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El lenguaje de señas como una vocación familiar

Conozca la historia de las hermanas Luisa Fernanda y Claudia Patricia Hernández Valdivieso. Juntas desarrollan la labor de maestras en la Unab, siendo la Lengua de Señas Colombiana (LSC) su área de trabajo distintiva.

La docente Claudia Hernández con el grupo de estudiantes durante la clase práctica de Lengua de Señas 1. / FOTO MAYRA CAMPOS

Claudia Hernández Valdivieso nació el 25 de septiembre de 1977. Tras varios exámenes médicos, se descubrió que había nacido sorda y que padecía la misma discapacidad de sus padres, Patricia Valdivieso de Hernández -que como su hija nació sin escuchar- y José Alberto Hernández Camargo -perdió el oído cuando era pequeño y no se conoce la razón-.

Cuatro años después, un 23 de noviembre de 1981, nacieron las gemelas Luisa Fernanda y Liliana, quienes no heredaron dicha discapacidad, pero que desarrollaron el habla gracias a una familiar que descubrió que sí se podía comunicar al pronunciar algunas palabras.

Según el decreto 2369 de 1997, una persona sorda es aquella que, de acuerdo con valoraciones médicas, presenta una pérdida auditiva mayor de noventa (90) decibeles, y cuya capacidad auditiva funcional no le permite adquirir y utilizar la lengua oral en forma adecuada como medio eficaz de comunicación.

Sin embargo, esto no ha sido un obstáculo para las tres, ya que se vincularon al sector educativo y hoy enseñan a el lenguaje de señas.

La formación

Recién graduada en 1997, Claudia fue llamada a trabajar en la institución educativa Centrabilitar. Al año siguiente, solicitan a Liliana y a Luisa (también sicólogas) para hacer parte de una prueba piloto en la Escuela Normal Superior de Bucaramanga, en la cual ejercerán como intérpretes (hoy día, gracias a esta estrategia, hay cerca de 60 estudiantes sordos formándose en la Normal Superior).

Aunque actualmente las tres laboran en sectores vinculados con el LSC, solo Luisa y Claudia residen en Bucaramanga y ambas dictan los cuatro niveles de aprendizaje -de esta lengua – que ofrece la Universidad Autónoma de Bucaramanga. La cátedra está vinculada principalmente al programa de Licenciatura en Educación Infantil. Sin embargo, también se incluye como electiva de cualquiera carrera.

Llevan seis años trabajando en esta institución de educación superior y ambas llegan a ser profesoras de la Unab por la búsqueda de la docente María Lucía Lara Turriago, en la Gobernación de Santander, donde brindaron sus referencias y quienes posteriormente presentaron su propuesta en conjunto.

La materia teórico-práctica consta de dos bloques; el dictado por Luisa que combina la teoría que permite entender históricamente a la comunidad sorda, cómo funcionan y qué se ha ido desarrollando en materia de inclusión, y la práctica desarrollada por Claudia, quien enseña de manera directa las señas incluidas en el lenguaje.

Para lograr ser docente de LSC, se debe cumplir con las siguientes características, de acuerdo con el modelo lingüístico que determina el Instituto Nacional para Sordos (Insor): primero ser sordo o hipoacúsico, que, según el decreto 2369, es aquella persona que, presentando una disminución de la audición, posee capacidad auditiva funcional y que mediante ayudas pedagógicas y tecnológicas, puede desarrollar la lengua oral. Segundo, debe ser usuario de la lengua de señas; y tercero, alguien que comprenda cómo es la comunidad sorda y cómo se comporta lingüísticamente.

Claudia es Modelo Lingüístico (ML), dicho título fue reconocido por primera vez en el artículo 13 del decreto 2369 de 1997, en donde se hace referencia a los programas en Lengua de Señas Colombiana para menores de cinco años.

Los programas educativos de la Universidad Manuela Beltrán y de la Universidad de Santander (Udes), contaban con la parte teórica de la materia, debido al pregrado en Fonoaudiología, pero hasta el 2017 se decidió incluir la práctica, de la que se hace cargo Claudia Hernández.

Luisa Hernández Valdivieso es la encargada de desarrollar la clase teórica Lenguaje de Señas l, en la Unab. / FOTO MAYRA CAMPOS

La experiencia

El desarrollo educativo y social ha sido diferente en los dos casos. Por un lado, Claudia tuvo que vivir la época en que la era prohibido comunicarse por medio del Lenguaje de Señas. Lo que se pretendía era que el sordo aprendiera a hablar; esta idea reforzada desde el siglo XIX definió que la educación para sordos debía centrarse en el “desenmudecimiento’’.

El proceso de cambio comenzó en 1991, y a pesar de que la creación del “lenguaje manual colombiano’’ data de 1984 y fue elaborado por la Federación Nacional de Sordos de Colombia (Fenascol), solo hasta 1993 que se creó el primer curso de Lenguaje Manual Colombiano, y así, hasta 1996, con el decreto 2082 dictado por el presidente Ernesto Samper, se  empezó a reconocer a la Lengua de Señas Colombiana como medio comunicativo del sordo. Dicho decreto también “reglamenta la atención educativa para personas con limitaciones o con capacidades o talentos excepcionales’’.

Claudia realizó la primaria en Centrabilitar. Después, con la integración cursó el bachillerato en el Colegio Santa Maria Maggiore, en Bucaramanga, donde no disponía de intérprete, aún así terminó sus estudios y se graduó en 1996. En esos años fue víctima de las burlas protagonizadas por sus compañeras y de las agresiones físicas por parte de las maestras. Un año después del grado empezó a trabajar y a estudiar.

A diferencia de su hermana, el desarrollo de Luisa se dio con mayor normalidad y sin ningún impedimento, pues no sufrió malos tratos por parte de sus profesores ni por sus compañeros. Estudió su primaria en el colegio Gabriel García Márquez y su bachillerato en el Colegio Técnico Vicente Azuero, ambos en  Floridablanca, e ingresó la universidad en el 2002 estudió psicología junto a Liliana.

Similitudes

El desarrollo del lenguaje fue igual para todas, debido a la sordera de sus padres la primera lengua adquirida por las Hernández Valdivieso fue el Lenguaje de Señas Colombiano. A los dos años de edad, gracias a una tía política que se percató que Luisa y Liliana eran oyentes, se decide comenzar con el estímulo al habla. Así, sin mayor problema, el primer día bastó para “soltar la lengua” de las expresivas niñas que hasta ahora solo sabían comunicar cosas como agua y tetero por medio de señas. Además, para Luisa su desarrollo se dio de manera natural, y apenas en once grado tuvo conciencia de que sus papás son sordos.

Claudia hizo una licenciatura en español y estudió cinco años para ser ML; sin embargo, no había un aval del Ministerio de Educación, aunque este mismo era el encargado de brindar los estudios para serlo.

Posterior a eso, trató de estudiar  psicología al igual que sus hermanas, pero el tiempo no se lo permitió debido a la carga laboral. A día de hoy aún le hace falta validar sus estudios para que se oficialice como ML.

Por Mayra Alejandra Campos

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Universidad Autónoma de Bucaramanga