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“La guerra no tiene rostro de mujer”

Ignacio Carvajal Almeida
icarvaja@unab.edu.co

El historiador francés Christian Ingrao cuenta que para los soldados alemanes ingresar a la Unión Soviética en 1941 fue la confirmación de la propaganda nazi. Esta constatación parece que dio carta blanca a toda clase de vesanias y atrocidades por parte de los invasores.

En las primeras semanas de guerra, los alemanes ocuparon cientos de miles de kilómetros, asesinaron a soldados y capturaron a hombres y mujeres.

Ante la evidente incapacidad del ejército rojo para contener a su enemigo, Stalin llamo a una “gran guerra” de defensa de la “madre patria” donde todos los niveles de la sociedad participaron, incluidas las mujeres. Más de 800 mil mujeres prestaron su servicio en las fuerzas militares soviéticas, 200 mil recibieron condecoraciones y 89 de ellas recibieron el título de heroínas de la Unión Soviética. Algunas se volvieron leyendas de la cultura nacional como la francotiradora ucraniana Lyudmila Pavlichenko que, se dice, mato 309 soldados alemanes.

En su primer libro, publicado en 1985, Svetlana Alexiévich presenta una visión coral femenina del conflicto, producto de cientos de entrevistas realizadas desde los años setenta y de un largo proceso de edición para dejar satisfechas a sus entrevistadas pero también eludir la férrea censura del régimen soviético.

En las primeras páginas de “La guerra no tiene rostro de mujer”, Alexiévich define el tono del relato. Para los hombres la guerra es un discurso público, un relato patriótico de acciones, combates y medallas; para las mujeres una charla privada, más íntima, emocional y cercana a la realidad. Odiar y matar no es cosa de mujeres, como afirma una de las protagonistas del relato.

Las mujeres entrevistadas desempeñan muchas tareas. Desde las que tradicionalmente se han vinculado con ellas, tanto en la vida civil como en el marco del conflicto, hasta las tradicionalmente masculinas. En el primer grupo, enfermeras, lavanderas, panaderas, operadoras de comunicaciones, encriptadoras, cirujanas; en el segundo, francotiradoras, operarias de piezas antiaéreas o de piezas de artillería, zapadoras, partisanas, paracaidistas, aviadoras.

El contacto con la guerra misma también varía. Para las aviadoras o encargadas de comunicaciones, los combates no se perciben tan cercanos, pueden verse con cierta distancia o frialdad. En cambio para quienes sirven como soldados o partisanas o las enfermeras y lavanderas la guerra es una realidad que copa todos sus sentidos, llena de sangre, gritos, suciedad, algo de lo que es imposible escapar y que está por todos lados en todo momento.

Alexievich presenta todas las circunstancias y sentimientos posibles. Solo puede calificarse como cruda o sórdida la situación en que una partisana ahoga a su bebé para que su grupo no sea descubierto por los alemanes; o ejecutar a supuestos colaboracionistas a golpes o prisioneros alemanes a cuchilladas y sentir orgullo por ello.

Realmente cruel es atestiguar o ser víctimas en carne de propia del abuso de su propio bando. Partisanos ladrones que roban la poca comida de los campesinos que se sienten mejor tratados por los invasores alemanes. Regresar del cautiverio para ser deportados a Siberia por haberse rendido y no combatir hasta la muerte, aun sin armas. De ridículo puede calificarse que las combatientes solo reciban ropa interior femenina cuando ingresan a Polonia y Prusia Oriental o que un grupo de muchachas griten ante un pequeño ratón cuando ya se han asesinado hombres o que el temor de otras a las heridas se base en no poder conseguir marido.

La bielorrusa da mucho más peso a aspectos que podríamos catalogar como emotivos o medianamente positivos. La joven emocionada a la que sus compañeros elaboran un traje de novia con un paracaídas; las múltiples entrevistas que expresan empatía por enemigos vencidos y maltratados.

Quizás lo que hace altamente recomendable este libro, es esto último, mostrar la capacidad que tuvieron la mayoría de las entrevistadas de mantenerse humanas en un momento donde era bien difícil hacerlo.
*Docente del Programa de Administración de Empresas, UNAB. 

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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