Por Lyzeth Juliana Fonseca Arciniegas – lfonseca448@unab.edu.co y Zoe Valeria Díaz Fuentes – zdiaz67@unab.edu.co

Quien va subiendo por la calle 49 con carrera 35, rumbo al Centro Comercial Cabecera Cuarta Etapa, Bucaramanga, sabe que al llegar al corredor donde se ubica el Éxito encontrará un punto donde comerciantes informales extienden sus manteles para ofrecer sus productos.

Es aquí donde se encuentra Raimundo Mauro Espinosa Kelway, un peruano que, gracias a su don para tejer y transformar con las manos hilos en creaciones, logró escapar de su país en una época en la que las ciudades entre Cusco y Ayacucho –donde él residía– vieron crecer la violencia a manos del partido comunista revolucionario “Sendero Luminoso”. Así se vio obligado a comenzar un recorrido por el continente americano, pasando por Argentina, Bolivia y Brasil, hasta su llegada a Bucaramanga, Colombia, en 1985. Desde entonces ha experimentado los cambios de una ciudad que actualmente “se va rapidito a la casa” y consume menos sus fabricaciones y las de sus compañeros. 

Raimundo Mauro Espinosa, un peruano de 68 años, lleva más de cuatro décadas viviendo en Bucaramanga, donde sostiene su vida gracias a la venta de sus creaciones. / Foto: Lyzeth Juliana Fonseca Arciniegas.

Cuando llegó a lo que se conocía popularmente como “la calle de los hippies” las autoridades representaban más una amenaza que un apoyo. A su lado, Marta Patricia Borges también recuerda a los ochenta como los tiempos de las batidas, las multas y las peleas por el espacio público con la policía y “los señores Ley”, en referencia a la cadena de supermercados “Almacenes Ley” que cerró en 2012 al ser absorbida por “Almacenes Éxito”.

Este aire de inseguridad y las voces de la ciudadanía en contra de las agresiones presenciadas llevaron a 40 afectados, incluidos Mauro y Marta, a juntarse para formar la “Asociación de Artesanos de Santander Tumbaga”, en 1990, que permitió el reconocimiento de su derecho a tener el puesto y poder vender “con la tranquilidad de que pueden trabajar (…), que pueden tener seguro que van a llevar algo para la casa, para sus familias”, dice Marta con serenidad, mientras termina de organizar los collares de perlas y cuarzos de tonos tierra que venderá hasta las seis y media de la tarde. 

“La calle de los hippies”, el lugar donde estos personajes se ubican para emprender día a día / Foto: Zoe Valeria Diaz Fuentes.

Esta asociación no es la única, si el transeúnte sigue subiendo se cruzará con Sonia Pabón, originaria de Ciénaga, Magdalena, que pertenece a la comunidad “Poblado Guane” desde hace dos décadas, esta le ha brindado una estabilidad laboral y la oportunidad de intercambiar conocimientos y técnicas con sus compañeros.

Estas uniones pavimentaron el camino para el 50,8 % de los artífices actuales, para quienes este oficio es la principal fuente de ingreso, de acuerdo con el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

Sin embargo, con la llegada de César Gaviria al gobierno se promulgó la Ley 7 de 1991, que permitió que se diera la apertura económica, con la que, en palabras de Mauro Espinosa: “Se dañó la industria a nivel nacional”. La globalización no solo tuvo impactos económicos duros para esta población, que se vio desplazada por la manufactura barata y de imitación traída de China, sino también a nivel cultural.

Para el peruano, este oficio “es una transmisión que se hace de persona a persona, como un patrimonio” que, por la irrupción de los mercados internacionales ha antepuesto la necesidad de vender sobre el peso artístico, olvidando la tradición que rodea a las técnicas del macramé y de tejidos de origen peruano, mexicano, colombiano o chino. Para el siglo XXI, “todo está globalizado” y ello se observa en la proliferación de los productos sacados de surtidoras que, en comparación, son más rentables que aquellos a los que el comerciante dedica su mañana a confeccionar.

“Si tú ves la mitad de esa mesa, todo esto está hecho en cuero. Yo esto lo elaboro”, afirma Raimundo, enfatizando en su trabajo hecho a mano / Foto: Lyzeth Juliana Fonseca Arciniegas.

Encogiéndose de hombros, Marta agrega: “Ahora son los famosos emprendimientos, las manualidades: gente que compró un material y se pone a fabricar, pero el artesano neto es el que toma la naturaleza y la evoluciona para poder transformarla en una pieza; esos son ‘maestros’ pero, hoy son contados los que han adquirido ese título, hay muchos en Santander que lo merecen, abuelitos que trabajan con madera, semillas o cuero que nunca fueron tomados en cuenta”.

A los tres los envuelve un halo de inconformidad cuando se refieren a la efectividad de los cursos o las capacitaciones que han podido recibir. Esto no se queda únicamente en su percepción, pues en el “Plan Nacional de Cultura 2024-2038” aparecen dificultades entre las que figura la poca relevancia de este sector en las agendas y presupuestos públicos. Este sentimiento de que la plata se queda en unos cuantos eventos ocasionales responde a lo que el documento describe como una “inversión inadecuada” y “una ejecución poco divulgada” para el escrutinio público. Señala, además, que —en contraste con otros países de Iberoamérica— el gasto del gobierno colombiano en este rubro se mantiene 0,23 % por debajo del promedio regional.

En este panorama tan incierto como el cambiante clima de la capital santandereana de estas épocas, Marta, Mauro y Sonia continúan atendiendo clientes atraídos por la vibra alterna y naturista de los cueros hechos manillas y los hilos trenzados en collares que exponen sobre sus blancos manteles tras un delicado proceso de orden que toma los quince minutos de la conversación recién sostenida.

De esta forma se teje el panorama del artesano actual, bajo una nube de zozobra en la que cuestiones como el reconocimiento artístico y el papel activo de la ciudadanía en el conocimiento, la memoria y la conservación de la tradición siguen en proceso de realización.