Por Ana Sofía Ducón Camargo / aducon@unab.edu.co
El tiempo avanza en todas direcciones, pero en el pequeño taller de don Efraín parece detenerse. Es un local estrecho, encajado entre una tienda de repuestos y una panadería cuyo aroma a pan recién horneado se cuela por la puerta entreabierta. Detrás del mostrador de vidrio, donde se apilan relojes antiguos con agujas detenidas, él trabaja en silencio, como si cada engranaje que tocara le susurrara secretos del pasado.
A sus 78 años, sus manos, curtidas y precisas, han dado vida a miles de relojes durante más de cinco décadas. Pero ahora, dice con un suspiro, “los tiempos han cambiado”. La gente ya no repara relojes; los descarta, los reemplaza por una pantalla que brilla en la muñeca. “Antes, un reloj era un tesoro. Ahora, es solo un accesorio más.”

El arte de escuchar el tiempo
Sobre su mesa de trabajo hay herramientas que parecen instrumentos quirúrgicos: pinzas diminutas, destornilladores tan delgados como agujas, un frasco con aceites especiales. Toma un reloj de bolsillo, herencia de un cliente que se aferra a la memoria de su abuelo. Con una lupa sujeta al ojo, desmonta la tapa trasera y expone el corazón del mecanismo: una sinfonía de piezas minúsculas que, a simple vista, parecen insignificantes.
«Cada reloj tiene su carácter», explica mientras ajusta una rueda dentada. “Algunos son temperamentales, hay que tratarlos con paciencia. Otros son dóciles y responden al primer ajuste. Pero todos, sin excepción, cuentan una historia.”
El cliente que trajo el reloj de bolsillo observa en silencio. Es un hombre de unos 40 años, con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos. “Era de mi abuelo”, dice de pronto. “Siempre lo llevaba con él, y cuando murió, mi madre lo guardó en un cajón. Quiero que vuelva a funcionar.”
Don Efraín asiente. No necesita más explicaciones. Sabe que algunas cosas no se reparan solo por necesidad, sino por amor.
Un oficio que se apaga
Hace treinta años, había más de diez relojeros en el centro de la ciudad. Hoy, don Efraín puede contarlos con los dedos de una mano. “Los muchachos ya no quieren aprender este oficio”, dice con algo de tristeza. “Prefieren otras cosas, algo que les dé más dinero y menos trabajo.”
Su aprendizaje más reciente duró solo dos meses. “Me dijo que era bonito, pero que requería demasiada paciencia.” Y es cierto. No cualquiera puede pasar horas con la vista fija en piezas más pequeñas que una moneda de diez centavos, moviendo las manos con la precisión de un cirujano.
Afuera, la ciudad sigue su ritmo acelerado. La gente mira la hora en sus teléfonos sin notar el tic-tac de los relojes que aún resisten en los bolsillos de algunos nostálgicos.
Termina su trabajo. Ajusta la tapa trasera y le da cuerda al reloj. Un sonido suave, casi imperceptible, llena la habitación. Luego, el tic-tac vuelve a la vida. El cliente sonríe por primera vez. “Gracias”, dice, sosteniendo el reloj con cuidado.
Don Efraín asiente y mira su propio reloj de pulsera, un Omega antiguo que heredó de su padre. “No hay de qué, joven. Solo cuídalo bien. Algunos relojes duran toda la vida, si uno los trata con respeto.”
El hombre sale del taller, y el viejo relojero se queda un momento en silencio. Afuera, el mundo sigue avanzando. Pero aquí, en su pequeño refugio de engranajes y manecillas, el tiempo aún sabe esperar.





