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El último combate del “Guerrero” Quiñones

El boxeo es un deporte para valientes, pero también de alto riesgo. Esta es la historia de Luis Quiñones, santandereano que fue una promesa real del boxeo en Colombia.

Luis Quiñones victorioso en una de sus peleas en Barranquilla. Foto: Cortesía de Mayra Quiñones

Por: Valeria Almeyda/ valmeyda@unab.edu.co

26 de septiembre de 2022, Barranquilla 

Sandra Escudero estaba de pie en el centro del cuadrilátero del Coliseo Elías Chegwin. Presentaba el duelo de invictos por el Título Nacional de peso ligero, conocido mundialmente como Welter Junior. “Vamos a invitar entonces al cuadrilátero a Luis ‘El Guerrero’ Quiñones”, dijo. De fondo, retumbaba “Tú me dejaste caer” de Daddy Yankee, mientras Luis entraba a la duela. En su pantaloneta resaltaban los colores de su Barrancabermeja natal, negro por el petróleo y amarillo por el sol incandescente. Su camisa negra acompañaba el atuendo con su nombre escrito en letras brillantes. Alzó sus brazos frente a su rostro y, en cuestión de segundos, bailando, comenzó a lanzar jabs y cruzados al aire. “25 años de edad, diez victorias sin derrotas, seis por la vía del nocaut”, mencionó el comentarista Renato Bermúdez. Luis saludó al público y desde cada esquina envió un beso. Sandra dio la bienvenida al contrincante, Jose Muñoz.  

El combate estaba a punto de iniciar. Quiñones en la esquina roja, Muñoz en la esquina azul. El réferi, Leonel Mercado, los llamó al centro del cuadrilátero para dar las últimas indicaciones: “choque de guantes. Vamos a jugar profesional. Vamos a jugar limpio. Nada de meter cabezazos. Nada de mandarse con los pies. Protegiéndose siempre. Suerte y que gane el mejor. Cuídense”. Cada uno se devolvía a su esquina. Mercado mantenía detenido el inicio de la pelea mientras el médico llegaba. De fondo, los comentaristas remarcaron: “está mal que hayan dejado subir a los boxeadores así. Se están enfriando”. Un minuto y medio después -que para nosotros no es nada, pero en la pelea es muchísimo- el médico ya estaba preparado. 

Primer round. Suena la campana. El juez da la orden de inicio. Quiñones y Muñoz comienzan a moverse por el cuadrilátero. Muñoz lanza el primer golpe, jab izquierdo, falla en el aire. Quiñones responde, un jab a la quijada, otro golpe en el aire. La lona está mojada en los laterales, Muñoz se resbala y vuelve en pie. Siguen lanzando golpes, ambos se rozan. “A Quiñones se le ve concentrado, buscando la pelea”; “tiran jabs al estómago. Porque sin jab no hay paraíso”, comenta Bermúdez. Último minuto del round inicial, Quiñones ataca, dos jabs a la cabeza, uno al estómago. Muñoz responde, un golpe a la cabeza. Final. El profesor Carlos Irusta da su veredicto: Quiñones 10, Muñoz 9. 

Luis Quiñones y Jose Muñoz por el título nacional de Welter Junior. Foto: Cortesía Mayra Quiñones

Pedro Palma, entrenador de Muñoz y su equipo, le da recomendaciones: “pega un doble jab”. Segundo asalto. La pelea da un giro de 180 grados. Muñoz entra más fuerte, un golpe directo en la frente de Quiñones. En respuesta, un jab de izquierda de Quiñones. Muñoz lanza una izquierda, Quiñones se agacha, la falla. Quiñones comienza a sobarse la cabeza constantemente, se abalanza repetidamente sobre Muñoz, pausando el combate. El réferi los separa: “no se agarren la cabeza. Vamos”. Da inicio nuevamente. 48 segundos para que termine este round. Quiñones ataca. Muñoz pega el doble jab a la cabeza. Quiñones lo acorrala al costado, dos golpes. Un golpe de Muñoz a la cabeza. Ambos están dejando todo en el ring. Un jab derecho de Quiñones finaliza el segundo episodio.  Miguel “Ñato” Guzmán, entrenador de Luis, está hecho fuego. Le recrimina: “¡ponle corazón a esto papito, son ocho rounds. Boxea y pégale por todos lados. Tu metes mucho la cabeza y te va a joder. Ve a mostrar lo que tienes, manita!”. La pelea se iguala. Irusta marca los puntos: Muñoz 10, Quiñones 9. Tercer round. Quiñones lanza unos golpes suaves. Su cuerpo se ve cansado, se soba la cabeza. Cuarto, quinto y sexto asalto. Quiñones levanta el ánimo, pero sigue perdiendo la pelea. Muñoz lo acorrala, un uppercut a la cabeza. Derecha de Quiñones. La lona está mojada, ambos resbalan constantemente. “El réferi puede parar la pelea para que limpien”, dice Bermúdez. “Cómo caminas en puntas para asentarte con el piso mojado. Hace que cambies todo tu boxeo”, comenta Maleja Espinoza, segunda comentarista. Round siete, Quiñones recibe uppers y jabs en la cabeza por parte de Muñoz. Octavo round, Quiñones sigue luchando, pega un jab derecho, otro izquierdo. Muñoz lo acorrala. Quiñones comienza a temblar, las piernas no le responden. Se soba la cabeza, tropieza. Jab de Muñoz a la cabeza. El Guerrero cae al piso. A los dos minutos y treinta segundos se acaba la pelea. Muñoz es ganador por nocaut. Desde la caída a la lona, Quiñones empieza el último combate de su vida, esta vez su contrincante es la muerte.

12 de julio de 1997, Barrancabermeja 

En el barrio Internacional de la ciudad más sofocante de Santander, donde el clima alcanza los 32 grados y la humedad el 80% en un día fresco, Lucely Guzmán y Germán Quiñones trajeron al mundo a Luis Andrés. Era el milagro de la familia, “él se ensució estando en el vientre de su madre. Casi los pierdo a ambos”, menciona Germán. Sus padres habían guardado el secreto del embarazo a sus hijos Leonardo y Mayra. “El día que llegó a la casa lo cuidamos mucho. Él era muy inquieto, recuerdo que una vez se cayó de la mecedora y se dio un mamonazo en la cabeza”, relata Leonardo. Los años pasaron en la casa de la familia Quiñones. Luis se hacía más grande y su personalidad “de roble” se definía y rozaba los corazones de sus allegados. 

Era un soñador. Sin límites, cumplía lo que se proponía. “Él siempre me dijo que quería ser profesional. Incluso sin saber qué quería hacer, él iba a ser un profesional. Quería mantener la familia, que jamás pasáramos hambre”, menciona Mayra. Era un niño travieso. Le gustaba escaparse de clase e irse a jugar maquinitas en la tienda cerca al colegio Miguel Antonio Caro, donde terminó sus últimos años de bachillerato. A pesar de sus travesuras, siempre daba felicidad: “uno nunca se podía poner brava con él, porque siempre buscaba la forma de hacernos reír, eso era muy suyo”, precisa Mayra. 

Pantallita, como le decían sus conocidos por su cabeza plana, era un reflejo de emociones, un enamorado de la vida. “Cuando estaba triste, feliz o enojado lo expresaba mucho”, dice Cristian Andrade, un amigo cercano. “Nosotras nos sentimos afortunadas de conocer la parte de él que no le mostraba a todo el mundo. Esa parte sensible, la que le dolía. La que describía sus sentimientos y sus miedos, que pueden ser debilidades para un boxeador, pero que son propios de cualquier ser humano”, mencionan las hermanas Michell y Kelly Morales. Ellas compartían la fe con Luis, por eso él las consideraba parte de su familia. Para sus amigos, Luis era el ejemplo de fortaleza que todos deberían tener para cumplir sus sueños.

Dentro de las características de Luis Quiñones su fervor religioso se acentuó con los años. Foto: Cortesía Mayra Quiñones

La disciplina era su marca personal, no solo con él, también la proyectaba a los demás. “Lucho era la única persona que creía en mí. No solo de palabra. Me llamaba todas las mañanas a hacer ejercicio y a motivarme a bajar de peso. Me gustaría poder contarle que estoy lográndolo”, comenta Uriel Santamaría, amigo de Luis. Era idealista y sus pasos -aunque pequeños para algunos- lo llevaron a triunfar. Cristian recuerda: “estuvimos hablando del futuro. Yo sabía que él en su grandeza lograría lo que se estaba proponiendo. Solo con él me permitía soñar despierto”.  También era un hombre formado en fe, en su amor a Dios. Su amigo Alfredo Amariz dice: “el legado que me dejó Pantallita es que siempre hay que estar agarrado de la mano de Dios. Eso fue lo que siempre predicó en su vida”. La huella que dejó Luis les abrió los ojos a sus allegados: “sabíamos que era entregado a Dios, pero no medimos su poder de transmisión de estas creencias. Él representaba la humildad en la sencillez”, afirma Leonardo.

La Iglesia Cuadrangular era el segundo hogar de Luchito, como le decían en la familia pastoral. Pasaba los días con ellos, incluso más que en su propia casa. Ayudaba con los quehaceres del hogar y a cuidar al abuelo de esta otra familia. “Lo bañaba, le daba de comer. Nadie quería hacer eso, pero él siempre estaba dispuesto”, señala Ruth Muñoz, una de las hijas de la pastora. Edilce Muñoz, hermana de Ruth y esposa de Leonardo, comenzó a preocuparse por su ausencia en las prédicas: “le decía a mi suegra que estaba faltando mucho a la iglesia, lo que no sabíamos es que ahí él ya se estaba encaminando en su pasión, en su deporte”. 

Uno de los seis combates en los que Luis noqueó a su adversario. Foto: @l_quinones1206

Luis llevaba el Guerrero en la sangre, su padre había practicado boxeo años atrás, pero desistió por la constante falta de apoyo en la región. “Él se parecía a mí. Santander no tenía ni idea de lo que Luis se convirtió en Barranquilla. Él tenía un don”, comenta el padre. Luis comenzó sus pasos en el boxeo juvenil y, aunque inicialmente su familia no quería el boxeo como su estilo de vida, con el tiempo les demostró que era un campeón. “Cuando se fue a Barranquilla lo llevaron de gancho ciego, solo como bulto de boxeo para entrenar a otros, pero tacaron burro, pues comenzó a ganar las peleas y se dieron cuenta de su talento y ahí sí se dedicaron a entrenarlo como debe ser”, señala el papá. En La Arenosa, comenzó a hacer historia, sus compañeros admiraban su destreza. Justamente, su último rival, Jose Muñoz, recuerda sus habilidades. Afirma que le duele recordar lo sucedido y que el llanto le gana, por eso no habla, prefiere escribir. De su compañero, redacta: “para mí era un boxeador prometedor. Era ágil y pegaba con fuerza. Tenía disciplina y perseverancia. Eso les falta a muchos”. 

En la última pelea, precisamente, hubo diversas inconsistencias, pruebas médicas que no se hicieron y apuestas irregulares. Frente a esto, la familia de Quiñones es contundente: “esperamos que se haga justicia”. El 26 de septiembre, Quiñones entró a la Clínica General del Norte con deterioro neurológico, metabólico y funcional. Tras varios exámenes, momentos de fe y un doppler vascular transcraneal, el último parte médico, a la medianoche del 29 de septiembre, sentenció: “muerte cerebral”.

1 de octubre de 2022, Barrancabermeja

La pequeña ciudad petrolera, ubicada a 115 kilómetros de Bucaramanga, estaba de luto. Uno de sus hijos había muerto. A las nueve de la mañana algunos familiares y amigos estaban reunidos esperando el cuerpo de Luis Quiñones en la funeraria Los Olivos. La noche se había teñido de tristeza y la mañana llegó con dolor. La lluvia expresaba el duelo de su partida. Quienes entraban a la funeraria se abrazaban. Algunos lloraban y otros reían, de forma nerviosa, recordándolo. Eran las once de la mañana y apenas el ataúd entraba alzado por sus familiares. La sala quedó en silencio mientras todos observaban el féretro. Se posaban en la puerta con el miedo de ver apagado al Luis alegre que conocieron. De a poco, familiares y amigos llegaban con su mirada seria, y salían con el ahogo en la garganta o con lágrimas de dolor. Se escuchaban murmullos en grupo: “ese no es él. Jamás se vestía así. Jamás estaba tan serio. Ya no tiene esa sonrisa en su cara”; “Él era el más sonriente y recochero de nosotros. Nos duele verlo así”. 

En solo minutos, la funeraria estaba llena de personas dispuestas a darle el último adiós a su luchador, al Guerrero Quiñones. Su hermana cargaba los guantes que lo acompañaron en sus inicios y sus primeras botas de box. Su ataúd se convirtió en el altar de los sueños, donde ahora todos podían verlo y reflexionar sobre sus luchas de vida y combates en el ring. El espacio estaba lleno de flores que trajeron o enviaron sus seres queridos. Su cuerpo reposaba en paz. Lucelys, la madre, se quedó sentada frente a la sala de velación en la que se encontraba su hijo. El murmullo marcaba que no existen palabras para describir la pérdida de un hijo. Como testigo de esta escena, recordé que la escritora Piedad Bonnett usó su arte literario para enfrentar el duelo por la muerte de su hijo Daniel. En 2013, publicó el libro cuyo título bien podría definir el sentimiento de la madre de Luis: Lo que no tiene nombre. En la sala de velación, ella jamás se levantó a verlo, lloró ahogada pocas veces y su rostro siempre mostró un dolor indescriptible. 

El altar de los sueños de Luis Quiñones hecho por amigos y familia. Foto: Cortesía Víctor Andrade

La Iglesia Cuadrangular quería honrar a su hijo en casa. La pastora Ruth luchó durante todo el velorio con la funeraria para trasladar el cuerpo a lo que ellos llaman: La Casa de Dios.  El 2 de octubre a las diez de la mañana, habían logrado que Luis fuera velado allá, bajo sus tradiciones. Dos hileras de personas vestidas de blanco con un distintivo rojo y banderas formaban el camino real para darle paso a Luis y a su familia hasta el altar. En las pantallas de la iglesia se podían observar las fotos de su vida con el mensaje “Siempre serás un Luchador”. Después de las canciones que le dedicaban a quien llamaban “nuestro hijo, hermano y amigo”, llegaron las palabras de quienes lo acompañaron en vida. Finalmente, la oración para despedirlo. En una caravana de motocicletas se dirigieron todos al cementerio. Allí, la voz de Mayra, su hermana, inundó el silencio con el grito: “¡te amaré siempre hermanito!”. Esto contrastó con la última palada de tierra que sepultó el cuerpo de Luis. Lo que se dijo, al final de las honras fúnebres fue que el cuerpo se iba, pero “la memoria de Luis vivirá siempre”. 

Esta promesa se cumplió casi de inmediato. A un mes de la muerte de Luis Quiñones, en Barrancabermeja ya se realizan campeonatos de boxeo para mantener su memoria. Los aspirantes a campeones del mundo, nacidos en la tierra del Cristo Petrolero, saben que en sus uppers, jabs y directos está el legado de Luis Quiñones. Por eso, cada día se entrenan en gimnasios húmedos y polvorientos para ganar, por puntos o por nocaut, en los combates de la vida.  

Universidad Autónoma de Bucaramanga