Las ventanas de los mundos soñados por Daniel 

Por: Alejandra Sierra, Sayyid Sarquis, Danilo Cárdenas

“En el principio había arena, sopló Dios con su aliento de fuego y creó el vidrio”. Frágil, maleable, quebradizo como la vida misma, necesitada de un alfarero para ser moldeada. Como aprendiz de Bochica, la creadora del salto del tequendama, Daniel Castillo manipula el cristal con la misma intención que su maestra, esculpir la existencia. 

FOTO DE: Sayyid Sarquis

Incluso en las puertas de su diminuto palacio se distingue el arte, les incrustó parte de su personalidad, la transparencia. La misma con la que trata a todas las personas que se aproximan a su entorno, a quienes les muestra su corazón en cada obra. Las paredes de su templo están vestidas con óxidos metálicos que a niveles inimaginables de calor se fusionan  reflejando su alma. Su bufete es testigo de las discusiones cruciales con las musas de su inspiración, para erigir un nuevo rompecabezas. 

Seis lustros atrás Daniel era estudiante de Ingeniería; para entonces las matemáticas y el dibujo técnico frenaban su imaginación. Era su carrera más no su vocación, en su alma había pasión, pero quizá no para los cálculos diferenciales o las fórmulas, ni había ideas que le provocaran ardor en el pecho. Hasta que en un viaje a Venezuela conoció el vidrio. Fue un acontecimiento de proporciones bíblicas. En una iglesia de Maracaibo, sus pupilas se dilataron y se detuvo el tiempo tal y como se congela el agua. De repente lo rodeó una luz  y supo que quería dedicarse al vidrio por el resto de su vida. 

Entonces, resolvió: ‘hagamos con el vidrio lo que proyecta mi mente’. Sin precipitarse, su sexta idea le dio forma a ventanas de mundos soñados. Con una lija comenzó a moldear su prestigio tal como Sastrecillo Valiente transformó su imaginario abstracto para hacerlo realidad, tangible, palpable.

Pero los vitrales, así como le han dado fama, lo llevaron de repente por sendas misteriosas donde sus clientes -hijos de la Colombia nacidos a la sombra del narcotráfico y la violencia- alteraron su calma. El tormentoso viento de la amenaza lo resolvió buscando refugio en la distancia. Tuvo asilo político en Canadá donde estudió inglés, aprendió más de su adorado vidrio y estudió en la escuela de negocios del país. Y el arte se mantuvo latente. 

Viviendo en Canadá, pasó muchas dificultades para pagar el taller que arrendaba de manera ilegal, hasta que decidió ponerse un ultimátum. Con el pulso tembloroso envió una escultura a un concurso. Años después, Daniel recuerda su peor momento con tranquilidad con la certeza de que esa dificultad lo ayudó a crecer. De eso da fe, la monumental obra que adorna las calles de Canadá. 

Ahora los días de Castillo transcurren en su taller, en el tercer piso de una bodega frente a la antigua plaza de toros de Floridablanca. Allí evoca ahora lo que ha hecho, ve que es  bueno. “Y fue la tarde y la mañana el sexto día…”