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El pulmón del comercio en Bucaramanga

Desde 1990 la calle 35 es el lugar de trabajo de más de 200 vendedores ambulantes que buscan sobrevivir en una ciudad en la que aproximadamente 58.000 personas se encuentran desempleadas, según cifras entregadas por el DANE en agosto de 2019.

Muestras artísticas en la calle 35 con carrera 19, uno de los sectores del Paseo del Comercio. / FOTO JOHAN SEBASTIÁN BAUTISTA FRANCO

Por Johan Sebastián Bautista Franco

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Cuando son las 8 a.m. y el sol apenas empieza a resplandecer sobre el cielo de Bucaramanga, el Paseo del Comercio (calle 35 entre carreras 12 y 19) comienza a llenarse de gente, unos corren hacia sus trabajos, otros se dirigen a estudiar y los vendedores comienzan a sacar sus puestos para buscar la mejor ubicación y así garantizarse buenas ventas a lo largo del día.

Una de las primeras en llegar es Irma Herrera, de 59 años de edad, quien lleva más de 30 años trabajando como vendedora ambulante. “Vendo medias y ropita, a mí me toca trabajar de esta forma porque ya por mi edad es difícil que me den empleo”.

En medio de la mañana el flujo de personas se incrementa; donde hay más es entre las carreras 16 y 18, en ese sitio se encuentran el Pasaje Aurelio Martínez Mutis y el Paseo Colón; aquí se ubica Irma y cinco metros más abajo se encuentra Javier Afanador, vendedor de sombrillas e impermeables, quien está acompañado de sus tres perros: Luna, Draco y Princesa. “Son los consentidos de acá, ya la gente los conoce, hasta los han pasado por internet para que la gente me compre las sombrillas”.

La calle 35, en el centro de Bucaramanga, se convirtió en peatonal a finales de 1990./ FOTO JOHAN SEBASTIÁN BAUTISTA FRANCO

A las 11 de la mañana el ambiente en el Paseo del Comercio es similar al de una plaza de mercado, a la algarabía de los vendedores se suma la música en cada esquina, algunos se empujan para lograr abrir paso entre la gente, adicional a esto el lugar se convirtió en un parqueadero de motos y bicicletas a pesar de que a finales de 1990 durante la alcaldía de Alfonso Gómez Gómez esta calle se dejó solo para peatones debido a la cantidad de ciudadanos que transitan a diario.

A las 11:30 de la mañana de cada día llegan los carros de valores que se ubican entre las carreras 16 y 18, pues en este sector hay algunas entidades bancarias. Afuera de estos lugares se ubica Nelson Parra, otro vendedor. “Trabajo acá hace cinco años, mi esposa también trabaja acá pero por la otra cuadra. La gente sale de pagar sus recibos y nos compra un forro o un vidrio para proteger el celular y con eso saco adelante a mi familia”.

Vivir con el mínimo

Con la llegada del mediodía, la actividad comercial y el tránsito en el centro de Bucaramanga se reducen. Irma y Javier aprovechan para almorzar y descansar unos minutos, Nelson se reúne con su esposa y sus dos hijas, Julieth y María José, de 3 y 6 años. “La hora del almuerzo es muy rápida, compramos dos almuerzos para los cuatro. A diario tenemos que pagar parqueadero para dejar las cosas y también gastamos 10.000 en transporte, entonces no podemos ponernos a gastar más plata en comida, yo soy el que menos come, me importa más que coman mi mujer y mis hijas”.

Para los que, como Nelson, a diario trabajan más de 12 horas para intentar conseguir un salario cercano al mínimo en Colombia ($877.803), en la actualidad no les alcanza para cubrir todas las necesidades y obligaciones, debido a la cantidad de vendedores que hay; ese también es el caso de Irma, que responde por sus tres hijos y un nieto en condición de discapacidad.

Ellos han tenido que sortear con esto desde que empezó a llegar el comercio al centro de Bucaramanga, aunque en la actualidad la situación se ha reducido debido a que en el plan de desarrollo de 2019 se prohíbe a la Policía Nacional quitarles mercancía a los que se dedican a las ventas informales. “Los policías ahora solo vienen y nos dicen que nos corramos unos metros, por lo general cuando llegan los carros que recogen la plata de los bancos, y ya… hacemos caso pero ya todo es por las buenas, no hay malos tratos ni malas palabras”.

A las dos de la tarde todos los comerciantes, incluidos Irma, Javier y Nelson, retoman sus labores; a esa hora Nelson envía nuevamente a sus hijas al colegio y junto a su esposa se queda intentando vender algo más para finalizar el día con dinero. “Gasto 4000 en parqueadero, entre 5000 y 10.000 en transporte, ahora súmele los almuerzos y los servicios de la casa, en un día bueno, me hago por ahí 40.000 pesos”.

La calle del silencio

Cuando cae la noche las ventas empiezan a bajar.

A las 6 de la tarde el Paseo se transforma en el hogar de los indigentes que llegan a este lugar en busca de un sitio para pasar la noche, en algunos casos los policías los desalojan y en otros corren con suerte y logran quedarse.

Después de las 6 de la tarde el lugar se torna oscuro; de las 56 lámparas de alumbrado público que se ubican a lo largo del sector solo funcionan 42. Las personas empiezan a cerrar sus puestos y guardarlos en los lugares que alquilan a diario, Irma lo hace a las 6:30 p.m. y se dispone a viajar por una hora y media hasta su casa en Piedecuesta.

Javier Quiroga en compañía de sus mascotas, Luna, Draco y Princesa. / FOTO JOHAN SEBASTIÁN BAUTISTA FRANCO

Nelson, en compañía de su esposa y sus hijas que llegan a las 5 p.m. del colegio, emprenden un largo trayecto a pie hasta el barrio Girardot. “Ellas me hacen agradable el viaje con sus ocurrencias y sus comentarios, después de una larga jornada de trabajo es lo único que puede alegrarme”.

Javier es de los últimos en irse, la mayoría de los días se queda hasta las ocho o nueve de la noche.

“Si está lloviendo no puedo irme, en ese momento es cuando la gente más me compra las sombrillas, entonces meto a los tres consentidos (sus mascotas) debajo del carro y me quedo prácticamente hasta que la policía empieza a sacar a todo el mundo”, sostiene el vendedor ambulante.

A las 10 de la noche el ruido de la jornada desaparece. Ha finalizado el día y, el Paseo del Comercio, el lugar en el que a diario se ganan la vida 260 vendedores ambulantes se convierte en la calle del silencio.

Universidad Autónoma de Bucaramanga