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La Libertadora en bicicleta, un viaje en alta definición

Las pendientes cascajudas y embarradas por la lluvia en la cordillera camino a la base del ascenso al Páramo de Pisba hacían que hasta ir empujando la bici fuera un triunfo. Aventura para nosotros, vida diaria para los campesinos. /FOTO NELSON CÁRDENAS

Con las historias epopéyicas que habitan el recuerdo infantil de las clases de historia patria ,aprendidas en la escuela primaria y repetidas sin cesar cada 7 de agosto, nos fuimos -Pablo Porras, María Johana Cadavid y mi persona- a buscar repetir en bicicleta el camino que recorrieron las tropas de los generales Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander y  José Antonio Anzoátegui durante la campaña Libertadora de la Nueva Granada de 1819.

La idea general era poder ver de primera mano esos caminos, con sus gentes y sus paisajes, tratando de mirar lo que queda hoy físicamente de esa historia y cómo es el imaginario actual de los sucesos de hace 200 años, comparando ese pasado con este presente.

La aventura ciclística personal de sudor, pinchazos y pedal que representó el hecho de recorrer durante 20 días desde los llanos de Arauca y Casanare, hasta remontar la cordillera boyacense en casi 800 kilómetros de la ruta,  para nosotros, meros entusiastas del ciclismo urbano pero lejos de cualquier mérito deportivo, ya de por sí daría para un libro –en el que de hecho estamos trabajando- cuyo resumen no cabe acá. Menos aún si se intenta describir con palabras la mucha humanidad que nos dieron cada una de las personas que nos topamos por el camino o la impactante enormidad del paisaje frente a la insignificancia de nuestro propio ser. Un asombro permanente aun en medio del agotamiento del pedaleo diario.

Un autoretrato del equipo en el paisaje imponente entre Paya y Pisba como excusa
para el descanso. /FOTO NELSON CÁRDENAS

Sin embargo, usar la bicicleta para viajar sí permite una mirada distinta a la que se puede obtener haciéndolo por otros medios, excepto el viaje a pie.

Completar rutas que actualmente se suponen reservadas al movimiento encima de máquinas que nos llevan con rapidez a un lugar usando tan solo la fuerza de las piernas, yendo despacio –muy despacio en nuestro caso- es conseguir hacer del camino un destino en sí que se deja mirar en alta definición.

El objetivo no era partir de Arauca y llegar a Puente de Boyacá sino de distinguir lo más posible el contenido sensorial que había entre esos dos puntos, sumado al hecho de que usar la propia fuerza para desplazarse es entender en carne propia la dimensión de una subida, la dificultad de una superficie, el significado de 10 kilómetros. Ir en bici era escuchar las voces y el sentimiento de los seres que habitan en medio de esos dos extremos que recorrieron las tropas en 1819.

Voces que hablan de una historia patria que sí está presente en su imaginario, pero que existe de muchas maneras, no sólo como el recuerdo heroico de un Bolívar encima de un caballo blanco envuelto en una bandera con su espada en la mano, sino como una historia presente y muchas veces dolorosa, como un rescate de personajes y roles desconocidos en el relato hegemónico y centralista, como el conflicto presente de un poder arrogante que dicta leyes que afectan las gentes sin dialogar con las gentes, como las contradicciones presentes de una nación, de muchas naciones que no acaban de formarse bajo el nombre de Colombia.

Palabras de mujer, por ejemplo, que nos contaron a lo largo del camino sobre nombres de otras mujeres que hace dos siglos fueron más allá del rol tradicional que les concede el relato instituido (cocineras, lavanderas, cuidanderas o esposas de) y las sitúa combatiendo al lado de las tropas, financiándolas y siendo personajes principales, para con su memoria ponerlas en este tiempo presente como ejemplo de reivindicaciones de valía de género, de emprendimientos empresariales.

Un güio herido en la carretera es llevado de vuelta a un pozo, “porque dónde hay un güio no se seca el agua”. / FOTO NELSON CÁRDENAS

Voces que más que recordar una gesta heroica bicentenaria, recuerdan las suyas propias sobreviviendo en medio de las guerras, las tantas guerras que ha vivido y vive Colombia, en la que mujeres y hombres han sufrido bombas, quemazón y muertos de los ejércitos (legales e ilegales) que dicen luchar por la Patria y/o el Pueblo. Palabras de un Estado que sólo existe en forma de uniformes, de banderas y de oficinas en las distantes e inalcanzables capitales, pues el viaje les tarda días y les cuesta la plata que no tienen.

Gentes que nos cuentan de sus caminos imposibles que son los mismos o peores que lo que eran cuando Bolívar pasó por acá, que se plantan en paros no declarados con la firmeza de quien sabe que el que manda solo escucha a las malas y “pues si toca que no haya Bicentenario, pues tocará”. Diciéndonos con la crudeza de la verdad sin adornos que “lo que para ustedes es aventura y diversión, para nosotros es sufrimiento diario”.

Miradas de muchos colores que contra toda posibilidad construyen patria, no de himnos para escuchar en posición de firmes sino de acciones para preservar los ríos y los montes, las semillas para sembrar porvenir, que intentan reencontrarse con el país que no los conoce, que llevan con humor la escasez que les pone la existencia, que le apuestan sin dudar a la vida como único empeño.

Asistencia masiva del pueblo de Pisba a la procesión de viernes santo en cerro recién declarado libre de minas. /FOTO NELSON CÁRDENAS

Con todo y el esmero que se pone en los relatos gloriosos y prístinos de buenos contra malos, las contradicciones existentes impiden consolidarlo como un credo: Una frontera cerrada entre Venezuela y Colombia por la que hoy un Bolívar venezolano solo podría pasar ilegalmente junto con otros miles de sus compatriotas, para ser sospechoso de pobreza y por tanto de cada cosa mala que ocurre por donde vaya, ya ni qué decir de venir a armar revoluciones y subversión como la que hiciera en su tiempo. Héroes indígenas difuntos por homenajear en su rebeldía y bravura mientras se aporrea con gases y bolillo a indígenas vivos por su misma rebeldía y bravura ante los mismos reclamos de los tiempos que hoy se conmemoran con discursos y placas. Discursos y placas lustrosas en lugares donde difícilmente llegan las mulas.

Reclamos centenarios ante un centralismo rampante representado en la ausencia de agua potable, alcantarillado, luz eléctrica, vías decentes que solo aparecen en la medida que nos acercamos a los centros de poder. Tal vez, se pregunta uno, si la cosa no era finalmente los españoles en el poder, sino el poder en manos de quién no sabe de necesidades ni le importa solucionarlas si eso no lo beneficia en su gula.

El relato particular del día a día de este viaje lo hicimos en redes sociales y hubo por ahí algunos amigos muy queridos que nos llamaron “héroes” de cuenta del esfuerzo y las adversidades del terreno y del clima que nos tocaron. Y otros que dijeron, con justa razón, que eso no era nada comparado con todo lo que tuvieron que enfrentar los soldados de la época. Pero a nosotros nos quedó resonando otra cosa, más aun después del absurdo paso del Páramo en bicicleta que intentamos (que Pablo hizo y que María Johana y yo no) y es el hecho de que el relato del héroe es un asunto útil para la simplificación y recitado de las historias fundacionales, pero que omite por completo, de forma desagradecida, a las gentes que habitan los lugares por los que pasa esa historia y que se deciden a hacer parte de una causa particular.

Es con ese campesinado y solo con ellos(as) que las empresas imposibles  -de Libertadores o de turistas despistados- se hacen posibles. No habría Bolívar triunfador, ni Pantano de Vargas, ni Puente de Boyacá si su discurso y propósito no hubiera incluido a la gente que le guió, que le alimentó, que fue parte de su tropa.

En el final del viaje en el Puente de Boyacá, niños del colegio Pantano de Vargas cantan para Pablo una canción que compusieron para el Bicentenario. /FOTO NELSON CÁRDENAS

Habitantes centenarios de territorios que hoy se encuentran ad portas de ser expulsados por decreto y sin negociación por parte de un sistema de gobierno que al tiempo les pide patriotismo y colombianidad (si es que tal especie existe) mientras negocia con multinacionales títulos mineros.

Al final, 20 días después de haber salido de Arauca, un poco más flacos, aporreadas las piernas, los ojos y la cabeza llenos de historias por contar, con las lluvias a cuestas, un paro nacional que puso tropas en las vías y las filas constantes de venezolanos (hombres, mujeres y niños de brazos) con morrales al hombro y maletas de rueditas despedazadas buscando subirse a un camión, llegamos al Puente de Boyacá para tomarnos la foto correspondiente. Mucho turista, ninguna guianza, un evento privado ocupando el centro de información y montones de escolares llegando en buses a conocer el sitio de la batalla de Boyacá (que fue partido en dos por una carretera 4G). Un grupito de ellos, del colegio Pantano de Vargas, cantaron para nosotros una canción que compusieron con su profesora para el Bicentenario que decía así: “mientras haya un niño en la calle no podremos gritar libertad… libertad, libertad ¿dónde estás?”. Y sí. No acaba de nacer esta patria que insiste en seguir en sus inequidades, en sus guerras de parto.

Hoy, ya recuperados del lance, nos llevamos puesta en la vida el color y las formas absurdas del paisaje, junto a la sonrisa y los pesares de toda la gente que con todo  y todo nos acogió y se detuvo un rato para compartir con nosotros su pedazo de panela, una cerveza, una esquina, un poquito de su ser. La gente que existe más allá de los titulares y la fama. La gente real que construye cada día, contra todo pronóstico, un país posible.

Por Nelson Cárdenas

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*Fotófrafo santandereano.

Universidad Autónoma de Bucaramanga