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“Jericó”, cuando la propaganda simula ser arte

/TOMADA DE INTERNET

«Jericó, el infinito vuelo de los días”, es una película colombiana, que según sus promotores, es un “umbral entre la ficción y el documental”. Lo cierto es que se construye a partir de ocho personajes femeninos mayores cuyas vidas han estado vinculadas a esta población, ubicada entre las montañas antioqueñas, de donde también es oriunda la Madre Laura.

El relato va saltando de una mujer a otra, una de ellas fue víctima de discriminación racial (aunque fuera mestiza), otras perdieron hijos a causa de la violencia, otras no pudieron estudiar porque su padre no se los permitió, y gran parte de ellas hablan desde la perspectiva que les otorgan los años.

En todas estas mujeres se hace evidente una enorme influencia del catolicismo, algunas de ellas practican con esmerada devoción rituales religiosos, coleccionan santos y camándulas, y como son en su mayoría solteras o viudas, atribuyen la representación de lo masculino en sus espacios cotidianos a los figuras de los santos que las acompañan.

Las historias más interesantes no llegan a desarrollarse del todo, aunque la propuesta predica que se pretendía dar cuenta del mundo cotidiano de estas mujeres, el relato no logra ser espontáneo, la forma natural y orgánica que puede ofrecer el registro documental se rompe por la imposición de formas de ficción: personajes secundarios, como la empleada del almacén de una de las mujeres o la joven enfermera que visita a otra de las mujeres, operan como detonantes de conversaciones que no logran sentirse del todo naturales. En este sentido la película, que puede entenderse en su mayoría como un documental, devela fácilmente el dispositivo de la puesta en escena, y la aparente naturalidad de estos encuentros

cotidianos se siente falsa o impuesta. La película propone una exaltación romántica hacia los espacios y elementos que rodean a los personajes: el pueblo de Jericó, sus calles, sus casas, las salas, cocinas y habitaciones, testimonio de una arquitectura colonial con mucho color y madera, el registro de estos elementos en la película también se hace redundante por una excesiva pulcritud en el encuadre, pero también por la limpieza y el orden al interior de estas casas, en toda la película se intuye la acción deliberada por realzar lo estético del lugar y esconder lo real o lo ambiguo de la vida misma y de lo que esconden las complejas historias de algunas de estas mujeres.

Los relatos de estas ocho mujeres, simpáticas y valientes, son como piezas sueltas que forman una caparazón delgada y delicada, la película, que las entreteje a partir de la música, y las anécdotas cómicas, pero que obvia o evita, consciente o inconscientemente las capas profundas y más interesantes, en donde podría evidenciarse que estas mujeres y sus vidas representan o hacen parte de una forma de organización social, presente en Antioquia y otras regiones colombianas, mediada por una fuerte ideología religiosa en donde se defiende a ultranza una única forma de vida, la de la devoción, el trabajo y la obediencia, y en donde no se admite la diferencia. Organización en donde, paradójicamente, la mujer está supeditada a ser la compañera del hombre o una religiosa, a realizar oficios domésticos o a educar niños.

La película había generado cierta expectativa por ser uno de los pocos largometrajes documentales colombianos que llegan a salas, pero parece que de nuevo, inconsciente o conscientemente, los distribuidores se encandilaron con otra película más de propaganda turística “políticamente correcta” que no aporta mucho al cine nacional, pero si dejan por fuera o rechazan en su estrecha sabiduría otras más necesarias, pertinentes y de gran calidad narrativa y temática, entre ellas, y a propósito del documental: “La Madre” de Martha Hincapié y “El valle sin sombras” de Rubén Mendoza. No por nada, la crítica ha reaccionado con dureza frente a Jericó, incluso Mario Jursich Durán, periodista cultural, escritor y poeta, afirmo: “Jericó” es, en este y en muchos otros sentidos, la versión antioqueña de “Colombia: magia salvaje”.

Por René Alexander Palomino
rpalomino@unab.edu.co
*Docente del Programa de Artes Audiovisuales de la UNAB.

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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