Por Maria Paula Carreño Díaz
En la sombra de un parasol, en la esquina de la calle 42 con 33 en Bucaramanga, las manos de Héctor Caamaño restauran con precisión distintas piezas llenas de historia. La técnica del material, a veces plástico, mimbre o ratán, muestra un arte lleno de tradición y versatilidad. Entre sillas, mesas y camas, no solo reconstruye muebles dañados, sino también la historia de cada uno de ellos.
Caamaño tiene 55 años, nació en Puerto Wilches, Santander. Allí creció, estudió hasta séptimo de bachillerato y aprendió la cestería gracias a sus abuelos, quienes le enseñaron el arte de crear y reparar objetos mediante el entrelazado de materiales naturales. Sin embargo, hace 25 años, el conflicto armado lo obligó a desplazarse.
Héctor trabaja en un taburete junto con sus herramientas. “Aquí estoy de lunes a sábado, de nueve de la mañana a seis de la tarde”. En Un buen día de trabajo gana en promedio unos 200.000 pesos. Todo depende del material y del tamaño de la pieza que le hayan encargado. “Una silla sencilla me puede tomar hora y media, mientras que una Momposina (mecedora artesanal) es de tres días de trabajo. El valor cambia según el material: el plástico viene de Venezuela, y la paja natural (ratán) de Tailandia. Yo lo compro según lo necesite y cada centímetro cuesta 2.000 pesos”, afirma el artesano.

Héctor Caamaño dedica sus días a restaurar piezas en plástico o mimbre sobre la calle 42. /FOTO MARIA PAULA CARREÑO D.
Su oficio le da estabilidad y tranquilidad para cumplir los gastos básicos de su familia. Es un arte que no tiene tanta competencia, lo único que se necesita, según Héctor, es paciencia. “Hay gente que trae sus sillas viejas, dañadas, porque les tienen cariño. Entonces yo las dejo como nuevas. Es un arte para las personas que les dan valor a sus cosas”, comenta.
Las personas que pasan por su puesto lo saludan con familiaridad. Algunos se detienen a mirar su trabajo y otros le hacen encargos. El negocio ya tiene clientes fijos que confían en su calidad y, sobre todo, en su compromiso. Desde que llegó a Bucaramanga, se estableció en la esquina del Mercagan, frente al Jumbo de Cabecera, y se ha sentido muy bien acogido por la comunidad.
La tradición del arte
La cestería es una de las artes más antiguas del mundo. Desde tiempos precolombinos, la técnica de tejer fibras naturales para crear objetos funcionales y decorativos ha sido parte esencial de la identidad artesanal de países como Ecuador, Perú y México. En Colombia, este oficio es practicado especialmente en regiones como Boyacá, Santander y Bolívar.

“La gente confía en mí para arreglar las cosas que valoran y que guardan memorias”, afirma el entrevistado. /FOTO MARÍA PAULA CARREÑO D.
Esta práctica no solo rescata lo tradicional, sino que también promueve la sostenibilidad. Al aprovechar materiales naturales y reutilizar recursos del entorno, se evita el desperdicio y reduce la necesidad de consumo masivo. La cestería es, además, una alternativa artística con encanto natural, en la que cada pieza es única y lleva consigo el valor del trabajo hecho a mano y la paciencia del artesano.
“Yo ya me quedo haciendo esto toda mi vida, a mí me gusta, es un arte muy bonito”, afirma Héctor. Este labor demuestra que este oficio, más que una fuente de sustento, es una forma de vida. Se protege el talento, conserva la historia de los objetos y mantiene viva la belleza de lo sencillo, de lo antiguo, de aquello que se repara y vuelve a ser útil sin necesidad de reemplazarse.





