Hagan silencio que las mujeres hablan  

Uno de los “requisitos” para ser admitida al conversatorio “Las 45 mujeres más transformadoras menores de 45” era describir, en pocas palabras, una experiencia de liderazgo propia. Nos preguntamos si teníamos una anécdota “digna”. De inmediato estuvimos de acuerdo: ninguna. Luego de algunos días, decidimos reseñar algo breve, pero auténtico.

Por: Alejandra Gámez mgamez@unab.edu.co y María José Parra / mparra191@unab.edu.co

La espera fue poca.

Horas después, cada una recibió respuesta a su correo: “has sido seleccionada para asistir a este evento”. Nuestra descripción fue “válida”, aunque para nosotras seguía siendo mera coincidencia, no nos creíamos el cuento, pero ya estábamos adentro.

Martes 20 de septiembre de 2023. Cuatro de la tarde. Una transmisión en vivo. Seis mujeres reunidas en la tarima del auditorio ML de UniAndes. Dos estudiantes conectadas desde la oficina de Periódico15. Las pantallas anularon los 398 kilómetros de distancia entre Bucaramanga y Bogotá. Hasta el momento, ellas y nosotras solo estábamos relacionadas por lo que bautizamos como una “estupidez”: mujeres menores de 45 años. Esto cambiará radicalmente.

La fórmula del panel era variada. De derecha a izquierda punteaba la CEO Salua García y cerraba con la Presidenta del Consejo Local de Mujeres, Yudy Paola Villalba. En el centro y con las piernas cruzadas hacia el mismo lado estaba Velia Vidal, escritora y Mayerly López, Miembro del Comité de defensa del agua y del Páramo de Santurbán. Después de una introducción breve, pero dura, la charla se direccionó hacia el lastre de ser mujer en el mundo… y en el liderazgo colombiano. Ahí la vaina se puso buena. 

¿Líder = onvre?

Quién mejor para hablar de machitos en el poder que Yudy Villalba, lideresa campesina, “las mujeres campesinas sí que sabemos de resiliencia y adaptación”, comentó con toda la boca llena de razón. 

En 2004, Villalba se estrelló con la realidad sobre lo importante de la educación superior porque vio que las mujeres tenían que formarse e ir a la universidad para controvertir, con argumentos y los ovarios bien puestos, las decisiones institucionales que se tomaban en el territorio. Recordó la exclusión en carne propia, cuando, ante un debate, le decían: “yo le creo al ingeniero, usted no tiene el conocimiento técnico”. 

A Velia Vidal, activista, escritora y nombrada como una de las 100 mujeres más inspiradoras de 2022 por la BBC, nunca la tomaban en serio. Cuando hablaba de racismo y señalaba la crueldad de esta maldad global, la gente solía reducir su opinión señalándola de “cansona” o “problemática”.

Y Mayerly López padeció la “estigmatización diferencial”. Es decir, a un hombre poderoso no le miran si tiene argolla o no. Tampoco lo joden si sxs hijxs son malcriados o “perfectos”. Menos lo clasifican de acuerdo a cuántos estereotipos cumple o no cumple. Y, por si fuese poco, su físico, así sea muy redondo, no es el blanco principal de burla. López remarcó que esa carga de toneladas “impide que la mujer se anime a hacer liderazgos porque eso implica aguantar ese tipo de ataques y estigmatización por hacerlo”.

Yudy, vuelve a retomar la palabra y subraya que para ser la cabeza detrás de todo hay que hablar duro: hacernos sentir, ser fuertes, no ser tiernas y mucho menos vulnerables. Fue contundente al recalcar que “los hombres hablan duro y todo el mundo les pone atención, pero cuando las mujeres se expresan eso ya no tiene importancia”. Mucho hay que seguir trabajando para que se entienda, de una vez y para siempre, que la inteligencia no tiene sexo.

Por hora y media las mujeres + transformadoras retrataron la frustración de no sentirnos escuchadas, respetadas ni valoradas por nuestro trabajo. Y sí, no mentimos, nos sentimos totalmente identificades. Para ratificar esta idea, Velia remató con gran certeza: “El liderazgo en sí se asocia con lo masculino, para nosotras es como si ser líderes significara masculinizarnos”.

Es que somos mujeres y somos… esquezofrénicas

Sí, Velia tenía razón. El liderazgo, al parecer, es ejercido solo por los onvres y cuestionado en las mujeres. La mayoría de las viejas, por no decir todas, nunca nos creemos el cuento completo. Siempre hay alguien o algo que nos los impide. Para Juanita León, directora de La Silla Vacía, describirlo fue como papita pal’ loro, porque con sencillez lanzó una máxima: “siempre hay un miedo en sobresalir que los manes no tienen”.

Las mujeres asentimos. Que nosotras “brillemos”, por nuestro liderazgo y trabajo, que nos paremos duro y les cantemos la tabla a unos cuantos cuando el micrófono está en nuestras manos. Esto, Velia lo resumió con brillantez al comentar que siempre, cuando se preparaban, trabajaban y demostraban su convencimiento sobre cualquier tema, recibían un malintencionado calificativo de soberbias. 

Y, como dicen por ahí, hemos visto esta historia tantas veces, que ya conocemos como termina. Se nos educa para ser aplicaditas, delicadas, manejar bien los tacones y las bandejas, casarnos como esposas abnegadas, poner la otra mejilla y ser bien habladas. Se nos prepara para rehabilitar gamines y nuestra misión en la vida no es liderar, es parir y criar porque, según los macho-mandamientos, para eso es “lo que estamos hechas”. Pero no nos enseñan a estar seguras y convencidas de nosotras mismas: “nos asignan en algunas cosas, pero no nos nombran en todo”, concluye Velia. Por eso, nos tildan de soberbias, cuando no nos callamos y somos arriesgadas. Eso les incomoda y, en pleno siglo XXI, se les quema el cerebro cuando piensan en una mujer líder. No hay un solo aspecto de nuestras vidas donde ser mujeres no implique algo negativo.

Minutos después, la charla avanzaba, cuando Juanita, a calzón quita’o, pero con su pantalón negro bien puesto, dijo: “Yo quiero hablar de lo que yo llamo la ‘esquezofrenia’”. Nosotras escuchamos bien y usted, también, lo leyó bien. No, no es la esquizofrenia. Es la esquezofrenia. La maldita enfermedad, que nos azota todos los días, y sus síntomas son repetir dos palabras: “es que”.

“Es que eso no va a funcionar”, “es que no lo merezco”, “es que no soy lo suficientemente buena”, y así infinidades de frases que nosotras repetimos. Para nuestra sorpresa, y quizás, un poco ingenuas, las seis mujeres, lideresas en todos los ámbitos (escritora, presidenta, CEO y directora), también padecían de ese mal. Desde Juanita, cuando creyó que “a nadie le importa la política” y tenía dudas de crear La Silla Vacía, hasta Salua, cuando pensó que era “de locos” crear su empresa para empleadas domésticas, porque “a nadie les importa ellas”.

Velia, también, dijo que la imaginación es un derecho: “solo se construye, lo que imaginaste”. ¿Y si lo que imaginamos va desde la política, pasa por las empleadas domésticas, sube al Páramo de Santurbán y termina con liderar a mujeres campesinas? Pues bueno, esto también es creernos el cuento, porque cada relato es imaginación y si podemos imaginarlo, todas podemos hacerlo realidad.

Al principio, pensamos que lo único que teníamos en común era esa estupidez que anticipamos: ser mujeres menores de 45 años. Estábamos lo que le sigue a equivocadas, puesto que hicimos parte de una colectividad de mujeres que han sufrido con cada barrera que este mundo impone. Verlas narrar sus historias fue motivador, porque para nosotras ellas son grandes, referentes. Y, sin escuchar sus batallas, se ven muy distantes, pero gracias a esta charla, sabemos que tenemos mucho en común, que somos cercanas, con la diferencia de que ellas ya la lograron y por eso hoy nos inspiran. Nos queda clarísimo, el mundo, por ser viejas, no nos la pondrá fácil, pero también, por nacer mujeres como ellas, podemos cambiar la historia que nos tocó. 

Gracias, de veras, a cada una de las mujeres que habló. Oírlas fue una terapia intensiva para llenarnos de valor y creer en nosotras. Quizá, en un par de décadas estemos ahí, contando nuestra propia historia. Eso, eso sí va a suceder.    

Universidad Autónoma de Bucaramanga