Por: Danilo Cárdenas (dcardenas446@unab.edu.co), Alejandra Sierra (msierra516@unab.edu.co), Sayyid Sarquis (ssarquis@unab.edu.co) y Selene Valencia (tvalencia722@unab.edu.co)
Colombia, un país lleno de recovecos, telarañas, sombras, luces y pasillos por explorar. Para entenderlo no hay que tener doctorados, ni muchos estudios, ni muchos menos revisar la historia desde la perspectiva de la razón y la modernidad, porque, aunque Kant defendía que los humanos son hijos de la inteligencia, los procesos sociales latinoamericanos han cubierto todo dejando un panorama indescriptible para quienes usan la academia como su norte. Hechizos, insultos, drogas, pandillas, familias, empleos y grises, es el paisaje que se pinta entre las tres cordilleras en el que parece que la magia se mezcla con lo real y es imposible separar lo concreto con lo abstracto.
Bajo estas reglas comenzaron a dibujar a Bucaramanga. Qué se puede esperar de los herederos de una cultura tan hechizada como la Guane. Antes de la llegada de los españoles, la región estaba habitada por los indígenas, quienes tenían asentamientos en el área; casas del diablo, ventanas que siempre se caen, El Mohán, caballos que sacan fuego por las piernas y una herencia mágica que llevamos en el hombro.
La fundación de Bucaramanga fue realizada por el presbítero Miguel Trujillo y el capitán Andrés Páez de Sotomayor. Su objetivo principal era establecer un poblado indígena que facilitara la evangelización y el control sobre las minas de oro en la región. Se levantó un acta que daba cuenta de la construcción de una iglesia y una sacristía, lo que dio origen al «Real de Minas de Bucaramanga»

Así fue creciendo la ciudad, entre luces y sombras. Tratando de olvidar su historia, pero las raíces nunca se pierden y siempre iban a estar presentes en la historia de la ciudad. Así comenzó el parque Centenario, ubicado en el epicentro de la ciudad.
Comenzó como una plaza de mercado donde podían encontrar cualquier cantidad de criaturas, donado por algunos comerciantes libaneses por los 100 años de Colombia. Cada vez añadían elementos a una gran olla donde se ‘cocinaría’ el tejido social.
A lo largo de los años, el parque fue testigo de importantes acontecimientos históricos. En 1930 se erigió una estatua en honor a Aquileo Parra, el único santandereano presidente de Colombia que desempeñó un papel crucial en la restauración de la paz en el país en un periodo conocido como el olimpo liberal.
El pequeño parque que se hacía cada vez más grande en Bucaramanga empezó a funcionar también como terminal de transporte. Gritos, empujones, insultos y bullicio se vivía de manera usual por las calles, en las que, en ese entonces, solo las personas más vivas lograban pasar por allí. Llegaban día a día al parque y eso permitió que el lugar fuera visto con buenos ojos por vendedores ambulantes y personas que necesitaban del rebusque para sobrevivir.

Pero como nada llega solo, el microtráfico que crecía en Colombia también vio con buenos ojos el parque. Un sitio caótico, con pocas regulaciones y mucho desorden, era el lugar perfecto para comenzar con el negocio.
Cuando el tiempo se medía por el vaivén de las cortinas de los hoteles y el murmullo de los vendedores flotaba como neblina sobre las calles empedradas, el alcalde Jaime Trillos tuvo una visión que cambiaría para siempre el destino del parque. Era la década de los sesenta, cuando los días transcurrían lentos como melaza y los contrabandistas, cual personajes de un cuento antiguo, tejían sus historias entre la carrera 15 y la Quebradaseca.
Como en un sueño profético, el alcalde condujo a aquellos mercaderes errantes hacia la esquina suroccidental del parque, sin saber que estaba plantando la semilla de lo que se convertiría en un laberinto místico de comercio y memoria. Los primeros fueron pocos, apenas un puñado de almas que cargaban en sus espaldas historias de viajes imposibles y mercancías que susurraban secretos de tierras lejanas.
Pero el parque, como un ser vivo que respira y crece, fue atrayendo más y más comerciantes hasta que trescientas casetas brotaron del suelo como flores de metal y lona, formando un mítico «San Andresito» donde los objetos llegaban envueltos en historias de tres puntos cardinales: la isla mágica de San Andrés, la fronteriza Cúcuta y la legendaria Maicao. Era un lugar donde el tiempo se perdía entre pasillos serpenteantes y donde cada objeto tenía su propia historia de cómo había burlado fronteras y tormentas para llegar hasta allí.

Era un laberinto donde los compradores se convierten en exploradores de un mundo dentro de otro mundo. Y mientras el comercio florecía como enredaderas trepadoras, los hoteles de paso surgieron alrededor, como testigos silenciosos de los viajeros que llegaban atraídos por el canto de las mercancías.
Y así, como ocurre en aquellos lugares donde la magia del comercio atrae multitudes, el parque se convirtió en un torbellino de almas errantes. Las pisadas de miles de transeúntes fueron dejando huellas invisibles sobre sus piedras, mientras las sombras comenzaron a tejer sus propias historias en los rincones olvidados.
El tiempo, ese viajero incansable, fue pintando con tonos grises los muros que antes resplandecían. Las noches se poblaron de espíritus inquietos: algunos buscaron refugio bajo las estrellas urbanas, otros persiguiendo espejismos en forma de humo que se desvanecía entre los árboles centenarios. El parque, testigo silencioso, comenzó a cargar el peso de historias cada vez más oscuras, como páginas manchadas de un libro que nadie quería leer.
La magia de la transformación continuó su curso cuando el Plan Centro desplegó sus alas de trescientos mil millones de pesos sobre las calles empedradas, como un hechizo que prometía convertir el plomo en oro. Las aceras se ensancharon como ríos de concreto, los parques florecieron con nueva vida, hasta La Concordia sintió el roce de esta varita mágica que prometía días mejores.
El Parque Centenario emergió en febrero de 2024 como un fénix de cinco mil millones de pesos, con luces que intentaban ahuyentar las sombras nocturnas y cámaras vigilantes que, como ojos eternos, prometían custodiar los sueños de los transeúntes. Aun la inversión, los policías de un CAI, que parece más decorativo que otra cosa y que solo funciona cuando hay un evento importante en el teatro, piden más cámaras y más fuerza pública para justificar su inactividad.

Pero como en todo cuento donde la luz proyecta sombras más profundas, mientras los millones llovían sobre el concreto y los jardines, las fuerzas oscuras tejían sus propias historias en los rincones. Veinte puntos de venta de drogas florecían como flores venenosas en julio de 2023, burlándose de las nuevas farolas. Los viejos hoteles y hostales, esos testigos silenciosos de historias prohibidas, cayeron uno a uno bajo el peso de la ley en marzo de 2024, llevándose consigo secretos de turismo carnal y humos prohibidos.
Pero, así como caen, nacen tres o cuatro grupos más. Los que terminan atormentando la vida de los comerciantes que trabajan en las cercanías del parque. Riñas y microtráfico que contrastan con los casi 20 hoteles que hay por la zona. Haciendo que los extranjeros que llegan vean eso como la cara de la ciudad.
Hay más de 4000 personas que trabajan o estudian en el Centro Cultural del Oriente, 127 eventos en el teatro Santander y todas esas personas están en riesgo de que por un robo haya una muerte y una tragedia ocurra.





