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El vulnerable rostro de la migración venezolana

Cada día son más los niños que dejan su país, que se someten a cambios que afectan su integridad física y mental. En el mundo según Unicef hay 33 millones de menores migrando. 156.575 están en Colombia y son venezolanos.

Danmelis Seco Álvarez, junto a sus hijos Noemi y David, reflejan la realidad de miles de hogares venezolanos que lo dejaron todo por buscar un lugar más seguro y con empleo. Sin embargo, Seco solo ha conseguido trabajar en un semáforo. Sus hijos, para su fortuna, iniciaron el segundo año escolar en Bucaramanga y se han adaptado al cambio cultural. /FOTO JUAN CAMILO RODRÍGUEZ

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef, 28 millones de menores de todo el mundo han sido víctimas de desplazamientos forzosos a causa de la violencia y la guerra. Afirman que “muchos más huyen de la pobreza extrema y la falta de servicios básicos, como salud o educación”.

Venezuela es un ejemplo cercano para conocer esta realidad. La Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) anunciaron en noviembre de 2018 que existen 3 millones de venezolanos migrando por distintos países, y a Colombia han llegado 1.032.016 millones tras la crisis sociopolítica que allí se vive.

Muchos conforman familias que se ven expuestas a la mendicidad, y por esta razón, los menores se inician en esta problemática.

La psicóloga de la Secretaría de Desarrollo Económico y Social, en la Alcaldía de Floridablanca, Diana Jaramillo, destaca que la migración es un proceso de restablecimiento arduo, que afecta a los menores en su capacidad de relacionarse, haciéndolos vulnerable al maltrato.

En el último reporte entregado por Migración Colombia, a finales del año 2018, en Santander existían 49.780 inmigrantes del vecino país, lo que se aproxima al número de pobladores del municipio de San Gil. Día a día enfrentan el desafío de buscar cómo sobrevivir.

Países como Siria, Honduras y Venezuela referentes de migración en el mundo. La guerra actual en la República Árabe Siria ha disparado las cifras a aproximadamente 5,5 millones de desplazados. Unicef resalta que la problemática no solo está en quienes se van, sino también en aquellos que se quedan sin sus padres, pues como cabeza de familia necesitan ir a buscar un lugar más seguro. Es así como 8,4 millones de niños sirios son damnificados por el conflicto.

La ONU expresó que en Honduras han migrado 722.430 ciudadanos, un 7,79% de su población. En el año 2018 se dio una caravana masiva, que huía de la violencia y la pobreza del país. Se estimó que unos 2.300 niños viajaron desde Centroamérica con el objetivo de llegar a Estados Unidos, expuestos al hambre y los cambios de clima, y sus padres no dimensionan cómo este proceso afecta al niño.

El Departamento de Salud en Estados Unidos dijo que tenían a 2.737 niños a su cargo en esta situación, pero el diario The New York Times confirmó que había alrededor de 13 mil recluidos en centros de detención por todo el país. Los inmigrantes calificaron esta situación como inhumana, exponiendo a la niñez a traumas que probablemente marcarán el rumbo de sus vidas.

La trocha

Damelis Seco cuenta que prefiere llevar a sus hijos al lugar donde vende las bebidas después del colegio, pues así los puede cuidar y ellos se sienten más seguros. /FOTO JUAN CAMILO RODRÍGUEZ   

Viviana Tovar Guzmán, de 22 años, viene desde el estado de Carabobo, a 843,5 kilómetros de Cúcuta, con sus tres hijos de seis, cinco y dos años. En medio de la necesidad tomó una medida desesperada. Caminar desde la frontera, por la trocha.

Este camino consiste en tres de los ríos que delimitan la frontera binacional en la región de Norte de Santander, Táchira, Zulia y Guaramito. Uno de los pasos ilegales más cercanos al puente internacional Simón Bolívar, está a menos de un kilómetro. Agua, maleza y un clima difícil de predecir, son tan solo unas de las inclemencias por las que debe pasar una familia al enfrentar esta travesía.

Tovar Guzmán lo sabía, pero su desesperación por alimentar a sus hijos era más grande que el deseo de estar cómodos en Venezuela. Tres niños que aun antes de aprender a leer, están siendo sometidos a un proceso de adaptación en un nuevo país.

Separación forzada


Yolibeth Castillo es madre de Astruangely, Rebeca y Antonella Castillo. Juntas emprendieron un viaje desde Venezuela, escapando del hambre y con la expectativa de poder tener un futuro mejor. Sin embargo, hasta ahora solo se sostienen con la venta de dulces en las calles. / FOTO PAOLA JULIANA ENCINALES NIÑO

Dorka Montiel Silva lleva ocho meses en Colombia. Enfermera de profesión, vendedora de dulces por decisión. Una decisión que no toma con gusto, pues según ella es difícil, tener más de diez años de carrera y no poder ejercer por “física hambre”. Ella dejó dos hijos en Valencia en el estado de Carabobo. Y con solo su hija menor, 35 kilos de peso, 1,60 metros de estatura, y un estado de desnutrición severo, emprendió el viaje.

Con el pasar de los días Montiel Silva recuperó el peso perdido, y ha logrado enviar ayudas a su familia. Lo que ella más desea es que sus hijos puedan tener un futuro estable, pero por ahora lo único que quiere, es tener que darles de comer y poder entregarles la medicina que lleguen a necesitar. Algo que era imposible en su país, una situación que ella describe como inconcebible.

Mirada experta

Noemi y David Seco estudian en la mañana y juegan por las tardes en el andén que su mamá transita durante la venta de bebidas calientes. /FOTO JUAN CAMILO RODRÍGUEZ

Según la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, y Unicef, las causas principales que motivaron la migración internacional, es mejorar sus condiciones económicas, conseguir un empleo, la reunificación familiar y huir de la violencia y la miseria. Mairene Tobón, investigadora especialista en migración, afirma que “ninguna madre va a someter a sus hijos, a un camino tan extenuante, como lo puede ser venir de Venezuela a Bucaramanga a pie. Ellas simplemente quieren huir del hambre”.

En un estudio hecho por Unicef, menciona que “la migración de un miembro del hogar crea angustia, tensión y estrés”. Y en pocos hogares se toman las medidas, para evitar comportamientos de riesgo. Debido a esto aumenta “la vulnerabilidad ante la violencia, el abuso y la explotación en los niños”.

También agregó que al olvidar la importancia de tratar a tiempo la migración en menores, esto ha causado un proceso de ruptura o separación intrafamiliar. Lo que significa que se pierde en gran medida la estabilidad que se tenía en su lugar de origen, permitiendo que el niño crezca con un déficit de afecto. La psicóloga Jaramillo afirma que los niños no procesan de la misma manera los cambios, poniéndolos en una situación de incomodidad y falta de aceptación. El menor se encuentra con un contexto de discriminación y marginación que llevan a la xenofobia. Tal como lo dijo Jaramillo, quien resaltó que en Bucaramanga al ser reintegrados en sus derechos fundamentales tienden a pasar momentos incómodos, que son reforzados por la sociedad. Pero también afirma que “de a poco la brecha que hay entre ellos se ha ido cerrando”.

“Los hechos migratorios, especialmente en circunstancias irregulares, aumentan considerablemente la vulnerabilidad de niños y adolescentes a ser víctimas de diversas formas de explotación”, dice Unicef. Resaltando que por esto pueden tener consecuencias graves para la vida y la salud de los menores. Jaramillo manifiesta que la migración es un arma de doble filo para la niñez. Pues véase por donde se vea el rostro más vulnerable va ser el del menor. Por esta razón se requiere de todo el apoyo posible para enfrentar este problema.

Acciones de la autoridad local

Jesús Caballero, Isaac Bravo y Yolibeth Castillo viven en el Parque de los Niños desde que llegaron de Venezuela. A través de la mendicidad recogen el dinero para comer. /FOTO PAOLA JULIANA ENCINALES NIÑO

Ante esta situación Bucaramanga está tomando algunas medidas para brindarle los derechos que merecen a la niñez venezolana, que ha migrado a la ciudad. No es cuestión de culpas, pues sus padres están acá por ellos. Pero en medio de este proceso nacen vacíos que son necesarios llenar, y por esto las autoridades comenzaron a actuar.

La Personería de la ciudad identificó menores acompañados de sus padres, en los semáforos, que terminan ejerciendo la mendicidad. Convirtiendo esto en una prioridad antes que el estudio y el libre desarrollo. Por esta razón la Policía Metropolitana de Bucaramanga, realizó siete operativos. 35 niños venezolanos, en las edades de cero a diecisiete años, se encontraron en situación de vulneración, y fueron entregados para el restablecimiento de derechos con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Icbf. El personero Omar Alfonso Ochoa, dice que “el número de los niños que se han ayudado en el restablecimiento de sus derechos, es muy inferior al número real”, pues en las calles es evidente la necesidad y los peligros a los que se exponen.

El Icbf comenzó en 2018 un trabajo con la población migrante proveniente de Venezuela. Desde enero hasta junio fueron atendidos 41.411 menores de edad en Colombia. La entidad resalta que los derechos de los niños se deben garantizar sin importar la nacionalidad.

Por Paola Juliana Encinales N.

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Universidad Autónoma de Bucaramanga