Por Sarid Rodríguez – srodriguez520@unab.edu.co
Bucaramanga no siempre fue un destino, sino una parada obligatoria en el camino hacia la capital. En las primeras décadas del siglo XX, entre 1900 y 1930, durante lo que los historiadores llaman la “primera modernidad teatral”, la ciudad se convirtió en un paso estratégico para las compañías líricas de Europa que desembarcaban en Venezuela y cruzaban la frontera por Cúcuta; llegaban a la ciudad a desfilar y mostrar sus espectáculos antes de seguir su ruta hacia Bogotá.
Omar Álvarez, director, actor, productor de televisión y quien lideró el grupo de teatro de la Universidad Industrial de Santander (UIS) por más de dos décadas, relata que este género en la ciudad nació de una pregunta: “¿Por qué estos artistas, en lugar de pasar derecho, no se quedan aquí?”. La respuesta era sencilla, la ciudad no contaba con espacios adecuados para las presentaciones.

Con ese pensamiento se impulsó la construcción de los primeros espacios culturales. La primera sala fue la Casa La Esmeralda, una casona vieja sobre la carrera 19, donde hoy se levanta el edificio de la Fiscalía. Luego vino el Circo Bolívar, un escenario polivalente de una manzana entera dedicado al boxeo, el patinaje y las acrobacias, hasta que llegó el cine; se cuenta que en una función la película se cortó 35 veces y el público, enfurecido, decidió que la mejor crítica era reducirlo a cenizas.
El 12 de marzo de 1897, la prensa celebró a Anselmo Peralta, quien levantó el Coliseo Peralta. Un espacio para comedias de estilo madrileño construido por técnicos españoles. Años después, en 1923, el empresario tabacalero Emilio Garnica inauguró el Circo Garnica. Para 1928, llegó el Teatro Santander, diseñado por el arquitecto francés Georges Carpentier.
Bucaramanga llegó a contar con quince teatros principales, entre ellos el Rosedal, Libertador, Soto Mayor, Real, Ana Lucía y Unión Rivieras. Pero con la llegada del cine y la priorización del sector privado, estos templos del arte empezaron a desaparecer sucesivamente.
La cultura teatral en la ciudad fue fomentada por personajes como Marco Aurelio Alvira, y el abogado Roque Julio Villanueva, quien abandonó las leyes por la Compañía de Teatro Abierta. Villanueva nunca ejerció su profesión ya que prefirió las comedias españolas que veía pasar por la ciudad.
Una de las premisas fundamentales de Omar Álvarez es que un actor debe ser un «todero» para subsistir: en los escenarios no es sólo actuar, sino conocer cada cable y cada costura. Ese aprendizaje lo vivió Germán Castro, más conocido como “Bambam”, actor y director de la Escuela Bumanguesa de Actuación (EBA). Él recuerda que en 1979 entró al colectivo Teatro Libre de Bucaramanga, donde conoció a Omar. «En esa época los grupos eran muy cerrados», relata. «Duré cinco años trabajando en vestuario, utilería, escenografía y producción antes de que me permitieran pisar el escenario; eso me dio una visión total de lo que hay detrás de cada montaje».
En la actualidad, el debate divide a los maestros en dos preocupaciones distintas. Por un lado, está la angustia por los espacios físicos. Jaime Alfonso Lizarazo Bautista, director del Taller “Jaula Abierta” desde 1986, habla de las infraestructuras que aún resisten. Para él, que dirigió el Coliseo Peralta durante casi 14 años, es una estructura viva que está siendo asesinada por la «negligencia criminal» de las entidades culturales. Jaime recalca que no pide dinero para su beneficio personal, sino para el patrimonio.
“A pesar de ser un Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1975, el estado ha permitido que se deteriore el escenario que tardó más de un siglo en construirse”, menciona Lizarazo.
Por otro lado, el debate de Álvarez y Castro no es de infraestructuras, sino de dignidad y economía. Para ellos, el sistema de entregar plata (las becas y estímulos del gobierno) es el verdadero cáncer del arte local.
“Los artistas se acostumbraron a una ‘cultura de la beca’ donde los estímulos se evaporan en impuestos y deudas, sin dejar nada para el crecimiento real del grupo”, sostiene Germán.

Omar es aún más duro y define este sistema como un «parasitismo cultural», criticando a los artistas que esperan que el gobierno los mantenga. Para él, que el estado entregue dinero para una función única ante cinco personas es una estafa al contribuyente. Su ideología es que el mundo del espectáculo debe ser una empresa autónoma, capaz de sostenerse porque el público paga su boleta y no porque un cheque oficial compre el silencio del artista. “El único juez válido no es un decreto ni nada de eso, es el público, para ellos es que trabajamos”.
La solución, destaca Bambam, requiere vencer el ego y la vanidad, que llegan a ser un problema más y fracturan al gremio. Su propuesta es la unión: «Si no se hacen temporadas, los grupos deberíamos unirnos, que alguno de inicio y los demás nos dedicamos a hacer publicidad, así habrá temporadas que a todo el público le podrían gustar y solo así podríamos llegar a ser lo que éramos hace 50 años».





