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La ‘Esperanza’ de los niños sin hogar

Esperanza Lagos es una madre comunitaria de Floridablanca que asumió la responsabilidad de acoger en su casa a infantes en condición de difícil adopción. Hoy tiene en su hogar a tres pequeños a quienes les ha cambiado la vida.

Según los datos del Icbf, los niños en condiciones de difícil adopción, son los que superan los seis años o tienen algún tipo de discapacidad. /FOTO: DANIELA VICTORIA GÓMEZ LAITON.

Más de doscientos niños sin hogar han pasado por el cuidado de Esperanza Lagos Santamaría, una mujer amable, oriunda de San Martín, Cesar. Sus padres la criaron en el campo junto a sus ocho hermanos. Nació el 9 de febrero de 1962, y de los seis años que vivió en el campo con su familia, no recuerda haber celebrado un solo cumpleaños, porque en esa época todo era diferente: “le preguntaban a la vecina, ¿se acuerda cuándo tuve yo a ‘Fulano’?, dice en medio de una carcajada. Llegó a Bucaramanga con su madrina, Priscila, bajo la condición de cuidar a sus hijos durante el día y en la noche estudiar la primaria. Ese momento marcó la pauta para que 45 años después, Esperanza dedicara su vida a pequeños del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf), que pasan por su casa un tiempo indefinido y cuando se van, también se llevan parte de su corazón.

A los dieciséis años se casó con Adolfo Portilla, padre de sus tres hijas:  la mayor se llama Elizabeth, una profesional de enfermería, Luz Estella, una contadora, y Marien Andrea, una ingeniera eléctrica que vive aún con ella. Esperanza estuvo casada 25 años y después del divorcio encontró en la peluquería una forma de sustento, hasta que una sinusitis aguda la obligó a alejarse de ese trabajo. Poco tiempo después, su hija mayor, Elizabeth, la vinculó con el programa de madres comunitarias del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, del cual ella también hace parte.

Desde entonces, la Corporación ServiRed, operador contratista del Icbf, le brinda un salario mínimo más una cuota de sostenimiento de 500 mil pesos por cada infante, que en ocasiones se queda corta, porque las necesidades de los pequeños superan ese valor. Eso ha ocurrido desde los últimos seis años, cuando recibió en su hogar a uno de ellos, que además de haber nacido con hidrocefalia, es ciego, convulsiona, debe ser alimentado a través de una sonda, requiere pañales, vitaminas y atención permanente. Esto último la llevó a contratar a Yelitza Villegas, una joven de 26 años, auxiliar de enfermería.

Esperanza solo está autorizada por el Icbf para cuidar tres niños debido a la complejidad de la condición que ellos padecen. Su rutina suele ser la misma: levantarse temprano en las mañanas, revisar las tres cunas, preparar el desayuno de cada uno, poner las sondas de la gastrostomía y esperar a que llegue Yelitza. Luego se alista y sale de la casa a pedir citas o medicamentos para sus niños. Debe encargarse de todos esos detalles, porque como dice su auxiliar: “ella los cuida como si fuesen sus hijos”. Yelitza se preparó para ser auxiliar de enfermería gracias a Esperanza, que le dio la posibilidad de estudiar y trabajar en sus ratos libres.

Esperanza tiene el cabello pintado de rojo, pero algunas canas la delatan. Ya tiene 56 años. Es de piel trigueña, de contextura gruesa y usa unas gafas de marco negro que disimulan las ojeras y el cansancio. Cuidar infantes es mucha responsabilidad y consume demasiada energía, pues en el caso de ella, tiene en su hogar a uno de dos años con labio leporino, otro de seis con hidrocefalia y una niña de dos con microcefalia. Debe alzarlos, vestirlos, bañarlos, porque dos de ellos no pueden caminar solos. Esperanza dice que “por el hecho de estar enfermos, las familias los rechazan. No quieren saber de ellos”. Por ahora, la única familia que ellos tienen son: su mamá sustituta, Marien y Yelitza.

“Uno a los niños los quiere mucho porque la única familia para ellos es tienen es uno”, es lo que dice Esperanza a sus nietos, cuando le reclaman por su cariño. /FOTO: DANIELA VICTORIA GÓMEZ LAITON.

Aunque los tres pequeños no sean hijos de su sangre, Esperanza actúa como si lo fueran. Todos los días se preocupa por su salud y bienestar, y ha sido la gestora de mejoras radicales en el estilo de vida de cada uno de sus chiquitos. Por ejemplo, al primero de ellos lo recogió en la Fundación Cardiovascular porque ninguna otra madre sustituta había querido adoptarlo. Es el que más anomalías tiene y requiere de cuidados exigentes. Lleva seis años a su lado y siempre la hace preguntarse: “¿Dios mío, mi niño qué estará pagando?”. Gracias a la gestión de Esperanza, al pequeño de dos años con labio leporino, le reconstruyeron el labio superior; ahora puede comer sin la necesidad de una sonda y ha dicho sus primeras palabras: “mamá”. La otra pequeña, con microcefalia y retardo sicomotor, ha recibido toda la atención que no le brindaban en el hospital cuando nació.

Por esa dedicación de Esperanza, Marien Andrea, su hija menor, reconoce que su madre “es una mujer muy buena y apasionada, porque ha sacrificado años de su vida en un trabajo que nadie más agradece, solo los niños”.

Paradójicamente, cuidarlos no es lo más difícil de su labor, sino dejarlos ir sin saber a dónde y con quién, porque así funciona el método del Icbf. Uno de los casos que más recuerda es el de Frank, a quien sus padres adoptivos ya le cambiaron el nombre. A los seis días de haber nacido fue llevado al hogar sustituto de Esperanza Lagos, y cinco años después se lo arrebataron de los brazos sin aviso, para entregarlo en adopción. Esperanza dice que: “el suceso fue traumático, lloraba y tuve que ir al psicólogo varias ocasiones para recuperar las fuerzas de haberlo perdido para siempre”. Seis meses después de la adopción, sonó el celular, era Frank. El niño había logrado que su nueva mamá le permitiera hablar con Esperanza: “esto para mi es una bendición, porque ninguna mamá sustituta vuelve a saber de los pequeños”.

Yelitza termina su turno a las seis de la tarde, así que Esperanza queda sola, mientras su hija llega del trabajo. En la noche el sonido de las rondas infantiles se desvanece, en el televisor de la sala aparece ‘Mickey Mouse’ y Esperanza observa a sus bebés en la cuna. Una parte de ella se siente tranquila de tenerlos porque sabe que con ella están bien. No le gustaría vivir nuevamente una separación desgarradora. Quizás por eso haya decidido acogerlos a ellos y no a otros, al fin y al cabo, fue la única que decidió darles un hogar ahora que están solos.

Por Daniela Victoria Gómez Laiton

dgomez192@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga