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Historias de domingo en el parque ‘García Rovira’

Entre los corredores, las bancas y las zonas verdes del lugar se reúnen familias, parejas, turistas y vendedores informales, protagonistas de distintas historias. Periódico 15 recogió algunas.

Llevarse un recuerdo, comer helados y divertirse es parte del plan familiar en el parque García Rovira. / FOTO MARÍA PAULA RINCÓN

Este lugar, en especial el fin de semana, es escenario de juegos infantiles, reuniones entre amigos y familias, encuentros de parejas, y en particular de una gran oferta de comida y entretenimiento.

Alquiler de carros para niños, un carrusel, un saltarín, comidas rápidas, postres típicos, helados y bebidas, entre otros artículos, se ofertan a los visitantes, lo que además evidencia que este es uno punto apetecido por los trabajadores informales en la ‘ciudad bonita’, que, de acuerdo con el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane) representa el 55,6% de esta población; es decir, 308 mil de los 553 mil que existen en la capital santandereana.

Bajo la estatua que fue inaugurada el 20 de enero de 1907, como homenaje a José Custodio García Rovira, militar santandereano que fue presidente de la Primera República Granadina y murió fusilado en 1816, se escucha a un hombre que en compañía de una llama y con una cámara fotográfica al cuello grita: “Llévela que es instantánea”, “A solo seis mil pesos”, “pueden quedar todos”, “¿Quién se va a subir?”.

Se trata de Édgar Alfonso Díaz, un bumangués de 62 años que completa 50 años ejerciendo como fotógrafo. “Las familias buscan los parques para la recreación, entonces, ¿a dónde más coge uno?”, dice cuando explica que estos espacios son sus lugares preferidos para trabajar. “He trabajado en el ‘García Rovira’, en el de las Cigarras, en San Pío y en el de los Niños”, cuenta el residente del barrio Los Héroes; sin embargo, el ‘García Rovira’ es su preferido por la ubicación en medio de algunas de las edificaciones más antiguas e importantes del centro.

“En alguna ocasión le pregunté a un amigo de mi padre que cómo había hecho la platica y me dijo: ‘lo primero que debe hacer es buscar una ciudad, una capital, porque en un pueblito no se puede hacer mucho dinero’, busque hacer algo que se necesite o venda algo que genere mucha demanda’”, recuerda Aldemar Duarte. / FOTO MARÍA PAULA RINCÓN

El parque ‘Custodio García Rovira’ o la plaza García Rovira, como se le conocía antes de inaugurarse en 1897, está ubicado entre las calles 35 y 37, y las carreras 10 y 11. A su alrededor, por el costado norte, se encuentra la Alcaldía de Bucaramanga o Palacio municipal, una edificación inaugurada en 1979 y que es recordada por lo sucedido el 1 de junio del 2002, cuando un incendio dejó pérdidas materiales estimadas en 15 mil millones de pesos. Por el costado sur se ubica la Gobernación de Santander (1941), por el sudeste la Parroquia San Laureano (desde 1872), al noreste con el palacio de justicia (1950), y al noroeste con la capilla Nuestra Señora de los Dolores (1793).

Por los corredores

Entre las 4 y las 6 de la tarde llega al sitio un hombre de 1,59 metros de altura aproximadamente, delgado, de cabello negro, piel morena y ojos café claros. Mientras camina, detrás de él y amarrado a su pantalón por una cuerda de color blanco avanza un carrito, hecho del reciclaje de una aspiradora que este hombre encontró en el barrio Santander. Lleva consigo una escoba y un recogedor, en su mano izquierda un guante de tela, grueso y de color amarillo que encontró en un taller. En la mano derecha un guante de plástico, de color verde aguamarina, que le llega hasta el codo. Es Aldemar Duarte Camargo, un sangileño de 36 años que vive en Bucaramanga hace tres años y trabaja aseando el lugar los domingos.

Al principio pretendía trabajar cuidando los carros en un sector del parque, siempre llevaba consigo su escoba y aseaba su lugar de trabajo. Un día un vendedor de raspados, del que no recuerda su nombre y cuenta que murió hace dos meses, se acercó y le dijo: “Si usted nos colabora con el aseo el domingo, para que amanezca el lunes limpio, nosotros le tiramos la liguita”. Así inició en este trabajo, limpiando los corredores, las bancas, las zonas verdes, los escalones de la estatua del patriota José Custodio García Rovira y los alrededores. “Empezamos así, pero en vista de que algunos de los vendedores ya no colaboran y es poco lo que se recogía entonces empecé a pedirles a los visitantes”, cuenta mientras desocupa su carrito de residuos en un bote de basura. “Hay domingos en los que puedo reunir 20 o 25 mil pesos, entre lo que me den de comida y efectivo”, expresa el santandereano y cuenta que, en algunas ocasiones, los visitantes y los mismos vendedores le brindan comida como remuneración por su trabajo.

Siempre que camina por las calles de la ‘ciudad bonita’ está pendiente de cualquier cosa que pueda encontrar y le sirva para su trabajo. Pero el aseo no es el único oficio que tiene Aldemar, a sus 12 años conoció la guitarra y el canto, además cuenta que gracias a los libros aprendió a dominar el instrumento. Hoy día trabaja en los restaurantes del centro de Bucaramanga o en donde le den la oportunidad de presentar su repertorio de 30 canciones, entre las que destaca “Un beso y una flor”, del español Nino Bravo; “La quiero a morir”, del cantautor y guitarrista francés Francis Cabrel, o canciones del italiano Nicola Di Bari. “Cuando no estoy con la guitarra estoy barriendo porque me gusta el oficio”, dice el hombre que se ha dado a conocer en el García Rovira por su escoba, un elemento que al igual que su guitarra, le representan un valor social y le evocan a su pueblo, “me hace recordar la humildad”, dice.

Alrededores del monumento central del parque García Rovira. El primer parque de Bucaramanga que se conocía como plaza García Rovira. / FOTO MARÍA PAULA RINCÓN

Los personajes

Por el costado noroeste del parque, en la banca que da con vista a la Capilla de los Dolores se ubican, algunas veces, dos personajes. Por un lado se trata de Álvaro Granados, de 60 años, que ha pasado toda su vida en una casa amarilla diagonal al sitio por la carrera 10. Por otro lado está Juan Pablo Ortiz, de 50, y dedicado a los oficios de calzado, conoce el lugar desde que era un niño pues creció en el sector, específicamente, por la calle 31.

“Venir aquí es mi hábito”, dice Ortiz mientras abre los brazos y observa las palmeras que le rodean, “cuando no vengo no soy capaz de dormir y la gente ya sabe que me pueden encontrar aquí”, mientras que Granados agrega: “Es un espacio sabroso y fresco”.

Cada uno tiene su rutina. Granados lo visita todos los días, casi en pijama, a las 6 de la mañana. y le da 11 vueltas caminando. Lo hace por motivos de salud, ya que fue operado a corazón abierto por tener sus arterias coronarias tapadas. Al llenarse las arterias de grasa impiden el flujo de la sangre en el corazón, por ello fue necesario realizarle un bypass coronario, que consiste en extraer un fragmento de arteria de la pierna para crear un nuevo camino por encima de la sección bloqueada, y permitir el flujo de sangre. Entre las recomendaciones que le dio su médico se incluía salir a caminar. Por ello, el parque García Rovira aparte de ser un lugar de encuentro con sus amigos, es ahora el espacio que utiliza para ejercitarse.

En cambio, para Ortiz, este lugar es el escape de su rutina, a las 6 de la tarde sale de su trabajo y se dirige al sitio. No sabe cómo explicar el porqué de su necesidad por ir, pero sí dice: “Me siento aquí ‘mamao’ a olvidar, a desestresarme y a escuchar radio”, mientras le sube el volumen al aparato que sintoniza la frecuencia 96.9 FM (UIS Estéreo).

Monumento a Custodio García Rovira, por el autor alemán Xavier Arnold. Fecha: 1899 / FOTO MARÍA PAULA RINCÓN

En su pie izquierdo tiene puesta una tobillera de color azul y bordes blancos, no puede caminar muy bien por una operación que le hicieron tras una fractura que sufrió. Recuerda entre risas que el día que salió del hospital pidió que lo llevaran al parque, no a la casa. “Me bajé del taxi y como pude brinqué en un solo pie hasta llegar a la banca, y descansé”.

Se sentó en la misma banca en la que ahora cuenta su historia, al noroeste y con vista a la capilla de Nuestra Señora de los Dolores. La misma en la que ambos amigos afirman que vieron sentado y sangrando a Manuel Alarcón, el hombre de 45 años que fue herido con un arma blanca en el cuello el 24 de enero del 2018 a las 6:30 de la tarde cuando se disponía a dar de comer a los venezolanos que se quedaban allí, un hecho que fue noticia a nivel nacional. Tras la polémica generada por este suceso, además de las quejas por parte de los habitantes del sector, la Alcaldía de Bucaramanga decidió dar un ultimátum a los migrantes para que abandonaran el sitio.

Aunque ambos tienen la costumbre de visitar el García Rovira, también concuerdan al decir que el parque presenta deficiencias. “Toda la vida he venido a este parque y era muy sano, de unos dos años para acá se volvió mierda”, dice Juan Pablo Ortiz cuando expresa que el lugar no es el mismo entre las 8 de la noche y las 12 de la medianoche.

El desaseo, venezolanos habitando el espacio y la venta de drogas y alcohol, son algunos de los problemas que, según ellos, se presentan durante la noche. Bazuco, marihuana y creepy son las drogas que dicen se comercializan en el lugar, además nombran un tipo de licor llamado “Yo me mato” que suele ser más barato. Denuncian que la “policía es inoperante” pues tratándose de un parque que queda cerca de la Alcaldía y la Gobernación, no hacen nada al respecto.

La Gobernación de Santander, la Alcaldía de Bucaramanga y la parroquia San Laureano, la capilla de Los Dolores, se ubican frente a este tradicional parque del centro de la ciudad. / FOTO ARCHIVO PERIÓDICO 15

“Aquí no llegan a defender al pueblo”, dice Ortiz. Para él “la policía pasa revista para cobrar impuestos” y beneficiarse, pues asegura que “las drogas es el negocio que más plata da”, por eso “pasan y no hacen nada”, a pesar de que el Código de Policía dice que el consumo de alcohol, sustancias psicoactivas o prohibidas en lugares no autorizados tiene una multa de $394.000.

Para Granados y Ortiz la verdadera solución es “legalizar esa joda”, y que el municipio cree lugares donde los consumidores puedan estar sin molestar al resto de la comunidad, pues sostienen que “el parque es pa’ uno descansar”.

Por María Paula Rincón Moreno

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Universidad Autónoma de Bucaramanga