Después de la violación asegura que quiso quitarle la vida al guerrillero que la abusó, pero “me ganaron, me pegaron un tiro en la pierna, la sentí acalambrada. Me agaché a mirar y vi que estaba llena de sangre. En ese momento tenía 14 años. No me quisieron ayudar con medicinas”, dice Lineth. / FOTO DANIELA GÓMEZ LAITON

Por Daniela Victoria Gómez / [email protected]

El 20 de agosto de 1998, en Santa Inés, municipio de El Carmen, Norte de Santander, nació Lineth Rincón. Aunque su padre, Nain Rincón, la abandonó para formar parte de la guerrilla, creció bajo la protección de sus hermanos mayores, Ceneli, Eider y Arbey, ambos guerrilleros reclutados por el Ejército de Liberación Nacional (Eln). Tuvo el cuidado de su mamá, Fanini Jaime, a quien recuerda con admiración y cariño, pues “siempre era duro verla llegar a las dos de la mañana con casi 20 mulas arriándolas, embarrada, vuelta nada, yo solo pensaba que tenía que ser alguien en la vida para poder ayudarla”, dice Rincón casi susurrando.

También recuerda el 28 de diciembre de 2012 como uno de los días más tristes de su vida. Fue cuando la guerra tocó a la puerta de su casa e integrantes del frente Camilo Torres Restrepo de esa guerrilla llegaron para reclutar a sus dos hermanos, Eider y Arbey (murió en medio de un combate cuando llevaba 14 días en el monte). “Nosotras escuchamos el bombazo y nos pusimos a llorar con mi mamá, porque sin saber qué estaba pasando, sentimos como si mi hermano se hubiera muerto”, comenta.

Días después, en las fiestas de año nuevo de 2013, cuando ella tenía 13 años, llegó Eider conocido con el alias de ‘Papi’y la invitó a una reunión que iban a hacer en el campamento donde trabajaba con los líderes del Eln. Lineth aceptó. “Mi mamá antes de salir me dijo: hija no te vayas, salir de la casa tiene muchas consecuencias”, pero no le hizo caso. Hoy, luego de siete años, hace memoria sobre ese momento porque al día siguiente, cuando iba de regreso para la casa, alias ‘Arbey’, jefe de la compañía Capitán Francisco’, y le dijo que pertenecía al Eln.

Recuerdos del monte

Como alias ‘Natalia’ o ‘La Churca’, vivió en el monte, presenció varios eventos que le cambiaron la vida para siempre. Según cuenta, ‘los mandos’ (jefes de la guerrilla), gritaban, maltrataban, castigaban, y ponían pruebas y entrenamientos que nunca se imaginó haber vivido. Aprendió las inclemencias de la guerra y no borra de su memoria los asesinatos de sus compañeros ordenados por la guerrilla. Si algo la marcó para siempre fue ser víctima de abuso sexual por parte de uno de los comandantes. “Fui violada y no solo una vez, fueron tres. El primero que me violó fue el Comandante Sandino, alias ‘Wilkin’, tenía 14 años, y ni siquiera me había llegado el periodo por primera vez. Para mí fue un trauma. No quería saber nada de los hombres, los odiaba a morir, los quería matar”, expresa la nortesantandereana.

Su última violación fue a los 16 años. ‘Jainer’ (Jerson Omar Parada Torres, otro jefe guerrillero), fue el victimario. Pero la tragedia no terminaba ahí; dos meses después se da cuenta que estaba embarazada y todo el mundo le decía que abortara.

Ella había tenido otra formación en donde la señora Fanini Jaime, su mamá, le enseñó a rezar y que Dios existe, solo por eso no fue capaz de hacerlo y decidió enfrentarse a la vida guerrillera estando embarazada.

“Aunque no tuve muchos lujos, éramos una familia unida, vivíamos felices. Fueron momentos bonitos, puedo decir que tuve la mejor niñez, que pude haber tenido”, dice Lineth sobre su pasado. /FOTO DANIELA VICTORIA GÓMEZ LAITON.

Consejo de guerra

En la guerrilla le dicen consejo de guerra a la reunión que hacen los cabecillas para determinar si castigan o le quitan la vida a quien cometió un error. En este caso ‘Natalia’ pasó por uno, decían que era una infiltrada de la Fuerza Pública y lo único que quería era que mataran a los líderes guerrilleros que la habían “violado”. No le creían que había sido abusada sexualmente. Finalmente logra justicia y sus violadores fueron castigados durante seis meses realizando trabajos forzados.

En diciembre del 2018, mientras celebraba la fiesta de fin de año con su familia, conoció a un soldado que patrullaba por la cantina donde trabajaba esos días, y producto del alcohol, como asegura, se tomó una foto con el casco del militar.

Cuando los jefes del Eln se enteraron, dieron la orden de matarla porque según ellos, definitiva era una infiltrada del Estado. “Se me acerca un primo y me dice: “Churca yo no sé usted qué va a hacer pero váyase, escápese porque a usted la van a matar, mañana la recogen para ajusticiarla; a usted ya le tienen mucha rabia”. Como en ese momento, hoy vuelve a llorar de rabia al recordarlo, porque la guerrilla no solo le quitó la infancia sino a la familia y por poco, hasta la vida.

Esta joven antes, durante y después de pertenecer al Eln, se ha aferrado a Dios y su protección, la oración con el Salmo 91 ha sido en gran parte la ayuda para seguir luchando y no dejarse derrumbar por la mala vida que pasó. En ocasiones sigue pasando por qué le ocurrió todo. Aunque ya no está en las filas guerrilleras, sigue sintiendo miedo. Comenta que en cualquier momento la pueden descubrir y mandarla, ya
que sabe que en las ciudades más grandes del país la guerrilla tiene personas destinadas a realizar actividades de inteligencia, que se conocen como guerrilla urbanas. “Siempre le he dado muchas gracias a Dios, porque a pesar de que en el monte me decían que él no existía, yo rezaba el Salmo 91 como mi mamá me había enseñado y todo me salía bien: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente”.

Hoy Lineth tiene 20 años y un hijo de tres llamado Jerson Pascual Parada Rincón. Pese a que ya no está en la guerrilla del Eln sigue sintiéndose como una persona apartada de la sociedad.

Realizó el proceso de desmovilización que se requiere para retornar a la vida de civil, sin embargo, la adaptación a esta vida no ha sido fácil para ella y mucho menos para Jerson Parada, quien poco conoce de un mundo distinto al que se vive en la guerrilla. “Mi hijo ve a los soldados que lo saludan y le preguntan si quiere ser militar. Responde que no, yo soy guelillelo”, asegura esta mujer.

Sigue con el sueño de estudiar enfermería y así, en el futuro, cuando su mamá se enferme, la podría atender y ayudar. ¿Pero será posible vivir en una sociedad donde los estereotipos van más allá que la tolerancia hacia otros? Ella sigue intentándolo.

Universidad Autónoma de Bucaramanga