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El cielo es el escenario más grande del mundo

No se necesita esperar hasta agosto para volar una cometa, basta con verificar el clima, buscar un espacio amplio y tener ímpetu para elevarla.

En Colombia cada agosto se realiza un homenaje al mes de los vientos coloreando el cielo con todo tipo de cometas. / FOTO GIMENA KATHERINE VELANDIA

Por Gimena Katherine Velandia Rincón
gvelandia418@unab.edu.co

Después de 44 años constantes de llevar a cabo el Festival del Viento y Cometa en Villa de Leyva, la edición de 2020 se canceló debido a la pandemia. El municipio boyacense recibía más de 300 cometeros y 50 mil visitantes en el cometódromo más grande de Colombia, ubicado en la plaza mayor del pueblo. Este lugar cuenta con una extensión de 14 mil metros cuadrados en los que personas de todas las edades disfrutaban elevar al cielo cientos de cometas.

En los 20 años que Miller Adolfo Quintero Vargas ha practicado este deporte de alto rendimiento en Bucaramanga, ha asistido a 11 ediciones del evento en Villa de Leyva. Para 2018 ganó la categoría cometa tridimensional, y para el 2019 representó en el cielo boyacense la bandera de Santander con una cometa rokkaku de más de nueve metros de longitud.

Miller Adolfo Quintero fabrica cometas a gran escala y particularmente prefiere las
cometas inflables. En la foto se aprecia una con la bandera de Bucaramanga. / FOTO
SUMINISTRADA MILLER QUINTERO

Quintero Vargas ha consolidado su colección de cometas desde 2001. A la fecha tiene alrededor de 50 entre las que compra y fabrica. Entre ellas destacan la primera cometa que construyó, una modelo Cody de 12 metros de envergadura, una Trilobite que funciona sin ‘estructura ósea’ y una Trineo hecha en tela ripstop y varillas de fibra de carbono, por lo que su precio es cercano a un millón 600 mil pesos.

Para contrarrestar la tracción de una cometa de gran envergadura es necesario usar guantes de carnaza, de lo contrario, la cuerda puede cortar las manos. / FOTO GIMENA KATHERINE VELANDIA

Para elevar las cometas a gran escala él se apoya en su equipo Kite Miller, registrado en la Asociación de Cometeros de Colombia. Para elevarlas el equipo se alinea acorde con la cometa en tres puntos: en el centro una persona se ubica como la base que sostiene la cuerda y se apoya de otros compañeros en caso de que su fuerza no sea suficiente. En la punta superior se posicionan quienes sostienen y sueltan la cometa para elevarla y detrás de la base se ubica quien enrolla y desenrolla la cuerda del yoyo. Cuanto más grande sea la cometa, se necesitan más personas.

El equipo Kite Miller aprovecha el fin de semana que tengan libre para buscar un lugar sin el viento cruzado que produce el terreno irregular de Santander. Además, procuran que el lugar sea despejado, sin postes de luces ni arboles altos para evitar accidentes. Una vez llegan, utilizan el anemómetro para medir la velocidad del viento, abren cometa por cometa para ajustar las líneas de vuelo, toman posiciones y después de un movimiento sincronizado dejan elevar la cometa.

Tradición del viento

Lo que comenzó en China hace más de dos mil años como ‘pájaros de viento’ para enviar mensajes a larga distancia durante la guerra, se transformó en juguetes que se encuentran en todos los tamaños y formas para todas las edades. Francisco Vargas mantiene la tradición de este artefacto desde hace 25 años como fabricante artesanal en Piedecuesta. Cometas Don Pacho no está constituida legalmente, pues afirma que “en Santander solo se elevan cometas en agosto”, por ello no lo ve justificable. Aunque en Colombia sea una tradición elevar cometas en ese mes por sus fuertes vientos, de enero a diciembre se puede practicar como deporte o por recreación.

Francisco Vargas fabrica sus cometas Don Pacho en la carrera 19 N. 7-63 de Piedecuesta. /
FOTO SUMINISTRADA FRANCISCO VARGAS

Con varitas de bambú, plástico de colores, papel seda, silicona en barra e hilo trenzado, Vargas fabrica cometas hexagonales, o cometas de pandero, de entre 60 centímetros y un metro con 30 centímetros de longitud. Es reconocido por la calidad en sus cometas, eleva cada una porque “es la mejor forma de demostrar que son bien fabricadas”.

Lo que comenzó como un regalo para sus hijos, se convirtió en un estilo de vida que Vargas adquirió. Para cada agosto elabora aproximadamente 1.500 cometas; hace los planos, mide las varitas de bambú, las alinea y amarra las intersecciones; pega el plástico o papel de seda y la decora a su imaginación o gusto del cliente, calibra las bridas que se unen a la línea de vuelo y adecúa la cola con la longitud que requiera el tamaño de la cometa. En cada una que fabrica va parte de él, desde la elaboración, prueba y entrega lo hace con pasión, porque “elevar cometas es sentir el alma volar”.

Aliados para un vuelo alto

La ilusión de ver una cometa desafiando las leyes de la gravedad es un principio de aerodinámica. Para el físico de la Universidad Nacional de Colombia, José David Hernández, el sol es uno de sus aliados, pues al aumentar la temperatura de la tierra, asciende el aire caliente, encargado de elevar la cometa. El viento que golpea el frente del aparato le genera una zona de alta presión a baja velocidad, y en su espalda una zona de baja presión a velocidad alta. La fuerza proveniente de ambos costados genera una sustentación que mantiene la cometa entre las corrientes de aire.

Sin embargo, más allá de conocer la ciencia del vuelo, detrás de cada cometa hay un ser que disfruta el momento en que el lienzo azul del cielo se presta para ser pintado por los colores de las cometas. Los cometeros dejan de lado la cotidianidad y pasan este íntimo momento que el viento regala con un juguete que no tiene barrera de edad, tamaño o forma que lo impida volar.

Universidad Autónoma de Bucaramanga