Por Sarid Rodríguez – srodriguez520@unab.edu.co
Con casi medio siglo de trayectoria, José Iván Núñez Sánchez, de 66 años, es la personificación de la dedicación y el detalle. Como sastre, ha convertido su taller en un referente de la elegancia a medida, demostrando que la sastrería no es solo un oficio, sino un arte rentable que permite construir un legado familiar y profesional.
Su empresa, ubicada en la Calle 33 #22-29, en el barrio Antonia Santos de Bucaramanga, es la Sastrería Núñez, un lugar donde el tiempo se detiene para dar paso a la precisión de la aguja y el hilo.
Usted lleva casi medio siglo en este oficio. ¿Qué lo motivó inicialmente a seguir el camino de la sastrería?
Inicialmente me incliné por este trabajo alrededor de 1978. Mis hermanos mayores habían aprendido el oficio y fueron mi motivación para entrar en este arte que, además de ser muy bonito, es rentable. En esa época era muy bueno, y sigue siéndolo. Siempre me motivó la idea de ser independiente, pues eso permite salir adelante si uno hace las cosas bien, con cumplimiento y responsabilidad; esos son los requisitos para el éxito.

¿Cómo fue ese proceso de aprendizaje entre lo empírico y lo académico?
Empecé aprendiendo con mis hermanos, pero luego hice un curso de camisería en la academia de la empresa Singer. Sin embargo, mi profesión es esencialmente empírica, lo cual no significa que se trabaje mal; es la universidad de la vida. Veo una gran diferencia con instituciones como el SENA, donde se enseña mucha teoría, pero el estudiante sale sin saber realmente la práctica. Para aprender este arte hay que ir a la práctica directa.
En un mundo de ropa industrializada, ¿cuál considera que es la importancia actual del sastre para la sociedad?
Este oficio es para toda la vida. Aunque mucha gente compre ropa ya hecha, siempre tienen que recurrir al sastre para tomar el ruedo a una bota, entubar un pantalón o entallar una camisa. Siempre habrá trabajo en esta profesión porque el ajuste personalizado es algo que la industria no puede replicar del todo.
Sastrería Núñez está a punto de cumplir 47 años. ¿Cómo recuerda los inicios de esta empresa?
Iniciamos cerca de la Universidad Santo Tomás el 8 de junio de 1979. Como todo, empezó pequeño, pero fuimos surgiendo gracias a la dedicación. Me considero una persona muy juiciosa: si me comprometo con un trabajo, cumplo, así me toque trasnochar. Esa seriedad es la que hace que la gente nos busque; actualmente mantenemos un flujo de trabajo para un promedio de diez personas.

Usted ha mencionado que es difícil encontrar jóvenes interesados en el oficio. ¿Qué habilidades se requieren y por qué cree que se está perdiendo el interés?
Lo principal es que a la persona le guste y tenga el deseo de salir adelante; no es difícil, pero se requiere anhelo. Lamentablemente, hoy no se consigue gente joven; prefieren comprar una moto y dedicarse al mototaxismo. Hemos tenido aprendices, pero en cuanto el proceso se pone un poco más formal, se van. Falta que las instituciones aquí en Colombia tengan talleres reales donde se aprenda bien el proceso de la prenda, como sucede en las academias de Estados Unidos.
Hablemos del proceso de creación: ¿cómo es el proceso cuando un cliente busca un traje a la medida en su taller?
Primero se atiende al cliente y se le enseñan las telas y diseños en revistas, aunque ahora muchos ya traen su estilo en el celular. Luego procedemos a tomar las medidas y se anota todo en el libro: fecha, diseño y compromisos. El cliente abona el 50 % como seguro; sin abono no nos comprometemos. El resultado es garantizado al 100 %; hacemos los ajustes necesarios, como entubar más el pantalón o ajustar el largo según el calzado que usará, ya sean zapatos formales o tenis, que ahora se usan mucho con pantalones tobilleros.
Sus hijos han seguido caminos profesionales exitosos en el exterior. ¿Cómo se siente al ver que su oficio fue el motor para educar a un médico y a ingenieros?
Es mi mayor satisfacción. Aunque este es un lugar pequeñito, Dios me dio el privilegio de sacar de aquí a profesionales. Mi hijo mayor es médico anestesiólogo en Alemania y el otro es ingeniero industrial en Francia. Mi hija, también ingeniera industrial, me acompaña aquí en la parte contable. A ellos no les apasiona el «hacer» la prenda, pero gracias a la sastrería hoy están económicamente bien y con sus vidas definidas.

Para terminar, ¿qué consejo le daría a quien esté considerando aprender este arte hoy en día?
Que entiendan que es una profesión buena con la que se puede vivir dignamente. Si uno hace las cosas bien, tendrá trabajo permanente y podrá salir adelante en el aspecto económico. Es un oficio que recompensa la responsabilidad con una vida estable.





