“Lamentos, si la escuchas mueres”, es una película que, según sus productores, se enmarca dentro del género del terror y del cine fantástico, pero paradójicamente, durante la proyección de la cinta, el público se ríe, cuando no está aburrido de los evidentes problemas técnicos y narrativos.

Lo peor que le puede suceder a un filme de terror es que el espectador se ría en los momentos que debe asustarse, haciendo evidente que la narración no cumple con lo prometido.

La película, grabada en Bucaramanga y en locaciones de la región, predica sobre una mujer que decide suicidarse luego de que su prometido la ha dejado plantada en el altar. El novio incumplido fue seducido por otra mujer, que resulta ser la mejor amiga de la novia, la noche anterior a la boda, y en efecto, ella misma va hasta la iglesia y le informa a la novia que su prometido no llegará porque estuvieron juntos.

La prometida, desilusionada, no tiene más remedio que suicidarse y luego aparece como una prostituta en un bar en el que seduce a los hombres hasta una vieja casona. En ese lugar se aparece como un espanto femenino que ataca a sus víctimas.

La historia es contada por la voz de un narrador, y además es narrada en imágenes, es decir, la película se cuenta dos veces todo el tiempo, pero ¡oh sorpresa!, el narrador, que es un hombre mayor, resulta ser el prometido que nunca llegó a la boda y su deseo es reencontrarse con su amada, ahora hecha espanto. Este punto de giro, tal vez el más importante para la narración, es develado con antelación al espectador, entonces cuando ocurre ya no hay sorpresa.

La historia se torna en exceso larga y repetitiva, que pudo haberse resuelto en un cortometraje, además de los evidentes problemas técnicos y de actuación, la puesta en escena es desafortunada.

Desde lo cinematográfico la película no propone nada en lo absoluto, por el contrario, parece querer imitar los errores de una mala producción televisiva; el sonido es pésimo en algunos diálogos; el montaje recurre a soluciones fáciles para armar la historia como ralentizar y devolver la imagen, o el habitual “flashback”, o salto al pasado en la historia, cuando no se encuentra otra solución más creativa para solucionar los problemas narrativos.

El relato está cargado de clichés y lugares comunes: abusa de la música durante toda la película, y aún más en las escenas que pretende generar suspenso, el rostro femenino que al voltear es un espanto, el espanto que pasa atrás o adelante sin que el personaje lo note, son recursos ya desgastados dentro de este tipo de películas.

El género como tal no acaba de definirse, se presenta como un relato de terror, pero el tono del narrador es algo nostálgico cuando se refiere a la historia de amor, por lo que hay unas secuencias que parecen más un melodrama, pero luego aparece una larga secuencia de la antagonista, la maléfica amiga, que hace un extraño ritual, al parecer satánico porque hay una hexagrama dibujado en el piso, en este ritual hay mucha sangre y hasta un lindo gato. Esta secuencia posiblemente sirvió para que la película entrara dentro del grupo de películas rojas (blood), películas clase “B” en donde hay mucha sangre y poco argumento.

Sin embargo, sus promotores argumentan que la película ha sido un éxito, porque ha visitado diversos festivales internacionales, y hasta recibió un premio de un desconocido festival de cine en Kentucky, precisamente un festival o más una convención de la industria que busca promover cine “blood”.

El afiche promocional contiene el nombre de seis de estos festivales entre hojas de laurel, situación que construye en el espectador el sentido de que la obra es de una gran calidad, puesto que estos festivales la certifican, sin embargo, no todo festival internacional es sinónimo de calidad cinematográfica, este cine “B” o “blood”, al igual que el porno, promueve eventos y festivales con apellidos que hacen referencia a lo que se encuentra al interior de estos filmes: sangre y más sangre.

La cuestión podría ser una anécdota más en la historia del cine santandereano y nacional, pero al escuchar a un muchacho en la proyección que les decía a sus amigos al final de la película: “se los dije… para qué entrabamos a ver una película colombiana”, se evidencia el daño que este tipo de producciones le ocasionan al cine nacional.

Por René Alexander Palomino*
rpalomino@unab.edu.co
*Docente del Programa de Artes Audiovisuales de la UNAB.

 

 

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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