Un lugar que lo aleje de lo cotidiano, que cambie su rutina de ver televisión junto a su esposa e hija es lo que pide Pablo Efrén Benítez Chaparro, quien desde sus 20 años (hoy tiene 35), visita aquel lugar que evoca un ambiente de alegría, y entre bebidas y risas, lo hace olvidar de sus responsabilidades tan solo por unas horas.

Es sábado, son las 2:30 de la tarde, el sol alumbra fuertemente mientras Benítez Chaparro entra con su familia: tíos, primos y amigos al establecimiento ‘El Derrumbe’, ubicado en la carrera 45 número 149-03 a la entrada del barrio Prados del Sur de Floridablanca. Como de costumbre escogen el carril izquierdo de la cancha, aquella que por reglamento mide de 22 a 25 metros, dividida en cuatro carriles con sus respectivos matacheros -tablas que se encuentran detrás de los palos y donde rebota la bola al ser lanzada-, los tres palos de 60 centímetros de alto y la bola de aluminio. Piden su primera ronda de cerveza, para entrar en ambiente, se escuchan chanzas entre los jugadores y se arman dos grupos. Como en un partido de fútbol, los que más juegan son los que piden, van seleccionando de a jugador y se establece de a cuantos palos o puntos es la partida, al final cada grupo queda compuesto por seis integrantes.

Todos se alistan para comenzar la partida y buscan la bola con el peso adecuado, se decide cómo será la metodología; si van a jugar de forma libre, es decir, el postor –aquel que va a lanzar por primera vez– puede lanzar desde donde él quiera y los demás donde se quieran acomodar. Pero si escogen jugar con tiro fijo siguen las indicaciones del postor, todos tienen que darle del lado y de la forma como él se ponga. Existen varias opciones, pie firme, punta de pie, donde la única condición que tienen los jugadores es que deben imitar al postor para que el tiro sea válido. Mientras tanto, Pablo Benítez recuerda que su afición por este juego comenzó desde pequeño, saliendo de la escuela, cuando veía a los mayores jugar “entonces uno se entusiasmaba y jugaba por practicar”.

“Si usted es derecho tiene que lanzar y entrar por la derecha, si entra por la izquierda el tiro no vale y así viceversa”, resalta Edward Suárez Aguilar, joven de 20 años cliente del
establecimiento La Petaca. / FOTO ANDREA DELGADO MOGOLLÓN

Entre el grupo de doce jugadores está David Alfonso Salazar Cruz, su cuñado, que se acerca para pedirle su parte de la apuesta pues fueron el grupo perdedor de la primera ronda. Él, al igual que Benítez, manifiesta que su gusto por este juego nació a sus 12 años, La música, la cerveza, la compañía de familiares y amigos hacen de este juego uno de los más apetecidos en la región. 15 estuvo en algunos de los establecimientos en los que se practica y encontró distintos personajes y anécdotas. “mi papá tenía una tienda, entonces él tenía el bolo ahí y llegaba mucha gente a jugar. Cuando eso jugábamos con bolas de palo que él mismo las hacía. Jugaba con mis amigos de la escuela o vecinos de la vereda y apostábamos bocadillos o cervezas”, cuenta Salazar.

Así mismo, Salazar relata que hace 20 años las bolas eran hechas en madera o piedras que encontraban en los ríos, las piedras más redondas las tallaban para poder jugar. Pero esto se ha ido modificando, el material de las bolas es aluminio, las cuales tienen un orificio por donde se llenan de arena o de diferentes materiales y se calibran, esto con el fin de obtener una variedad de medidas, pues, según comenta Jesús María Durán, encargado de la parte del bolo del establecimiento ‘La Petaca’ “hay bolas que pesan desde una libra hasta cinco o seis y así mismo varía el tamaño, todo dependiendo de la fuerza que tenga la persona en su mano”.

El bolo además de ser un juego es un deporte popular y se dice que nació en
las veredas y los pueblos de la Provincia de García Rovira, Santander. Este
se caracteriza por exigirle fuerza y precisión a sus participantes. / FOTO
ANDREA DELGADO MOGOLLÓN

Otros lugares

‘La Petaca’ es otro de los sitios acondicionado para jugar bolo en Bucaramanga, que se ubica en la calle 105 número 8-16, en el barrio El Porvenir. Este establecimiento entra en actividad los fines de semana de 10 de la mañana hasta las 11 de la noche. Su estructura es diferente, todo está más junto, se puede ver a quienes juegan billar, tejo y hasta los partidos de fútbol que se realizan en la cancha sintética.

Las personas que asisten allí son adultos entre los 30 y 50 años. “El bolo ha perdido mucha importancia, porque eso es de gente ya madura, no de muchachos”, expresa Omar Sánchez Herrera, administrador del lugar, que destapa botella tras botella y se la entrega a su empleada para repartir a las mesas. Además en la entrada se observa una pancarta que dice: “este establecimiento tiene prohibido el ingreso de menores de edad”, aunque se ve uno que otro colado.

Por su parte, Luis Jesús Rodríguez Luna, es otro de los amantes de este juego, proveniente de Matanza, dice que “para mí es una distracción, un desestrés, después de una jornada de trabajo de una semana. Venir aquí a escuchar música, jugar bolo, cambia uno totalmente para la otra semana iniciar bien”, resalta Rodríguez.

Toma la bola con su mano derecha, la estira al frente, luego atrás y repite este movimiento un par de veces, en seguida inclina su cuerpo levemente, sus ojos no dejan de mirar los tres palos de pino –material con el que los hacen debido a su resistencia–, sus pies están uno detrás del otro, toma impulso nuevamente y lanza. La bola dura casi cinco segundos en el aire y luego rebota en el matachero –para su mala suerte esta vez no tumbó ningún palo– y se regresa a esperar su próximo turno.

“El garitero es el juez del bolo, si usted lanza una bola y se presentan dudas por la distancia y no alcanzó a visibilizar bien, si se cayeron
los palos o no. Entonces uno le pregunta, lo que diga él es lo que se acepta”. /FOTO ANDREA DELGADO MOGOLLÓN

Rodríguez Luna asiste todos los fines de semana al Bolo Club ‘La Cascajera’, en la carrera 22 No. 56-52, en el barrio Ricaurte, de Bucaramanga. “Vengo cada ocho días, juego un ratico y me voy. Es que me gusta mucho, además el juego del bolo es muy hermoso, es propio, de aquí de Santander”, anota Rodríguez mientras se dirige a tirar nuevamente. Su horario preferido es en la noche, pues manifiesta que se relaja y tiene mejor desempeño, “es un juego de mucha concentración, mucho pulso y ganas de jugar. Aquí uno no puede venir a jugar aburrido porque pierde”, dice esbozando una gran sonrisa, pues ha ganado dos chicos –partidas o jugadas– y todo lo que ha tomado por el momento es gratis.

Otra de las cosas importantes para practicar este juego, es que las personas que asisten deben llevar ropa y zapatos cómodos, que le permitan una mayor flexibilidad y frescura. Pues se siente entre la euforia, el calor que emana cada jugador y esto crea una atmósfera tensa. Según Luis Rodríguez, con este deporte “uno le hace ejercicio a todo el cuerpo, a las piernas, los brazos, la cara, a las manos, a los dedos y a la sonrisa porque uno cuando tumba tres –¡Ah! grita– se pone a reír, cuando no tumba –arquea sus cejas y labios– se siente muy mal”.

La cancha de bolo se caracteriza por ser de arena, algunas tienen piedra al inicio del carril donde llegan las bolas después de hacer el tiro. El techo tiene gran distancia del suelo pues los jugadores muchas veces tiran bastante alto y lo golpean. Las bolas las ponen en una canasta de hierro, para después echarle seguro y estas tienen una concavidad para posar el dedo corazón y poder sujetarlas mejor.

Los palos se ubican a 20 centímetros uno del otro, situados en fila india, o una medida menos clara sería a un palmo. Pero cuando se van a realizar campeonatos el reglamento exige que las medidas sean exactas, donde están ubicados los pines o palos, se hace un cuadro de metro y 20 cuadrados y la bola tiene que caer dentro de esa medida para valer el punto.

Algo que no puede faltar para practicar el bolo es la presencia de los gariteros –personas que se encargan de decidir quién hizo punto y regresar la bola a los jugadores–. “El garitero es el juez del bolo, si usted lanza una bola y se presentan dudas por la distancia y no alcanzó a visibilizar bien, si se cayeron los palos o no. Entonces uno le pregunta, lo que diga él es lo que se acepta”, comenta Pablo Benítez, quien ya después de cuatro partidas se sienta a descansar y hablar con sus amigos. La garita –el precio que ponen ellos por su servicio– se estipula ya sea por dinero que cada chico o jugada cueste dos mil pesos o al igual que el tejo, si son ocho personas jugando se piden nueve cervezas y la última es para el garitero quien decide si tomársela o pedir el dinero.

Los jugadores llevan las cuentas en
los tableros de huecos situados en
cada carril, para saber con exactitud
cuál es el equipo que debe pagar la
cuenta./ FOTO ANDREA DELGADO
MOGOLLÓN

El sol ya se ocultó y por eso encendieron las luces del establecimiento, son las 6:15 de la tarde. Benítez pide la octava y última ronda de cerveza y se dirige al marcador para observar qué grupo debe cancelar esa pedida. El tablero es para llevar la cuenta de los puntos anotados y evitar problemas entre los grupos, que no se confundan los puntajes. Emilio Delgado Cristancho, contrincante de Benítez, explica que “hay tableros de huequitos que se marcan con los restos de las colillas de cigarrillo o con palitos, también está el que se escribe con marcador y se pone la inicial, como un pizarrón”. Así mismo la ubicación en el tablero denota que de forma vertical, son los jugadores y horizontal los puntos que estos realizan.

Finalmente, después de nueve partidas, Pablo Benítez y su familia deciden irse del establecimiento pues son las ocho de la noche y no han comido aún. “Lo chévere de este juego es divertirse y pasarla bueno, sin tomar tanto, ni quedar inconsciente, o sino después mi señora no me deja entrar a la casa”, comenta Benítez con una sonrisa pícara mientras se termina de tomar su cerveza.

Por Andrea Delgado Mogollón
adelgado243@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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