Helman Villamizar daza / hvillamizar@unab.edu.co
El periodista Javier Ferreira convierte su pasión por el ciclismo en “Pedalazos”, un libro gestado en la Unab que revive hazañas inspiradas en José Serpa, Abelardo Rondón, Félix Cárdenas, Víctor Hugo Peña… rumbo a Ulibro 2025.
Decidí agarrar con firmeza la caramañola repleta de pensamientos, llenarla de agua y salir a experimentar cómo carajos hacían desde Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, Luis Alberto “Lucho” Herrera, Fabio Parra, Santiago Botero, Egan Bernal, Nairo Quintana, Fernando Gaviria, Rigoberto Urán, hasta Mariana Pajón, para aguantar el ritmo intenso al que se sometían —cual modelos en salón de ‘spinning’— recorriendo largos trayectos, moviendo las piernas a ritmos frenéticos, sin jadear, sudando a mares, sin cansancio aparente, resistiendo la presión del sillín en esa parte mullida del cuerpo donde la espalda pierde su casto nombre.
Pero la fatiga me alcanzó incluso antes de subirme a mi ‘Monareta de Monark’ de manubrios largos, colgada desde hacía años en un gancho del sótano; peor aún cuando descubrí que una araña ya había erigido allí su hogar entre nubes de polvo y hollín… Desistí.
La angustia me llegó buscando emular lo que le había escuchado a Javier Ferreira hace poco, en la sala de profesores de la Unab. Más contento que pato criando gansos, llegó henchido de orgullo, con el cuello estirado, una carpeta bajo el brazo y la sonrisa enorme de un payaso recién jubilado. Contaba que se había ganado “el premio”, la compensación a su esfuerzo: 108 páginas narradas con satisfacción, el fruto de lo que cada noche maquinaba, planeaba y tecleaba.
Lo oí, y entonces empecé mi propia búsqueda para no sentirme rezagado en la charla ciclística, para no achantarme cuando escucho a Luis Raúl Carvajal detallar cada capítulo de su inmensa colección de revistas deportivas (en especial de ciclismo), esas donde descubrió incluso que, por allá en 1965, antes de que se hiciera famoso Pablo Escobar, Roberto Escobar Gaviria, alias “El Osito”, hacía parte del ‘dream team’ del ciclismo nacional. Incluso compitió en el equipo que representó al país en los Juegos Bolivarianos y Americanos.
No, no es carreta. El hermano del tenebroso narco colombiano se destacó en el deporte insignia del país, y eso está documentado en la historia nacional. Fue tercero en la prueba por equipos del Campeonato Nacional de Ciclismo de Colombia en 1965; obtuvo 37 triunfos en un solo año, y hasta fue segundo lugar como deportista del año en Antioquia, solo superado por el campeón mundial Martín Emilio “Cochise” Rodríguez.
Luz en la oscuridad, pero esa será otra historia, porque Javier Ferreira no paraba de contar. Estaba como extraviado recién hallado, exorcizando su satisfacción en pleno embalaje verbal. Aquello era la catarsis de 17 años represados mientras se ejercitaba en el periodismo (poco del deportivo, porque era todero), dejando que no solo fueran sus retinas las contagiadas por el universo fantástico que nació, lejos en el tiempo, por allá en 1817, cuando un varón inglés ideó una máquina para correr que, además, no tenía pedales.
Javier decidió mantenerse en esa licra ajustada de anhelos que lo llevó de los medios a las aulas como profesor de periodismo deportivo y, aún más allá, a la reportería gráfica primero por afición, luego por pasión.
Desde que tiene memoria, sus piernas sintieron el rigor de llevarlo —cual ‘Spiderman’ de las bielas— por las calles de la ‘Perla del Fonce’, semejando más una escalada de montaña que un simple pedaleo.
¡Cómo no desarrollar fuerza en las piernas trepando las empinadas calles de San Gil! Si lo hacía desde niño, claro que se atrevería a viajar hasta Bucaramanga en bicicleta. Lo ha repetido un par de veces.
Y entonces ‘alétheia’: le fue revelado el sueño. Lo que debía hacer para izar la bandera de cuadritos blancos y negros de sus fantasías sobre el caballito de acero. En la Unab, el periódico 15, la radio, las aulas, le permitieron hacer ciclismo “no buscado, pero sí encontrado”. La pandemia, a finales del 2020, incubó el deseo.
Un año después, moderando una charla con Maria Jimena Duzán en Ulibro 2021 (“¿Para qué escribir?”, sobre sus columnas semanales), cayó en cuenta de que tenía una buena reserva de escritos sobre ciclismo.
Arrancaron entonces sus primeras metas volantes, sin premio, pero con la idea cada vez más clara. Ya tenía 90 páginas condensadas y el fuego se avivó cuando se lo comentó a Pastor Virviescas Gómez, quien lo empujó sin compasión a plasmar el proyecto como quien baja en bicicleta sin frenos por la calle 12 de San Gil. La única promesa: hacerlo impreso.
¿Cómo? Con un patrocinador. Se postuló a varias convocatorias, incluso a la del Instituto de Cultura de Bucaramanga “Cree en tu talento 2024”. Participó y, en abril pasado, ganó la beca.
Reapareció Pastor, le dieron forma al libro, masajearon los músculos, y antes de Ulibro 2025 los relatos comenzaron, hoja tras hoja, a darle cuerpo a los “Pedalazos” de Javier Ferreira. Se obligó a ser parte de su propio equipo en cada historia, hilando su vida con la de los protagonistas, alcanzando un texto más maduro a medida que avanzaban las páginas.
¿De quién es la culpa? De Fabio Parra, quien marcó el punto de quiebre para apasionarlo cuando, durante el Tour de Francia de 1985, batalló en la fracción más larga de la competencia, entre Morzine Avoriaz y Lans-en-Vercors (269 km), con Lucho Herrera como escolta.
Parra esperó a Herrera para que puntuara en la montaña, sacrificando su propio podio: quedó cuarto en la etapa y octavo en la general, ganando la clasificación de novatos.
Ahí quedó prendado este novato del ciclismo que, este año, quedará registrado en Ulibro como el más ‘novel’ de los escritores que se empollan en Santander. Simplemente porque a él, como a los demás en este relato, los des‘biela’ el ciclismo.








