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La historia de Santa Cruz del Islote

Rene Alexander Palomino R.*
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Según Fernando Salinas, un pescador cartagenero que visita este islote con frecuencia, “en Santa cruz del Islote duermen tan juntos que sueñan lo mismo”. Así se lo dijo a Lucy Lorena Libreros, una periodista del diario El País de Cali, hace algún tiempo.

El documental ‘Aislados’, de la directora colombiana Marcela Lizcano pronto se estrenará en salas, ojalá le den la oportunidad también de llegar a las salas de cine de Bucaramanga, porque muchas películas se anuncian pero no llegan a estrenarse.

La historia se desarrolla en un islote artificial, bautizado así porque alguna vez el mar trajo una cruz de madera que fue puesta en un espacio central al interior de la pequeña isla, que no alcanza a medir una hectárea. Hace más de 150 años a este lugar, ubicado en el archipiélago de San Bernardo, en el caribe colombiano, llegaban pescadores afrodescendientes a sacar langostas y cangrejos, abundantes en estas aguas, ubicado a unos treinta minutos en lancha desde Tolú, y a hora y cuarenta minutos desde Cartagena. Santa Cruz se fue poblando espontáneamente; al principio había entre 15 y 20 casas, en la actualidad existen 97 y no cabe una más. La población total puede estar rondando los 1.200 habitantes y más de la mitad son jóvenes.

La vida cotidiana en esta isla gira alrededor de la pesca en profundidad, tradición de la cultura afro que habita estas aguas. Los niños y adolescentes asisten a la única escuela que tiene el islote y que llega hasta el séptimo grado. Los ancianos juegan dominó en las tardes, otros jóvenes y adultos trabajan en hoteles cinco estrellas que quedan en otras islas del archipiélago.

La belleza del lugar, la alegría de sus pobladores y su riqueza cultural, contrastan con las condiciones precarias del islote, adolecen de agua potable, y en época de sequía, solo dependen del agua que les envían desde Cartagena. La mayoría de las familias viven de la pesca, pero año tras año la tradición viene disminuyendo. Si bien los pobladores quieren su islote y desean permanecer en él, ya no hay espacio para una familia más.

Desde su diseño, esta coproducción entre Colombia, Ecuador y México, no plantea la preocupación de mostrar a modo de denuncia la situación de sus pobladores, su responsabilidad en el deterioro del entorno y su estado de abandono, y tampoco pretende profundizar en aspectos etnográficos. Su acierto como documental es su sencillez, de donde se sustrae cualquier intento pretensioso del autor.

Es una historia fresca, de la costa caribe, rodeada de mar, con sus músicas, tradiciones y colores, pero también con las realidades colombianas, donde emergen los problemas que se tienen como comunidad y donde el Estado casi siempre está ausente. En ese entorno los personajes van esbozando sus apreciaciones, su deperspectiva de la vida y sus sueños, que varían de acuerdo con la edad. A pesar de eso, parte de ellos coinciden en que el sitio donde les tocó vivir los ha hecho felices.

Este es el primer largometraje de Lizcano, quien contó con un equipo austero en cuanto a la grabación, lo cual le permitió viajar varias oportunidades al lugar, a veces únicamente ella junto al sonidista. Esta cercanía íntima del equipo con el espacio se siente en la película. Utilizaron equipos semiprofesionales (cámaras pequeñas de buena calidad fotográfica y fácil manejo) y nuevas herramientas como los drones para los movimientos de cámara y las tomas aéreas, aciertan en construir un efecto de ficción en la narración.

Otros aciertos importantes en la película son la fotografía, el montaje y la banda sonora, que potencian en la narración las sensaciones de la atmósfera del lugar, sin caer en la contemplación sosa del paisaje, de la imagen del paisaje por el paisaje. Cada imagen, que es bella, aporta algo en la narración. Por su parte, la música está bien dosificada, aparece en ciertos momentos y otorga cierta expresividad que potencia la calidez de los personajes y su cultura.
*Docente del Programa de Artes Audiovisuales de la UNAB. 

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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