María Catalina Sarquis Martínez – msarquis@unab.edu.co / Alejandra Nicol Gómez Amaya – agomez792@unab.edu.co
En las ciudades es común que estén en las esquinas de las cuadras o verlos pasar por cada barrio. Hombres y mujeres empujando carritos de helados, sonando una campanita o anunciando los sabores que llevan en él. Para muchos, es simplemente una persona trabajando, para otros son un recuerdo de la infancia, pero detrás de ese carrito hay un oficio que no se cuenta mucho, uno que combina el sacrificio y la constancia y en algunos casos pasión genuina por lo que hacen.
El recorrido de algunos heladeros empieza mucho antes de que las calles se calienten. Algunos deben recoger el carrito en depósitos específicos o en las mismas heladerías, revisar que los sabores estén completos, contar los conos o los vasitos y por último asegurarse de que la refrigeración esté bien para que el helado no se derrita a mitad de camino. Aunque suene sencillo, este trabajo implica caminar por horas bajo el sol, cargar peso y enfrentarse a días buenos y otros donde apenas se vende.
Así lo cuenta Eduardo Quintero, un heladero que lleva en esta labor hace 35 años, “Este trabajo es pesado porque caminar por algunos sectores de la ciudad bajo el sol no lo hace cualquiera, pero a veces toca hacer sacrificios para poder tener nuestras cosas y pues para tener un sustento en la vida”. Lo dice sin quejarse, más como alguien que entiende que su ingreso depende del clima, de las personas que pasen por la calle y sobre todo, de la paciencia y la actitud que él mismo le ponga al día.

Pero no todos los heladeros caminan, algunos como Alonso Gutiérrez, trabajan desde un puesto fijo en el barrio La Universidad; aunque uno podría pensar que estar quieto es más fácil, Alonso lo ve distinto. “El trabajo es duro porque estar ahí todo el día esperando para tener ventas no es una tarea fácil, pero lo que me alegra y me mantiene en pie es el sacrificio que hago por mi familia para llevar nuevas cosas cada día y tener un sustento y una estabilidad para vivir bien”.
Y luego está la otra cara del oficio, la gente que no solo vende helados, sino que los fabrica, los administra y mantiene sus propias marcas. En la calle 16 del barrio San Alonso, está la heladería de Fernanda Flórez, un lugar pequeño pero lleno de colores, ella lleva 3 años con su negocio, pero su objetivo está claro “Lo hago por pasión y por gusto, lo mejor es ver a mis clientes felices, sobre todo a los niños que son los que más compran”.
A este tipo de historias se suma la de Helados Helio, una de las heladerías tradicionales ubicada en la carrera 26 del barrio San Francisco, dirigida por Alfonso Rueda, quien tiene más de 50 años moviéndose en este oficio.
Para comenzar habla un poco sobre su historia personal, Alfonso cuenta que todo empezó como un legado familiar: “Este negocio era de mi padre. Yo estudié, fui profesor 10 años, y ya después decidí comprar el negocio. Gracias a todo el esfuerzo que tengo con esta heladería tengo cuatro hijos profesionales y me dio el estilo de vida que tengo ahora, para llevar más de 50 años, algo bueno hay”.
También explica que mucha gente no sabe lo que realmente cuesta mantener una heladería funcionando “El gasto mayor no es el azúcar ni la fruta, es la constancia y calidad del producto”.
Además, recalca que trabajar con lácteos exige una higiene estricta, dice que la manipulación de este producto tiene que ser impecable porque un error puede dañar toda la producción. Y como si fuera poco, la comercialización también tiene su ciencia. “El helado es un producto refrigerado, los clientes deben tener congeladores, y eso implica un costo de luz y de equipos, son cosas que la gente no ve al empezar a crear un negocio de estos.”

Helados Helio no cuenta con muchos empleados, pero sí con gente que lleva más de 20 años allí. Para él, cada una de esas personas no son solo trabajadores, ya forman parte de una familia.
Alfonso cuenta sobre la producción que lleva su heladería. “Aquí la fabricación es por proceso, no por pedido, si algo no se vende cada día, me toca eliminarlo porque me vale más tenerlo guardado que volverlo a hacer”. Esto hace que manejar el inventario sea un reto, ya que demasiado producto genera pérdidas y afecta la venta. Además, comenta que la distribución tiene varios canales como: los clientes de tienda, vendedores de calle, compradores de pueblos, las fiestas de piñatas, colegios, eventos y vendedores independientes, cada uno con una forma distinta de comprar y almacenar el producto con esto último dice que se refiere a que “En una panadería usted manda el pan en un bus y ya. Aquí no, aquí todo depende de la refrigeración, y eso es lo que más limita a las personas”.
Lo interesante es que, cuando se escucha cada una de estas historias, se entiende que el oficio es el mismo, pero cada uno lo vive desde un mundo distinto. Eduardo camina por horas, Alonso pasa su día esperando a que lleguen los clientes en un mismo punto, Fernanda crea nuevos sabores y atiende su negocio y Alfonso analiza costos, maneja producción y mantiene viva una tradición que ya es parte del sector.

Ser heladero no es solo ofrecer un helado. Requiere de estrategia, saber en qué horas hay más movimiento, aprender en qué lugares están las mejores ventas, conocer a los clientes, entender sus gustos y adaptarse cada día al cambio. También exige estar preparado para el clima porque si llueve casi no se vende, si hace mucho sol, toca mantener una buena refrigeración y si hay eventos, suben las ventas.
https://view.genially.com/6917ecd9db30d6656fdd61ca/interactive-content-heladolandia: La vida y el trabajo de quienes endulzan las callesAl final, más que helados, estas personas venden esfuerzo y dedicación. Detrás de cada carrito, cada puesto o cada fábrica, hay alguien luchando por salir adelante, alguien que trabaja bajo el sol, bajo la responsabilidad o bajo la pasión. Es un oficio que parece simple, pero sostiene familias enteras y aunque el helado se derrita rápido, este oficio se mantiene firme en la ciudad.






