Por: Sara Sofía Morales /smorales140@unab.edu.co y Silvia Juliana Puentes /spuentes740@unab.edu.co
Siempre que recorro las calles de Bucaramanga, “la ciudad de los parques”, me pregunto, ¿de dónde sale tanto monumento? Por lo general, estudiamos la cultura de otros lados, otros países, pero nunca la nuestra, la santandereana. Acá todas esas estatuas o esculturas, pasan desapercibidas; cuando lo cierto es que están cargadas de historia y cada una de ellas tiene algo por contar.
Con la llegada de mi tía Alicia a la ciudad, me vi en la obligación de ser su guía turística. Claro, lo usual sería llevarla a visitar centros comerciales, pero ¿por qué hacer lo de siempre, si la cultura está en otros lados? Si en ciudades como Cartagena o Bogotá los turistas pagan por conocer San Felipe y la Candelaria junto a su contexto, ¿por qué no acá? ¿Acaso Bucaramanga no tiene una historia?
Decidida, y ya con la curiosidad por los monumentos a flor de piel, comencé mi investigación. Nuestra primera parada sería en el Parque de Los Niños.
Con intriga, mi tía me preguntaba por qué escogí ese lugar. Y aunque en un principio no sabía cómo responder, debía demostrar mis adquiridas dotes de guía. “Es uno de los parques con más historia en la ciudad, y no lo digo porque haya pasado algo aquí, sino porque tiene tres figuras particulares”.

“La primera que quiero que conozcas tiene que ver con mi instrumento favorito”, tomé su mano para guiarla y nos detuvimos frente a aquella pieza de cerámica tallada, de casi nueve metros. “Este, es el Clavijero de Tiple.”
El Clavijero de Tiple le pertenece al santandereano Guillermo Espinosa y se inauguró en 1987 para conmemorar a José Alejandro Morales. “Ahora lo ves así, lleno de grafitis, pero se espera que el otro año tenga una restauración. Eso significa que debes volver.” Según escuché, esta caja musical fue una gran compañía para los hombres que luchaban por su libertad en el siglo XVIII. Además, dice Orlando Serrano, un sociólogo, que aquí en Santander tiene una magia especial, porque se afina distinto a cómo se hace en el resto del país. Esto suelta las cuerdas y hace al tiple más melódico. Sin duda, un artefacto icónico para la región.
Seguido a este, se yergue otro monumento y yo diría que de los más importantes, incluso para el país. “Del colombiano Juan Arreaza, estas figuras de bronce, que aquí ves, fueron creadas para recordar a los 19 comerciantes que en 1987 fueron asesinados por los paramilitares en Puerto Boyacá, de ahí su nombre ‘19 comerciantes’”. Su historia es singular; resulta que en 2006, la Corte Interamericana de Derechos Humanos obligó al Gobierno a realizar un homenaje a las víctimas. Pero no fue hasta 2011, y una lucha incansable de los familiares, que finalmente se alzó.

Han sido 37 años de incertidumbre por parte de los allegados, quienes nunca recibieron respuestas. Esta obra habla del respeto hacia la vida y, de cierto modo, es una conmemoración a los masacrados en La Rochela, mientras investigaban la desaparición de las 19 personas, además de otros hechos de violencia cometidos en el Magdalena Medio.

“Galán Comunero es el último que encontrarás aquí”, le comento a mi tía. “De hecho, es el más viejo de este sitio; ya tiene 75 años de inaugurado”. Damos unos cuantos pasos y llegamos al corazón del parque. “El hombre que ves allí…”, digo, señalando la escultura bronce, “…es José Antonio Galán”. Galán fue uno de los líderes en la insurrección de los Comuneros, una lucha contra las injusticias. “¿Y esta de quién es?”, me preguntó. “De Carlos Gómez Castro, escultor, y es, precisamente, de aquí, de Bucaramanga”.
Caminamos por este icónico parque, sintiendo correr el aire fresco que nos brindan sus frondosos árboles. Después de disfrutar de un raspado, concluimos nuestra primera parada en la ciudad. Dejamos atrás al parque con una nueva perspectiva, conociendo más sobre nuestra historia, sabiendo que siempre hay más por descubrir.





