Por Sara Sophia Pérez Muñoz / sperez882@unab.edu.co, Yiseth Xiomara Santos Delgado / ysantos657@unab.edu.co
En el reloj se marcan las 8:30 de la mañana y las luces se empiezan a encender en el estudio. Entre bases, polvos y rubores que esperan ser usados, comienza un día que no conoce el descanso. Afuera, la ciudad cobra vida; en el salón, el talento apenas inicia.
Daniela Flórez, de 23 años, vestida con un conjunto color rosado, halló su vocación por accidente. “Estaba indecisa sobre qué carrera estudiar”, comenta. “Hace 6 años, tomé un curso de belleza mientras decidía, y me quedó gustando muchísimo, ese mismo año trabajé en una tienda de cosméticos, le cogí muchísimo más amor a esto y así inicié en este mundo”. Desde ese momento, su vida se basa en pieles, texturas y clases. Explica a sus alumnas cómo preparar la piel antes de aplicar los productos. “Para mí la piel es esencial, es lo más importante y creo que por eso me destaco en mi profesión”, dice con orgullo.

Para Daniela, esta profesión es emoción y dedicación. Hay días difíciles (como cuando despidió a su mano derecha en un momento complicado), pero asimismo hay instantes que la llenan de alegría: las novias que se conmueven al verse frente al espejo o las aprendices que hallan su talento. En cada brocha, ella entrega técnica y paciencia.

En la carrera 29 #48-47, en Bucaramanga, Paula Aramburo ordena sus productos como todos los días. Tiene 42 años y lleva 10 de estos en esta carrera. No lo pensó: “Yo inicié en el área de la salud, pero por un problema con las vacunas no pude seguir ahí. Hice un técnico de estilista integral y el último módulo era sobre estética. Ahí me descubrieron, yo no me descubrí”. Los dueños de la academia la observaron con sencillez y le dijeron que fuera docente. Desde allí, no ha soltado los pinceles.

Su día es de locos, comenta entre risas: entre cursos, modelos y números, en ocasiones siente que es psicóloga y esteticista al mismo tiempo. Antes de cada turno, hace una oración: “Le pido a Dios que me dé la sabiduría para poder transmitir lo que la persona quiere”. Paula ha pasado por varias situaciones: el privilegio de enseñar a una niña sorda, la decepción de cerrar un negocio que construyó durante años y la ilusión de empezar de cero. Hoy, cuenta con satisfacción su técnica: seguridad y tendencia. Su sueño es evidente: arreglar mujeres que han pasado por el cáncer, regresar el resplandor que la enfermedad quiso llevarse.

Al mismo tiempo, dos nombres resaltan en el mundo del maquillaje de novia: El Pincel Makeup. Tras el nombre están Julián Ramírez y Fernando Luna, una pareja llena de talento. “Iniciamos hace 9 años, con la idea de crear algo juntos”, dicen. “Estudiamos desde tintes de cabello hasta uñas, pero nos enfocamos únicamente en arreglar rostros y hacer peinados”. Hoy son conocidos en Bucaramanga: arreglan novias, modelos y quinceañeras, dejando su marca personal en ellas.
El nombre El Pincel surgió de la urgencia de representarse con su herramienta principal. “El logo anterior era Luna y Ramírez. Pero había mucha confusión por parte de las clientes porque la gente pensaba que era una niña que se llamaba Luna Ramírez”, ríen. Su lema es claro: escuchar antes de obligar. “Yo no le puedo imponer a una cliente que nunca se retoca, que vaya con unas pestañas gigantes solamente porque eso está en tendencia. Es que ellas se sientan bien consigo mismas”.

Su marca es adaptabilidad: de lo extravagante hasta lo tradicional. Los estilos más pedidos son los clásicos: tonos tierras y peinados frescos, que sean elegantes y resistentes. En su estudio, Instagram no es un canal más, es su portafolio. “Es nuestra vitrina para mostrar la realidad de nuestro trabajo y el profesionalismo que tenemos”. Su sueño es llevar El Pincel Makeup a nivel nacional e internacional: “Ya somos conocidos en Santander, ahora queremos serlo en todo el país”.
Entre estos artistas, hay una persona callada pero importante: Maya Arismendi, quien con su tienda de cosméticos se ha convertido en asesora y amiga de varios artistas. Guacamaya, su tienda, nació en Venezuela hace 9 años y, tras días de discusiones, decidieron adentrarse en la ciudad. “Una tienda no solo vende productos de belleza”, habla. “Aquí cumplimos metas y escuchamos historias. Cada base o rubor que compran lleva un sueño: alguien que quiere emprender un nuevo camino”.

Cuatro maquilladores (y una detrás de la vitrina) se conectan por un mismo hilo: el amor por crear y realzar la belleza que otros pasan desapercibidos. Al terminar el día, cuando la última clienta se mira al espejo y sonríe, el cansancio ya no es tan agotador. En ese rostro queda grabada la dedicación de las manos que lo hicieron posible.

Fuentes: Maybelline.





