Por Silvia Daniela Acero Cacua (sacero606@unab.edu.co)
Las calles de Bucaramanga se llenan diariamente de música gracias a los trabajadores informales que llevan su talento y arte a los rincones de la ciudad. A través de los sonidos de los instrumentos y sus voces, contagian todo el ambiente y cautivan a las personas que logran escucharlos.
La música callejera es descomplicada, no necesita de escenarios ni camerinos lujosos, solo de aquella cruda realidad que los lleva a buscar su sustento diario en esta modalidad de trabajo.

Jenny Figueroa y Edgar Mogollón hacen parte de este grupo de personas en Colombia que salen a las calles usando su voz para poder tener un ingreso para vivir. Ellos son esposos y son invidentes desde su nacimiento. Sin importar esta adversidad que los ha acompañado a lo largo de su vida, encontraron en la música callejera una forma de sostenimiento. “Gracias a esto podemos cumplir con todos nuestros deberes, como pagar servicios públicos, la educación de nuestros hijos, el vestuario, alimentación, y todo lo demás”, expresó ella.
Esta pareja es un ejemplo de cómo esta circunstancia no les ha permitido conseguir un trabajo estable, puesto que ellos aseguran que no hay inclusión laboral. “Esa supuesta inclusión solo está escrita en los papeles, no existe en la práctica”, afirma Mogollón. A su vez, Jenny comenta que solo logró culminar su bachillerato, factor que también es una desventaja a la hora de obtener un empleo. “En este país, si ni siquiera los profesionales consiguen trabajo, imagínese los que solo tenemos bachillerato y además una condición física”, explicó Figueroa.
Aun así, con el paso de los años y la popularización de la inclusión, han decidido darse nuevas oportunidades en otros trabajos, pero la falta de confianza en sus habilidades no les ha permitido tener otra manera de generar dinero en sus bolsillos. Edgar ha intentado prepararse por su propia cuenta y con apoyo de cursos en otras ramas como la mecánica automotriz. Sin embargo, el escepticismo de la gente ante sus capacidades no le ha permitido “llegar a nada”. “Armo y desarmo un motor por completo, pero como soy ciego, nadie cree en mí”, dijo él.
Asimismo, hace poco decidió tomar un curso de reparación de lavadoras, pero no ha podido ejercer lo aprendido a causa de la incredulidad y falta de apoyo tanto por las personas como por el gobierno y otras entidades. Él declara ser capaz de “reparar cualquier componente” de este electrodoméstico, no obstante, el tema de la inclusión no es tan real como la sociedad nos ha querido hacer creer en los últimos años.
Por estos motivos, durante la semana esta pareja se ubica en distintos puntos de Floridablanca y Bucaramanga junto a su bafle y un micrófono que les permite cantar canciones de diversos artistas. Esta cantante de música callejera se ubica en el parque de Florida, de las Cigarras, de Girón y en el Jumbo de la carrera 33.

En estos lugares “canta de todo”, desde una ranchera hasta un reggaetón. “Yo dependo de la contribución pública, entonces yo tengo que darle gusto al que le guste Juan Gabriel como al que le gusta Karol G, sin importar si me sale bonito, ya que mi voz es gruesa y las melodías de voz delgada se me complican, pero es lo que se debe hacer para subsistir”, expresó Figueroa.
Por otra parte, él hace presencia en puntos diferentes a los de su esposa. Prefiere situarse en distintos semáforos de Floridablanca, sitios donde afirma ya ser “reconocido” por quienes pasan por allí. Su tipo de música favorita para cantar es la tropical, como el merengue, la salsa y el vallenato.
Cada día salen de sus casas buscando un futuro para ellos y para sus hijos, y aunque se encuentran agradecidos por poder contar con el apoyo de las personas para sostenerse, aseguran que viven en un mundo que no está hecho para ellos y que nadie hace nada por mejorar esta situación. “Si la vida de un individuo en silla de ruedas o de un mudo, es terrible, la de nosotros es peor porque el mundo está hecho para los que ven”.





