Por Jorge Daniel Badillo Durán (jbadillo828@unab.edu.co)
Como cada día y semana desde hace 11 años, Lucía Puyana, jefa de jardinería, hija de Antonia “Toña” Morantes de Puyana, que fue ella, la mujer que adornó cada rincón de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) con diferentes plantas como: heliconias, francesinas, hojas de platanillos, anturios, crotos, cayenos y orquídeas. Que son algunas de las tantas con las que, tal vez, “Toña” quiso ser conmemorada y que ahora, luego de dejarle la tradición a su hija, ella puede recordar a su madre con “solo pensar en la universidad”.

Dos horas antes, cerca de las siete en punto, un día gris y lluvioso parece cesar para iniciar la jornada académica, Isaías Rincón Muñoz, encargado de la jardinería, junto con Alexander Gómez y Édgar Ramírez, preparan todo lo necesario para empezar con lo que será otro día más en la oficina –el campus El Jardín–. Luego de la antesala, sobre las 8:40, toman un receso, se dirigen al cuarto de implementos que se encuentra al lado del bloque K, específicamente a dos metros del salón K-1-3, del cual disponen para desayunar.

Ahora, mientras están allí, conversan sobre las tareas más importantes. En la orden del día, lo que les corresponde hacer es la poda en forma de seto (cercado hecho de matas o arbustos, o de palos o varas entretejidos) de las plantas que se ubican al borde de la carretera desde el local de Mac Pollo -Av. 42 #39-12-, hasta la pequeña plazoleta abandonada que se aloja a escasos pasos de las escaleras que conducen hacia el bloque K -Av. 42 #40-48-.
Después, disponen de escoger los materiales que necesitan para el trabajo, entre ellos están: la podadora para cortar el césped, un arnés para anclar la podadora, gafas de protección para los tres operarios -Isaías Rincón Muñoz, Alexander Gómez y Édgar Ramírez– y la lona verde que le impide a las hojas, piedras, ramas o tierra saltar a la vía por el efecto producido por la velocidad de la máquina. Estando todo listo, a las 9:04, inician. Isaías, el más experimentado, estará a cargo de la poda, mientras que Alexander y Édgar sostendrán la lona.
Hasta ese momento, la presencia de Lucía era una simple expectativa, pues al haber llovido, el terreno liso se convierte en un punto desfavorable que le impide la tranquila movilización. Ella, que está a 5 años de llegar a la edad con la que su madre dejó de ir a la universidad, este tipo de detalles comienza a ser un punto por analizar. Pero, a las 9:10, con su sereno andar, su vestimenta elegante, su aroma imponente y, en especial, con sus ojos que transmiten toda una vida llena de emociones, apareció en medio del trabajo que los jardineros ya habían comenzado.

Allí mismo, dio una pequeña supervisión de lo que estaban llevando a cabo y se percató de que sería algo en lo que les llevaría, al menos, hasta pasadas las once de la mañana. Así que decidió dar un pequeño giro y entendió que hace mucho no transita la universidad de la manera en la que a ella más le gusta –en forma de expedición–.
El reloj marca las 9:15 y el suelo aún tiene las huellas de una gran llovizna, además de observarse levemente empantanado, lo que la detiene por un minuto para pensar en desistir la caminata por los senderos de vegetación. Pero, en ese instante, recuerda que las expediciones no son fáciles, por lo que requieren de cierta valentía, siendo lo que nuevamente la motiva para dar luz verde e iniciar.
Su recorrido fue lento, calmado y directo. Todo estaba en su lugar, tal como ella lo recordaba: con la misma imponencia, belleza y plenitud. Fue imposible pasar de largo sin quedarse a analizar sus queridos anturios, plantas que, por su forma, color y estilo, le generan una sensación de conexión completa con la naturaleza. Finalizó su ruta a las 10:36, teniendo la misma energía con la que comenzó (sin una sombra de cansancio). Inclusive, ni siquiera tomó aire para finalizar su travesía con una frase que llevaba guardada dentro de sí: “Ojalá todos los estudiantes se detuvieran a ver lo que tienen a su alrededor, pero la mayoría solo pasan de largo».





