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“La Fortaleza”: cuando un trapo, una camiseta y un leopardo son las razones para trascender y ser héroe

El documental muestra cómo tres jóvenes del parche La Mulera de la Fortaleza Sur del Atlético Bucaramanga, arriesgan sus vidas al viajar de incógnitos en las carrocerías de las tractomulas. Fue estrenado en la versión 59 del Ficci.

En la fotografía Sebástian Jácome, protagonista de “La Fortaleza”. Según Andrés Felipe Torres Montaguth, la grabación inició con un presupuesto de 500 mil pesos, pero la gestión del equipo ha logrado ganar convocatorias como las Becas Bicentenario de la Gobernación de Santander y el Premio de Sonata Films (que le permite a los ganadores acceder a tecnología para mejorar el sonido en las producciones. /FOTO SUMINISTRADA

El sábado 9 de marzo, la Banda del Leopardo (proyecto cultural también conocido como ‘La Murga’ que acompaña a la barra del Atlético Bucaramanga) se tomó el Teatro Adolfo Mejía, uno de los recintos que albergó la programación del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (Ficci). Fue la antesala a la proyección nacional del documental “La Fortaleza”, del director santandereano Andrés Felipe Torres Montaguth.

Lo que se vio en redes sociales fue una fiesta. En el también conocido Teatro Heredia, los redoblantes, tambores y trompetas se robaron los aplausos y el público santandereano que hacía presencia en el lugar, no tuvo reparo en levantarse de las sillas y saltar como lo hacen en las graderías del Estadio ‘Alfonso López’.

Torres Montaguth hizo la presentación del proyecto que desde 2014 adelanta con la productora Índigo Cine. Las luces se apagaron y la pantalla se encendió. Una postal del barrio La Cumbre apareció para ubicar el contexto en el que nació esta historia, inspirada en ‘La Mulera’, parche de la Fortaleza Leoparda Sur. Luego aparecieron las imágenes de un entierro, lágrimas, pólvora, y el llanto de una mujer que despedía a un hincha amigo: “En la otra vida nos vamos a ver mi amor, así como nacimos nos vamos”. Esto seguido de un coro: “Juan Carlos, hermano querido, la leyenda que jamás se olvidará”. Minutos después un político en campaña hace promesas a los barristas y se pone la camiseta del leopardo. Llega el momento de la acción: los protagonistas -Sebastián Jácome, Julián Cepeda y Carlos Cordero- aparecen arriesgando su vida por subir a una tractomula y así poder llegar a Popayán a ver uno de los partidos que le permitió al equipo regresar a la primera división del fútbol colombiano.

Lo que tal vez muchos no sabían mientras entretenidos seguían el hilo de esta historia en el Ficci, es que dos de los tres protagonistas de “La Fortaleza” se perdieron el viaje. Los integrantes de ‘La Murga’, que para algunos era la primera vez que salían del barrio, le decían a Andrés Torres que todo parecía un sueño y que si había espacio para un par de canciones más.

Este documental, tan santandereano como la hormiga culona, la carne oreada y el sentimiento que genera un equipo como el Atlético Bucaramanga, busca espacio en las salas de cine para lograr reconocimiento nacional. Por ahora, si usted es de los que corea con ahínco “el coraje por estandarte y por escudo la libertad” y expresa que los santandereanos son “gente verraca”, no le pierda el rastro.

Y si el sentimiento leopardo se le despierta al leer esta entrevista al director de “La Fortaleza”, sea propositivo, convoque una proyección ojalá en el “Alfonso López”, pues se hace necesario revelar la precariedad y el olvido en el que viven los jóvenes de los sectores marginales de la capital santandereana, mal llamados ‘ñeros’, ladrones y viciosos. A lo mejor se logra culturizar a los gobernantes para que aprendan que los dineros deben ir al deporte, las ligas y sus equipos, y no a sus bolsillos, que cumplir lo que prometen en campaña puede ser un impulso para trascender y sacar adelante a héroes más allá de las trincheras.

¿De dónde surge la historia y desde cuándo trabajan en el documental?
Nosotros estábamos trabajando en una película de ficción, inspirada en la historia de una amiga que murió en la barra y esa era la excusa o el plan original, pero ya dentro de esto entendimos que también teníamos que hacer una investigación. Dijimos, estamos en Santander, recién graduados de la universidad y sin trabajo, porque la cuestión audiovisual es complicada para los santandereanos y para dichas producciones siempre traen talento de afuera.

Decidimos explorar la idea de hacer un documental y sacamos ahorros para costearla. Todo ocurrió a mediados de 2014. A principios de 2015 conseguimos un micrófono, una cámara, los compramos. Por esa época yo andaba en grupos reggae y parches de culturas urbanas, el director de fotografía es de Ciudad Norte, y así terminamos conectándonos con líderes de las barras. Nuestra idea siempre fue explorar a los menores de edad que viajan en tractomulas. Se nos hacía importante tratar de entenderlos, por qué decidían montarse a estos vehículos para seguir a un equipo de fútbol como si fuera la vida propia y hacerse matar por ello, incluso, cuando la misma barra prohíbe viajar así y no incentiva esos viajes, ni la violencia, y en los estadios empezaron a prohibir la entrada.

Queríamos entender esa clase de sociedad o de universos, de dónde viene esto, sobre todo por qué varios de nosotros viviendo en Bucaramanga ercibimos el rechazo, y los tratamos de ‘ñeros’, ‘mugres’, ‘ratas’.

¿Cómo fue el acercamiento al parche de ‘La Mulera’?
Empezamos a trabajar con los líderes, conocimos a Ricardo Oviedo que es un músico de la ciudad, que trabaja con la alcaldía, y empezamos a ver que había mucha tela para cortar. El trabajo de ellos es el show que hacen cada domingo en el estadio, funcionan como un sindicato, se encargan de que el equipo ande, que les vaya bien. Obviamente dentro de ese proceso también hay criminalidad, violencia, se juntan distintos sectores de la ciudad, hay ‘gomelos’ de Cabecera, ‘ñeros’ y locos, abogados, gente vieja, es universo. Primero hicimos un documental institucional, sobre cómo la barra brava presionó para lograr el ascenso del equipo, que es un triunfo como organización.

Luego nos explicaron que el ‘muleo’ (viajar en tractomulas) se genera como una distorsión del autostop, del pedir linche. También vimos que la barra dejó de ser rockera y se convirtió en una de cumbias atrayendo a jóvenes formados en familias que llegan de la guerra, desplazados, era un cóctel. Aprendimos que los hinchas muleros son de La Cumbre (Floridablanca) y de Ciudad Norte (Bucaramanga). En la primera zona existe el parche ‘La Mulera’, que lo integran los que no tienen dinero para viajar, ni casa para llegar, y que encuentran en la barra una hermandad. Incluso, dentro de la misma barra los ‘muleros’ son vistos como una peste.

Para los que nos leen y aún no tienen claro qué es ser ‘mulero’, describa a estos personajes.

Son marginados dentro de un mundo marginal, son rechazados por los mismos hinchas. El ‘muleo’ es una práctica que no se acepta porque muchos jóvenes han muerto en esos viajes y por los problemas en los estadios. Y eso da mala imagen a toda la hinchada.

Además, debemos entender que la organización de una barra brava es un trabajo para varios de ellos, pues buscan patrocinio, hacen espectáculos, son una especie de microempresa y tienen que alimentarla para que no ‘se curta’, se afecte. Los ‘muleros’ son vistos como una peste, pero, si algo entendimos, es que esto no es lo mismo que hacer parte de un grupo armado o una pandilla criminal. Nos sentamos al lado de ellos y experimentamos su día a día, cómo la violencia en Colombia es algo que se respira y se vive a diario en una cotidianidad como nacer en un barrio donde la educación pública no funciona, el Bienestar Familiar no llega a proteger a los niños, se roban la plata, y donde les enseñan a que el “el vivo vive del bobo”, donde los valores están distorsionados.

Muchos de estos jóvenes son sobrevivientes y criados en hogares de madres comunitarias. Son problemáticos, pero a la final son jóvenes; se ríen, se caen, son tontos, lloran, sufren, o sea, no son una máquina de matar como la gente a veces los ve. No son una máquina de robar.

En “La Fortaleza” ustedes suben a las tractomulas con los protagonistas, al mejor estilo de una película de acción, en un carro en movimiento. ¿Cómo se preparó el equipo para esta parte de la grabación? De manera intuitiva buscamos que la cámara fuera el cuarto protagonista.

Recibimos un rito de iniciación que creo que es muy parecido al que tienen los demás ‘muleros’. Siempre tuve presente que esa cámara no iba a estar mirándolos de lejos, porque no son un zoológico. Le dije al equipo que primero hacía el ejercicio solo, me fui con una cámara por el tramo del Cañón del Chicamocha, corrí y me subí. Después lo hicimos en equipo. Durante el rodaje en el camino hubo varias cosas fortuitas.

La última mula, la que llega a Popayán (ciudad a la que viajan los protagonistas del documental a ver el partido), me fui yo solo porque mi equipo había ido a comer. Me quedé grabando porque sentía que iba a pasar algo y de hecho pasó, en ese peaje estaban todos los hinchas del América. También nos encontramos con hinchas de Millonarios, tuvimos que contarles que estábamos haciendo un documental con los del Bucaramanga, decirles que se retiraran porque no queríamos problemas. A los protagonistas les aclaré que no podían armar pelea solo porque estaba la cámara.

¿Cómo hizo la selección de actores?
Sebastián Jácome ‘mulea’ desde los 10 años, y hoy tiene 16. Se le considera un veterano. Está Carlos Cordero, que le dicen “El Cucho”, que ha viajado en mula toda su vida. Ese personaje nos dio mayor seguridad. Los escogimos después de ‘parchar’ (reunirse) con muchos de ellos, incluso, el personaje principal era una chica, pero no pudimos trabajar con ella.

¿Cuál es el valor que estos jóvenes le dan a la vida?
Desde una perspectiva filosófica ellos definen sus gustos, estilo de vida, lo que quieren ser y sus aspiraciones personales. En cuanto a lo político, en un país donde no hay más nada que hacer, ¿qué hacen ellos? Vivimos en un Estado que tiene que garantizar los derechos básicos, que uno como ciudadano tiene unos deberes, que hay una estructura, pero cuando no se es valorado o reconocido, todos sus valores se trastocan.

Ellos encuentran valor a sus vidas en su equipo, en lograr cosas para el equipo. Muchos me decían para qué voy al colegio si los profesores están en paro, la educación es de mala calidad, todos me tratan de pobre y muerto de hambre. En cambio, en la barra he conocido más de este país que la mayoría de personas, la paso con mis amigos. Es una fiesta todo el tiempo.

Para ellos la vida es eso, encontrar un lugar donde estar. Para ellos, a pesar de vivir en la miseria emocional y material en la que viven, es su idea de trascender. Cuando muera voy a ser un héroe, me van a hacer un trapo, me van a enterrar y mis amigos me van a llorar. Es como la del soldado, morir por una causa. Ante una realidad como estas, ¿cómo se manejan las emociones? Para mí, el arte y la vida es lo mismo, nunca pensé en distanciarme, siempre sentía que me identificaba con ellos, me encariñé. Si estás pintando un cuadro y no sientes la pincelada, no estás haciendo nada. Queríamos desahogarnos de nuestros demonios.

¿Cómo fue el estreno en el Ficci de Cartagena?
Es la primera vez que el documental se proyecta en un festival del mundo. Fue un momento agridulce porque muchos de los que participaron no pudieron estar. Solo fue la mamá y el hermanito de Sebastián Jácome. Ella lloró, y después me dijo, “con esto conocí mejor a mi hijo, me quité un peso de encima, pensaba que todo era culpa mía”. Julián Cepeda se vio en la proyección y dijo, “menos mal cambié”. Fue una odisea llevar a ‘La Murga’ desde Bucaramanga, casi como volver a hacer el documental, pero para este grupo de músicos empíricos, tocar en el Teatro Heredia fue increíble.

La gente se tomaba fotos con ellos y eso permitió romper las barreras de clase. “La Fortaleza” permite derribar y trascender barreras, fue algo así como traer a la gente popular, sentarla en el teatro donde también se sientan las que reciben el India Catalina, cineastas famosos. Cuando salimos de la proyección los llevé a comer y me di cuenta que no tienen conocimiento de la historia de Colombia. La película les permitió salir del barrio y de ese universo en el que viven tan estancados.

Por Xiomara K. Montañez
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Universidad Autónoma de Bucaramanga