pues siente que por ser migrante la rechazan y le ha tocado aguantar humillaciones y malos tratos por parte de los ciudadanos. “Todos los días le pido a mi Dios que Venezuela se acomode porque mucha gente queremos irnos, porque yo no soy de acá y no puedo moverme, porque no tengo papeles, no es igual que estar en su tierra”, expresó Borges de Álvarez.

Depresión

A pesar de que la mujer ha logrado superar las adversidades del cambio de país y de vida en general, acepta que extraña su país, su rostro refleja gran tristeza al hablar de este lugar. Según un estudio del Instituto de Estudios Políticos de la Unab, el 75% de los migrantes padece depresión. “Las personas migrantes son factibles a padecer depresión debido al cambio drástico y de repente de sus vidas, además en la mayoría de los casos pierden bienes, comodidades y familiares, aspectos, determinantes y radicales que provocan enfermedades, y cambios a nivel personal”, afirmó la psicóloga Silvia Manrique.

Dentro de las 10 ciudades de Colombia con mayor número de informalidad se encuentra Bucaramanga con un 56,6%, seguida de Cúcuta, ciudad con el porcentaje más alto, 69%. Las personas bajo estado de informalidad son más conocidas como “vendedores ambulantes”, individuos que trabajan 12 horas al día para así ganar el sustento de sus familias.                                                                                                                              

Desde el año 2010 se incrementó el ingreso de personas venezolanas, aumentando así mismo los vendedores informales, esa temporada fueron 5.304 migrantes, creciendo consecutivamente la cantidad, siendo en 2018, 769.726 personas registradas. La mayoría de migrantes no encuentran otra forma que trabajar como vendedores informales, pues conseguir empleo formal o con todas las prestaciones legales es imposible para ellos al estar de manera ilegal en Colombia.

Por María Camila Duque Zuluaga

Universidad Autónoma de Bucaramanga