Por Silvia Daniela Acero Cacua | sacero606@unab.edu.co

El espacio se oscureció y el ruido se convirtió en silencio. Sonido de guitarras, baterías y voces tan locales como una hormiga culona.

Euforia, aplausos. Llegó “La Matachera”, una banda originaria de Bucaramanga, que no solo hace música: aquello es un universo propio donde las ilustraciones y la narrativa dejan sin aliento. Saltos, gritos y baile.

Inevitable no quedar deslumbrado con la puesta en escena de estos artistas; las pantallas gigantes muestran bocetos hechos a mano por Manuel García, “Mañe”, fundador de la banda y diseñador gráfico, quien asegura que esa es la esencia de la agrupación: “La Matachera tiene la esencia de lo inacabado, de lo que está en construcción. Es como un garabato que se convierte en canción”.

Un nombre por herencia

El nombre no surgió en un laboratorio creativo ni en una mesa de branding, sino en la casa de los abuelos de Manuel García. “Cuando veía caricaturas, mi abuelo pasaba y decía: apaguen esa matachera”. Eso que en su niñez significaba dibujos mal hechos, inacabados o con errores, sería la pieza clave para su carrera artística; años más tarde, cuando decidió formar la banda, se convirtió en la base de todo, un concepto que reivindica el error, lo imperfecto y lo espontáneo como parte de cualquier proceso.

Esta filosofía les mostró el verdadero sentido de su primer ensayo, una mañana antes de tocar en Piedecuesta. Tenían pocas horas para ensamblar canciones que hasta el momento parecían bocetos sonoros; aun así, “muchos errores se convirtieron en parte de las canciones”, explicó García. Y desde ahí, “La Matachera” asumió que lo imprevisto también puede ser arte.

Una mirada fresca

Mientras Mañe carga con la memoria fundacional, Diego Carrillo, guitarrista que se unió tiempo después, aporta una mirada fresca. Aunque sus inicios fueron por accidente, lo que parecía un trabajo pasajero se convirtió en permanencia. “Al comienzo era un reemplazo, me llamaron para un toque en Piedecuesta y tuve que aprenderme las canciones en cuatro días”.

Su estadía no solo le trajo nuevas experiencias, sino que mejoró al grupo: su integración fortaleció el sonido al incorporar una segunda guitarra. Para él, su banda es un cuaderno lleno de bocetos: uno escribe, otro tacha, alguien escribe algo más y así todo se convierte en una mezcla artística. A simple vista, una lluvia de ideas; en el escenario, un lugar donde cobran vida y deleitan multitudes.

Entre música y trazos

La particularidad del grupo es el diálogo entre música e ilustración. En su mayoría, se trata de actividades o problemáticas de la cotidianidad. “Siempre hemos usado lo que sucede en el diario vivir, como el levantarse, trabajar, los paisajes que nos rodean o las condiciones en que vivimos”, comentó García.

A pesar de que las canciones surgen primero y de allí derivan las ilustraciones, no lo consideran procesos separados, sino algo que se alimenta mutuamente.

Este cruce derivó en su libro-álbum “Solo nos queda tratarnos bien”, con páginas que reúnen letras e ilustraciones trabajadas con técnicas tradicionales como tinta china, carboncillo y grafito, primero a mano y luego transformadas en digital. “El proyecto fue apoyado por una beca del Instituto Municipal de Cultura y Turismo”, informó García.

Y así fue presentado, como una propuesta híbrida única: un libro que se escucha y un concierto que se lee.

La “bonita” como musa

La característica más notable de la banda es la cotidianidad bumanguesa como fuente de inspiración. “El desayuno que prepara una mamá, el estrés laboral, la rutina de tomar el bus para ir a trabajar… todo eso se convierte en canción”, asegura Carrillo. De igual forma, para Mañe el espíritu santandereano marca las letras, los ritmos y hasta el humor con el que enfrentan la vida a través de sus composiciones.

La risa, un salvavidas

Entre ensayos, los integrantes de esta banda han aprendido que no todos los días se puede estar al 100%, y que la perfección técnica ni la disciplina lo son todo. El humor es un ingrediente central. “Cuando alguien llega cansado, el humor cambia la vibra y hace que la música fluya”, manifestó Diego. En ese sentido, para Manuel también lo es: “Nos permite ver que muchos sistemas de vida son ridículos. Reírnos de eso nos ayuda a sobrellevarlo y a imaginar otros escenarios posibles”, reforzó Mañe.

 Una noche sin igual

“La Matachera” siempre recordará la Feria del Libro de Bucaramanga 2025 como un hito; el público se entregó a la fiesta. Muchos coreaban sus canciones como si fueran himnos generacionales, desde niños hasta adultos. Y aunque para algunos fuera la primera vez que los escuchaban, era inevitable no dejarse llevar por la vibra que allí se transmitía; en el Gran Salón se respiraba arte.

“Yo desde la tarima escuchaba a la gente corear y pensaba: qué bacano, estas son nuestras canciones y ya hay quienes las sienten como suyas”, recuerda Diego. Mañe coincide: “Fue de los shows más numerosos y emotivos. La gente no solo cantaba, también nos pedía firmar el libro-álbum. Sentimos una conexión muy cercana y única”.

A pesar de que aquella noche faltó Cristian Martínez, guitarrista fundador, la banda logró sostener la energía y, por supuesto, Diego Carrillo asumió con éxito el reto de cubrir a su colega.

Una ovación que perdura

Cuando el último acorde se desvaneció, la ovación se extendió por varios minutos. La gente pedía otra canción, algunos miraban con curiosidad el libro-álbum y todos ansiaban poder tomarse una foto con los músicos.

Esa noche no dejó solo un concierto, sino la certeza de que “La Matachera” se ha convertido en un espejo donde la ciudad bonita se reconoce.