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‘La Playa’, un alivio para los emigrantes que cruzan el Páramo de Berlín

Diez minutos después del peaje del Picacho se encuentra este restaurante, donde el dueño y sus empleados brindan ayuda a los venezolanos que atraviesan a pie la vía que de Cúcuta conduce a Bucaramanga.

Los migrantes que pasan por La Playa quedan muy agradecidos por los auxilios que reciben de ese lugar, aunque sean mínimos, los ayuda a coger fuerzas para seguir el camino. /FOTO DANIELA VICTORIA GÓMEZ LAITON.

La playa no es solo sinónimo de brisa, sol y mar. En el Páramo de Berlín, sobre la vía que comunica a Bucaramanga con Cúcuta, se traduce en refugio, alimento y una mano amiga.

Es un restaurante, cuyo propietario era Ramón Ramírez, quien al morir lo heredó a su hijo José de Jesús Ramírez. ‘La Playa’ funciona desde hace 60 años y se trabaja sin importar las circunstancias del clima, zona de páramo, por donde pasan los venezolanos que migran del vecino país, y que afrontan situaciones extremas. Algunos se enferman, el frío y el recorrido a pie hacen que los viajeros padezcan de calambres y se les dificulte el traslado.

Desde las 6 de la mañana el lugar abre sus puertas, en los últimos meses a los primeros que se encuentran es a los migrantes pidiendo ayuda.

Desde hace cuatro años, Ludy Vanegas es la encargada de administrarlo, atender la cafetería que del restaurante y, además, recibe el dinero de los clientes que entran a comer y a tomar alimentos calientes para combatir el frío es la que los encuentra y trata de ayudarlos.

Para ella, ver pasar a los venezolanos no es nada fácil. Dice que ha sido testigo de escenas desgarradoras, “vi a un señor sin una pierna, con muletas, que iba a pie y encalambrado; a una señora que llevaba a un niño  enfermo del estómago y sin ropita, eso fue cruel”, recuerda con tristeza esta empleada.

“De la comida que nosotros hacemos para vender les regalamos a los venezolanos que pasan pidiendo ayuda para soportar el frio del páramo”, dice la señora Ludy. /FOTO DANIELA VICTORIA GÓMEZ LAITON.

Se siente impotente al percibir todo el sufrimiento por el que pasan los venezolanos en busca de una mejor vida, al no encontrar la ayuda suficiente ni un trabajo fijo para obtener comida y así mandarles ayuda a sus familiares que se quedan en Venezuela. “Es una odisea terrible, pasan en grupos de 20 o 30 personas, en algunas ocasiones migran solos, viajan abuelos, niños y familias enteras. Algunos paran en ‘La Playa’ y en este lugar les dan agua de panela, tinto o caldo”, comenta Vanegas.

En una oportunidad, junto a su empleador, ayudaron a un muchacho que iba migrando solo para que pudiera viajar en un bus que lo llevaría hasta Bogotá. La mujer recuerda que “el conductor del bus cuando volvió al restaurante nos dijo que sí lo había podido llevar hasta dicha ciudad, pero uno no puede hacer eso con todos, porque a los conductores no les permiten transportar personas sin tiquetes, los pueden sancionar”.

Pese a las adversidades, en este punto del recorrido la generosidad no tiene límites. Al llegar la noche, los caminantes pueden descansar y resguardarse del frío en las habitaciones que existen detrás del restaurante. “Por la mañana, cuando se levantan, toman cafecito y caldo y siguen su camino”, afirma la administradora de ‘La Playa’.

En un día pueden dar alimentos hasta 60 personas que llegan en grupos de entre cinco y 30 integrantes: “Una vez llegó un camión con 35 personas y el señor que conducía nos dijo son muchos y nosotros le respondimos si ayudamos a uno podemos ayudar a 35, porque no les vamos a dar a unos y a otros no”.

La Cruz Roja Internacional es la única entidad que presta apoyo a los migrantes por este tramo. Entrega mantas para cubrirse del frío y presta los primeros auxilios a los personas que lo necesitan. Sin embargo, Vanegas asegura que “es difícil porque son muchas personas que necesitan ayuda frecuentemente”.

“Una vez pasó una señora con tres niños ya muriéndose de frio y entre todos acá le conseguimos ropa y cobijas para que se protegieran”, dice la señora Ludy. /FOTO DANIELA VICTORIA GÓMEZ.

Ante la mirada de un compatriota

Carolina Mejía Hernández es una de las meseras del restaurante. Es colombo – venezolana y lleva viviendo nueve años en Colombia. Como comenta, le ha ido bien en este país porque tiene un trabajo estable y le puede brindar lo necesario a su hija de siete años.

Al ver la situación de sus compatriotas expresa que le dan ganas de llorar, pues su hermano mayor también migró, llegó a Chile donde le negaron la entrada y tuvo que dormir en cartones. “Cuando nos enteramos fue terrible, todos nos pusimos a llorar ya buscar la  manera de ayudarlo”, relata.

No es la única venezolana que trabaja en ‘La Playa’. También lo hace Marysol Prieto como mesera. Dice que le indigna que las autoridades colombianas repartan papeles en donde hablan de la legislación y los artículos que multan a las personas que presten ayuda a los migrantes sin documentos legales. “¿Por qué? Si todos somos seres humanos, sentimos, duele, lloramos, reímos, y que por culpa de un presidente que no sirve para nada todos paguemos las consecuencias”, acota Prieto.

Los viajeros venezolanos son constantes y cada día aumenta la población que toma la decisión de salir de su país y recorrer kilómetros a pie un territorio desconocido. Lo hacen a la deriva buscando un sostenimiento y una buena calidad de vida.

Algunos de los venezolanos que llegan a Berlín se quedan a trabajar recogiendo cebolla en parcelaciones como esta, para obtener dinero y mandarles a sus familiares en Venezuela. /FOTO DANIELA VICTORIA GÓMEZ.

Por Daniela Victoria Gómez L.

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Universidad Autónoma de Bucaramanga