Inicio Bucaramanga El reto que impone ser un emigrante venezolano

El reto que impone ser un emigrante venezolano

La venta de hallacas, hoy es la fuente de ingresos de un venezolano que se formó en Colombia como arquitecto. Para Mario Atria, convergen en el mismo punto de interés el hecho de que sea una fuente económica, así como la posibilidad de demostrar las cosas buenas que hacen los venezolanos.

Marianna Atria, Mario Atria y Odilia Ramírez Vesga. /FOTO SERGIO ANDRÉS RANGEL

A mediados de la década de los 70, mientras cursaba su bachillerato, Mario Atria decidió salir a las calles de San Felipe, ciudad venezolana capital del estado de Yaracuy, a vender limonadas y quesillos, un postre típico venezolano. Su motivación provino del deseo de seguir con sus estudios y tener su propia plata. Y aunque lo logró, nunca imaginó que hoy, luego de 44 años y ostentando el título de arquitecto, estaría de nuevo en las calles, esta vez de Bucaramanga, vendiendo hallacas, otro manjar típico de Venezuela. El motivo en esta ocasión fue la crisis económica, política y social del país vecino que desde 2015, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), ha obligado a más de 1,6 millones de venezolanos a abandonar su país buscando mayor estabilidad.

Hoy mediante la venta de hallacas espera poder dar a conocer una parte de la riqueza de su país, pero principalmente ser el sustento de una familia que tenía una vida construida y que lo perdió prácticamente todo. El mercadillo campesino que todos los domingos en la mañana se instala en el parque San Pío ha sido una de las ventanas que le ha permitido a Mario extender su negocio y su mensaje de que los venezolanos buenos son más.

Lo que empezó como un plato navideño que solo se preparaba para la familia y los amigos más cercanos, terminó representándole a Mario su fuente de ingresos más sólida en el momento. “Ya tengo una venta fija de 100 150 por semana. Que el ideal digamos para sustentarme bien serían unas 300 o 400 hallacas semanales, pero mientras tanto la ventaja es que tengo una casa donde vivir y el apoyo de mi familia” expresa con emoción.

Lo que empezó como un castigo

La primera vez que Mario, un hombre de 57 años que mide 1,78 metros de altura, pisó suelo colombiano fue en 1976. Estuvo animado principalmente por su hermano mayor, quien para entonces ya llevaba un año viviendo y estudiando en el Seminario Menor de Pamplona, Norte de Santander, como castigo por haber perdido el año. Perder el año se debió a su participación en 1974 en las protestas y huelgas que el sector de la educación pública media y universitaria, así como los obreros y los empleados públicos, venían desarrollando desde 1969 en contra del entonces presidente venezolano Rafael Caldera. Con lo anterior, Pamplona y su ambiente alejado del caos y la violencia de las manifestaciones, además de su ubicación apenas a 43 kilómetros de la frontera, llamó aún más la atención de Mario y confirmó su deseo de trasladarse a aquel municipio. Allí continuó estudiando en compañía solamente de quien en un principio lo animó a tomar la decisión.

“No creo volver a Venezuela por- que mi familia no me acompañaría. Hicimos esa aventura una vez y nos sometimos a muchos sacrificios”. / FOTO SERGIO ANDRÉS RANGEL

Tres años pasaron y juntos se adentraron un poco más en el país llegando hasta Bucaramanga. Aquí Mario finalizó su bachillerato en el colegio La Salle y su hermano entró a estudiar arquitectura en la universidad Santo Tomás. Cuando recién llegaron a la ciudad se alojaron por un tiempo en un cuarto arrendado donde dormían en colchonetas tiradas en el piso. Sin embargo, esto nada tenía que ver con crisis económicas sino más bien con el hecho de sentirse inseparables y de experimentar una forma de vida diferente. “En esos tiempos nos tendían la alfombra. Teníamos dinero y lo que enviaban desde Venezuela era un platanal aquí”, dice Mario como añorando aquella época, y agrega: “También éramos una rareza”, refiriéndose a la poca presencia de venezolanos en el territorio nacional en aquel tiempo.

Los años universitarios

Como si de serle fiel a un pacto de complicidad entre hermanos se tratase, Mario decidió también formarse como arquitecto en la universidad Santo Tomás. Su paso por la institución estuvo cargado de vivencias como la fundación del primer equipo de sóftbol de la universidad, e incluso de la ciudad, de la mano con un grupo de compañeros costeños. Además, fue una experiencia con la que logró materializar dos de sus pasiones, y lo deja claro cuando sus ojos se iluminan y una sonrisa que denota satisfacción se dibuja en su rostro al afirmar: “El estadio (de sóftbol) que está en la ciudadela, que era un antiguo botadero de basura, lo diseñé yo, lo regalé. Fuimos los que le metimos el hombro”.

De igual manera, durante sus años de universidad desarrolló su primera idea de negocio. Fue tan exitosa que logró beneficiarse de esta durante 20 años y aún hoy lo hace, aunque en menor medida. Un día mientras cumplía con los quehaceres de la carrera, su regla paralela, un instrumento de dibujo técnico para medir y trazar líneas paralelas horizontales, se rompió. En aquel entonces el diseño original estaba adecuado a la longitud de las mesas de dibujo por lo que llegaba a superar los 70 centímetros de largo. Mario decidió recortarla y junto a su hermano adecuarla para crear un nuevo modelo. “Mi hermano se consiguió unos pedazos de acrílico y él decidió ponerle los rodachines. Lo hicimos para nosotros y cuando los compañeros nos vieron con las dos paralelas hechas, se interesaron y nos pidieron una”, comenta mientras va desenvolviendo la regla. “Conseguimos un negocio donde venden acrílico lo mandamos a cortar e hicimos como 15 o 20 reglas que al principio fueron gratis para nuestros amigos”, y la expone con orgullo. Con el mismo con mismo orgullo también relata cómo llegó a ser el mayor proveedor de estas reglas en su universidad y en la Antonio Nariño: “Cada día nos fuimos volviendo más famosos en la universidad y llegó el momento en que éramos los únicos vendedores. Yo vendía el 99% de las paralelas de la universidad. Llegué a vender 200 en un semestre”.

También lo hicieron con las mesas de dibujo. Desarrollaron un diseño basado en una mesa de computador que tenía las patas metálicas diagonales, con el fin de  hacerla más cómoda, apta para cualquier silla, con la altura y la inclinación adecuadas, y abierta a los cambios y modificaciones. “Tiene una cantidad de detalles específicos para estudiantes. Ese es mi mejor diseño porque media Bucaramanga ha sido hecha en esas mesas”, recalca mientras lo invade el regocijo y recuerda: “Porque todos los arquitectos de los últimos 30 años que han pasado por la Santo Tomás, han pasado por esas mesas”.

Sin embargo, reconoce con cierto pesar cómo la llegada del computador y las nuevas tecnologías afectaron el negocio relegándolo a un plano obsoleto. A pesar de ello destaca, mientras esboza una risa contagiosa, que sus compañeros que en aquel tiempo eran sus clientes, hoy como profesores le han tendido una mano: “como tantos me deben favores a mí todos se encargaron de apoyarme y de decirle a sus estudiantes acerca de la situación y lo que hago, y se han vendido unas 12 o 13 mesas. No es lo que yo antes vendía, ni me da para vivir, pero es una ayuda importante”.

El ‘boom’ venezolano

En 2004 Mario decide junto a su familia mudarse definitivamente a Venezuela, siguiendo esa ola de emigrantes atraídos por la bonanza petrolera y las facilidades que ofrecía el gobierno de Hugo Chávez. Allá, a diferencia de acá, Mario pudo desarrollar su profesión enfocado en el área de diseño de proyectos comerciales.

La comida era casi regalada, al igual que los servicios y la gasolina, recuerda el arquitecto. “Había una serie de ventajas respecto a cómo se vivía en Colombia donde el gobierno a toda hora estaba acosando con los impuestos. En Venezuela era mucho más fácil vivir”, destaca.

Con la muerte de Chávez y la llegada al poder de Nicolás Maduro, Venezuela se enfrascó en lo que Mario nombra una ‘crisis de liderazgo’ que desembocó en una crisis de seguridad. La especulación empezó a darse de manera generalizada, pues se volvió común comprar cosas que tal vez no eran necesarias para quien las adquiría, pero que sí representaban mayor ganancia al re venderlas a precios exorbitantes. “Se dieron muchas situaciones en las que la gente se canibalizó. Canibalismo social, nos autodestruimos”, expresó.

La situación para Mario y su familia estuvo bien hasta 2015, cuando empezó a escasear el trabajo debido a que todos aquellos grandes inversores abandonaron el país. También porque materiales como el cemento y las varillas empezaron a desaparecer, o solo se encontraban en el mercado negro, lo que tornó la situación insostenible, según comenta Mario a la vez que expresa cómo en un par de meses pasó de pesar 90 kilogramos a apenas 60. “No era solo la escasez de comida, que gracias a dios yo siempre conseguí, sino la angustia del qué voy a hacer, uno no duerme”.

Además, la gente empezó a eliminar gastos superfluos y a concentrarse solo en la comida, que para entonces ya estaba escaseando también. En esa situación, de estar entre la espada y la pared, empieza un nivel de supervivencia. “Acá la gente se pregunta que cómo es posible que voten por una bolsa de comida, pero cuando esa bolsa de comida es lo único que vas a tener en el mes tú votas porque tienes que votar”. comenta Mario.

Apoyo que otros no tienen

Alrededor de 24 años atrás, Mario se mudó al barrio Pan de Azúcar donde empezó a dirigir varios equipos femeninos de sóftbol. Allí, notó la presencia de una chica del barrio que con frecuencia coincida en el mismo lugar para hacer ejercicio. El tiempo transcurría en medio de canchas de tierra y bates y pelotas, y cada día se fueron acercando más y conociéndose mejor, hasta que decidieron formalizar su relación para posteriormente casarse. Al principio se mudaron a la casa de su suegra, ahí mismo en Pan de Azúcar. Aprovechaban los períodos de vacaciones para ir a Venezuela y así poder disfrutar y estar en contacto con ambas familias. Y con el paso del tiempo vinieron también sus tres hijos.

Hoy Mario y su familia se encuentran de nuevo en la casa de su suegra en el barrio Pan de Azúcar. Llegaron en octubre de 2017 después de que la situación de su país y sus propios hijos y su familia en Colombia lo presionaran para volver. En Venezuela dejó una parcela de dos kilómetros cuadrados, su casa, una moto, y un trabajo estable. Con agradecimiento Mario reconoce que comparado la mayoría de migrantes él sí tuvo una casa a donde llegar, donde le brindaron comida, bebida, cobijo y oportunidades de préstamo.

Y ese agradecimiento se lo expresa a su familia: “Tuve la virtud de contar con una familia política muy importante. Mi suegra es viuda de un obrero de Ecopetrol, por lo que cuenta con una pensión que le da una estabilidad económica y eso ha permitido que ella nos haya podido apoyar en estas circunstancias”, agrega y a su vez que expresa que es un proceso recíproco: “Eso va en la forma como uno se comporta con la gente, yo he sido muy serio, parezco un evangélico, soy muy recatado. Eso me ha granjeado la amistad de la familia, el cariño de la familia, me ha permitido que ellos me apoyan y en lo que puedo yo también apoyo”.

El retorno

Mario Atria se mantiene con seguridad en la idea de que él y su familia van a superar esta situación. Primero porque el apoyo que necesitan en estos momentos sus hijos lo motivan a seguir luchando, y segundo porque se ha demostrado así mismo que es un emprendedor echado para adelante. Sin embargo, su voz se quiebra cuando de la situación de todo el pueblo venezolano se trata. Y mientras pretende disimular las lágrimas que ruedan por sus mejillas manifiesta: “Esta situación no solo ha causado un daño político y económico. Ha causado un daño social que es más grave todavía. Destruyó muchos valores y mi país es inmensamente rico, parece mentira”. Aun así, mantiene la esperanza de que todo cambie aunque asegura que no será de un día para otro. “A pesar de que hay riqueza, la división social y el mal acostumbrar a la gente a vivir del Estado prolongará por muchos años la recuperación. No le veo yo a mi país un rápido recupere, pero sé que lo hará por la cantidad de riqueza que posee”.

Mario se recuesta en el espaldar del sillón, cruza su pierna derecha y en un tono pausado y que se percibe resignado, como si con cada palabra se le derrumbaran los deseos, sintetiza: “Yo no creo volver a Venezuela a vivir porque mi familia no me acompañaría tampoco. Ya hicimos esa aventura una vez y nos sometimos a unos sacrificios”.

Bien dicen que la tierra jala y duele, que uno no siente el himno nacional como propio hasta que lo escucha por fuera de su país, y aunque con lágrimas Mario reconoce esto, entiende que la prioridad está en la seguridad de su esposa y de sus hijos. Entiende también, haciendo suya una frase que su padre le repetía, que “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”.

Por Sergio Andrés Rangel Valbuena

[email protected]

Universidad Autónoma de Bucaramanga