Ellas sufrieron acoso, abuso y violación

Algunas de las estudiantes de periodismo que participaron en este especial de mujeres #HistéricasHistóricas, han decidido compartir de manera anónima algunas de las violencias sufridas. Estos breves relatos, incómodos y dolorosos, reafirman la necesidad de un periodismo con enfoque de género. 

Por: Redacción Periódico 15


Pasó en un bus

Quería reunirme con una amiga que hace mucho no veía. Decidí tomar un bus. Era hora pico. Me subí en medio de esa bola de personas. Iba de pie. Siento algo en mi espalda. En el vidrio de la ventana pude apreciar una figura masculina atrás mío. Se veía viejo. Siento algo en mi trasero. Bajo mi mirada. El señor se restregaba contra mí. Quise moverme, decir algo, putear, pero me quedé callada. Llegué a mi destino. El señor se bajó justo después de mí.

Tenía miedo de que me persiguiera. Caminé mucho más rápido. Sigo creyendo que fue mi culpa por quedarme callada.

Tenía 15

Él vivía en mi conjunto, sabía que practicaba karate y era conocido entre mis amigas del colegio. Nunca había tenido contacto con él. Él me vio entrando y me dijo que si lo podía acompañar a su apartamento, no vi nada malo. Al entrar me abusó. Era virgen.

Me pegó, no podía moverme, tocaba todo mi cuerpo. Lo que me decía, evito recordarlo. Al final, con la mirada desconsolada, pude decirle que no había estado nunca con nadie. 

Las heridas emocionales dejaron huella. Llegué corriendo a mi apartamento, me bañé, lloraba sintiéndome asquerosa. Me dolía el cuerpo. No lo denuncié aunque era menor de edad. “Era guapo”, y además de una familia reconocida. A las pocas semanas nos mudamos a Bogotá. El silencio me torturaba. 

Tuve que ir a terapia, desarrollé una inseguridad absurda y los hombres me producían pavor, así como disfrutar de mi sexualidad.

Mi rabia no es solo mía 

A cuestas cargo el dolor de mi madre-niña, que era abusada por un supuesto cuidador y que lo ha callado toda su vida, siendo yo la única persona a la que se ha atrevido a contarle. El de mi mejor amiga que fue violada cuando chica y en distintas ocasiones por diferentes personas. Y el mío propio, que tal vez a los ojos de muchos “no sea tan significativo”, pero que deja marca, en medio del recuerdo de lo “afortunada” que soy y lo difícil que es ser mujer. 

Tenía tal vez 8 años. Iba a la tienda que quedaba a dos cuadras de mi casa. Cuando volvía, vi un hombre a lo lejos. Al pasar tenía su pene al aire. No entendí lo que había pasado, solo muchos años después. 

Voy a la universidad. Camino a la parada del bus. ¿Qué podría pasar en 5 cuadras a las 6 de la mañana? Un hombre va detrás mío. Apresuro el paso. Llega a mi lado y continúa. Descanso. Empiezo a relajarme y presto atención a la música de mis audífonos. Llego a la última cuadra, cuando lo veo. El tipo escondido entre la calle se masturba y me llama. Entro en pánico. Corro lo más rápido que puedo, temblando y llorando, con miedo que me persiguiera, me jalara, me abusara. 

Entre primos

Cuando niña iba en ocasiones a quedarme en casa de mi abuelita. Algunas veces mis primos también estaban. Uno de ellos, en mi inocencia, me invitaba a jugar con él, me metía en su cama y me tocaba encima de la ropa. Sentía su pene rozándome y no decía nada. Al final era un juego. Cuando crecí entendí. Eso se repitió. No volví a verlo sino años después, ya era grande.

“Culpa de los tragos”

Tenía 10 años. Vivía con mi hermano universitario y la persona que nos ayudaba con los oficios domésticos. Era habitual que mi hermano saliera los fines de semana y que en ocasiones viniese acompañado con uno que otro amigo que ya conocía. Hubo un temblor por esas fechas y quedé atrapada dentro de la habitación por siempre mantener la puerta cerrada. Se me prohibió volverlo hacer. 

Una madrugada mientras dormía oí que alguien había llegado, supuse que era solo mi hermano y seguí durmiendo. Alguien entra y se recuesta detrás de mí, seguí pensando que era mi hermano. Luego sentí como una mano no paraba de tocarme la entrepierna y no la pude quitar. No era mi hermano, era otro hombre. Duró un buen rato haciéndolo o por lo menos yo lo sentí así. Pude salir huyendo de ahí, pero todos dormían. Mi hermano estaba muy borracho y no escuchó mis gritos. Gracias a que el otro tipo también estaba muy borracho, me pude zafar de él. 

El taxista

No me gusta montar en taxi. Aquí el por qué: cuando tenía 15 años iba caminando a la casa de mi abuela y un taxista empezó a seguirme. Al principio pensé que simplemente iba

para el mismo lugar, pero cuando empezó a decirme desde el carro, con sumo

detalle, todas las cosas que según él me quería hacer, me di cuenta de que no era así.

Lloré una semana completa.

Ningún espacio es seguro

Vivía en un pueblo de Norte de Santander y empezaba a cursar la secundaria, mis padres por cuestiones laborales no vivían en casa y solo los veía los fines de semana.

Creo que no les tenía la confianza suficiente para decirles lo que pasaba. Recuerdo que cuando el abusador se acercaba solo quería desaparecer, me sentía vulnerable e indefensa, quería gritar lo que sucedía, no quería volver al colegio. Mi profesor de matemáticas, se acercaba a rozar mis senos y en ocasiones mis partes íntimas en medio de la clase. Era testigo de que no solo lo hacía conmigo, sino también con mis compañeras. Todas nos moríamos de miedo y de vergüenza por lo que ocurría. No sabíamos qué hacer y en quién confiar porque ¿quién nos creería?

Viajar en transporte público

Vas saliendo de la universidad, bajas a la parada de bus, esperas, te montas al Metrolínea, va lleno. En esa lata de sardinas, logras acomodarte. Vas de pie, sosteniéndote de la varilla que está al frente. En un momento del trayecto sientes como quien está al lado te empieza a tocar la vagina, piensas ¿si está pasando? Con cada frenada de bus sientes esa mano que te llena de miedo. Volteas a mirarlo, tiene la vista en el suelo, no es capaz de verte a los ojos. No te puedes mover, estas asfixiada entre los demás cuerpos. El bus frena bruscamente y sientes como descaradamente pone toda su mano ahí donde no debería estar. No sabes qué parada era pero empujas a todos y te bajas, solo ahí te mira mientras el bus se aleja junto con él.

Todas las mujeres conocemos al menos a una amiga, familiar, conocida que ha sido violentada. Muy pocos hombres conocen a un amigo, familiar o conocido que es abusador. ¡Rompan el pacto!

Universidad Autónoma de Bucaramanga