¡La reina del jardín!

Por Helman Villamizar / hvillamizar@unab.edu.co

Sus hermosos ojos color de mar me miraron de soslayo mientras ella bajaba por las escaleras que flanquean el bloque K, manteniendo el equilibrio aferrada a la baranda de seguridad con la mano derecha, dando pasos cortos, con elegancia, como tal vez lo hizo en las pasarelas, para finiquitar una corta polémica que había peldaños abajo de su ruta por el nombre de una planta cuyas hojas semejaban un cafeto.

“No, los cafés están más abajo, al lado del cacao; esta es una Francesina…”.
Doña Lucía Puyana sonrió y luego el tono de una carcajada sutil evidenció la satisfacción espiritual que le genera la contemplación ajena a su inmenso jardín, matizado con el verde de las ceibas, el morado de las orquídeas, el carmesí intenso de las heliconias como sol de venados, la soberbia de las bromelias. De hecho ella misma olía a flores…


Aún en el atardecer de sus años hay trazos del bello lienzo que dibujó su juventud.
Hasta la blusa que llevaba puesta parecía sacada de aquellos mismos jardines, cuando llegó a cumplir su cita matutina con la oficina silvestre que la ve campear por esos senderos desde hace 11 años, porque ya su mamá doña ‘Toña’ Morantes de Puyana le había entregado el relevo botánico para deambular por el bosque que sirve de escenario a los estudiantes de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Unab.

Se giró para explicar el orden jerárquico de aquel follaje que orla las cátedras de centenares de futuros profesionales; entonces hube de hacer esfuerzos para no sentirme como Jean Baptiste Grenouille en la novela El Perfume de Patrik Süskind, esforzando la memoria olfativa para establecer si aquel aroma que la perseguía desde casa era o no un Paco Rabanne queriendo opacar el olor de los pétalos que ha cultivado entre el saber.


“Mi mamá anduvo por aquí hasta los 85 años, cuando los achaques de salud empezaban a impedirle el cumplimiento del trabajo.
“Yo empecé a venir de compañía y me fui quedando aquí, plantando este bosque.


“Esta semana por allá, cerca del bloque H, sembramos unas ceibas barrigonas. Al otro lado, pasando el puente por el sendero que va hacia el CSU, también enterramos un centenar de plantas buscando recuperar ese sector, tupirlo de vegetación. Es algo como lo que hicimos alguna vez en el Parque de Mejoras Públicas” decía mientras levantaba los cristales de sus lentes que empezaban a tornarse oscuros por la aparición de astro rey, tras una madrugada lluviosa.
Por entre la espesura del follaje, aparecían poco a poco sus colegas de jardinería entre ellos Isaías Rincón Muñoz llevando a hombros guadañas, enormes tijeras que les otorgan el poder de ‘peluquear’ las Durantas que delimitan las peatonales del campus, botas pantaneras hasta media canilla, gorras en dril como aquellas que usaba El Chavo…

Arriba, demarcando el orillo de la carrera 42 por donde el vaho del café colado extingue cualquier olor, un reducido segmento que semeja la antesala de los paisajes retratados a punta de verbo por J.R.T. Tolkien en El Señor de Los Anillos, es prueba fehaciente de que doña Lucía es y será por siempre diseñadora de arte, la Reina del Jardín Botánico que envidiaría hasta el mismísimo José Celestino Mutis.
Ah y su perfume sí es un Paco Rabanne…

Universidad Autónoma de Bucaramanga