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Los jóvenes y sus votos políticos en Santander

Por: Danna Rincón/[email protected]

Muchos dicen que los jóvenes y la política se llevan como el diablo y el agua bendita. Con estas dos historias de jóvenes santandereanos veremos si eso es cierto o no.

Fabian Urquijo y Lizeth Jaimes, el barranqueño y ella bumanguesa. Se diría que lo único que los une lazo político, pero sus historias tienen un hilo distante. Fabian nació en un mundo lleno de violencia y desplazamiento forzado. Esto marcó su vida y la manera de ver las situaciones sociales y políticas a su alrededor y lo convenció de pensar en otro panorama. Por eso, mientras corría por las calles de Bogotá, camino a una reunión del Pacto histórico, su partido, me dice vía telefónica: “las armas no son el mecanismo para convivir ni encontrar la paz”.

Lizeth, por otro lado, se crio en una familia clase media. “Mis papás en lo posible siempre me han dado todo, he llevado una vida tranquila, y sigue siendo así”, comenta. Su situación, más alejada de la realidad de Fabián, imposible. Sin embargo, es una mujer sencilla, amable, con la voz suave y amigable, con unas manos delicadas y ojos que hablan por sí solos… y es que tiene una parla digna de la politiquería.

“En la política uno siempre espera algo”, así lo disparó Lizeth mientras compartíamos una gaseosa charlada en la primera tienda que encontramos en la comuna 10 del barrio Cristal en Bucaramanga. La seguí dos días por toda la ciudad mientras hacía campaña. Ella se veía como quien persigue un sueño imposible. Escuché su discurso politiquero y el famoso: “él es el cambio que necesitamos”. Se refería a Miguel Ángel Pinto, senador para el que trabajó y quien el domingo pasado obtuvo una curul con 110,904 votos.

La escuché hasta que el oído me empezó a doler. Dialogamos sabroso en esos días y al final cerró mi incansable cuestionario disfrazado de conversación con esa oración arropada de comillas del párrafo anterior: “él es el cambio que necesitamos”. No me sorprendió, solo me surgió una pregunta: ¿está a la espera de un beneficio propio? ¿Quiere algo material, político, económico? ¿Qué es lo que espera? Bueno, en realidad fueron varias preguntas y espero que este montón de párrafos construidos con la ayuda de oraciones que escribiré a continuación nos permita a usted, querido lector, y a mí, resolverlas.

Olvidé mencionar que tiene 21 años, pero es importante que lo sepan. Es una joven que decidió sumergirse en la política. Como muchas personas en este país ya tenía una historia de romance con los políticos y en eso de ayudar al rico a volverse más rico y al poderoso volverse más ladrón, nada nuevo. Su recorrido empieza tiempo atrás con su madre trabajando en la campaña de Claudia López, pero no la que grita, ¡mi hermano!, es otra, la actual esposa del doctor Miguel Ángel Pinto, como le dicen los allegados. Ella la ayuda a ingresar en la campaña y de ahí en adelante todo es golpecitos en la espalda únicamente para Lizeth.

Estábamos cansadas. Yo no había hecho más que parar oreja todo el día, pero por alguna razón el físico lo tenía por el suelo. Y ni hablar de Lizeth. Durante todas nuestras charlas no faltaba la sobada de piernas discreta con las manos, o la tos que era un claro sinónimo de “la voz no me da” y me hacía saber que el discurso debía tomar rumbos de despedida. No obstante, lejos de ser una despedida, todo a nuestro al rededor gritaba inicio.

Lizeth Jaimes, oradora en la campaña de Miguel Ángel Pinto en la comuna 10 del Barrio Cristal en Bucaramanga. Foto: Danna Rincón.

Lizeth estudia derecho, lo tuvo clarísimo desde que estaba en el colegio. Luego, su mamá trabajó en campaña de Claudia López y de ahí su inclinación por aspirar a un puesto en el futuro. “Quiero un puesto en la política, me gustaría algún día que un grupo de personas me siguiera y tener la capacidad de convencer con mi discurso”, me dijo con unos ojos que solo desbordaban entusiasmo y ansiedad por lo que podía ser un futuro exitoso para ella. 

El segundo día que nos encontramos el escenario ya no tenía olor a buchona con papas de paquete. Estábamos en un apartamento con delirios de grandeza política de fondo, y nos sentamos en unas Rimax en el balcón. «Yo no me ocupo de entregar refrigerios o hacer la parte dura de esto», me dijo con una frescura que podía sentir un airecito golpeándome la cara. Remordimientos no había, pero qué preocupación tiene alguien que sale de su casa en carro todos los días y si tiene pico y placa paga indriver de aquí pa’ allá y de allá pa’ acá. No es que sea pecado, pero comparado con Fabián, que se ha pateado Barranca desde el muelle hasta Villarelys, resulta complicado y más con ese sol inhumano.

Fabián Urquijo y sus armas democráticas  

En 1995 nació Fabián. Piel morena, sonrisa amplia, cabello negro oscuro y ciento setenta y cinco centímetros destacan al líder social de Barrancabermeja. La muerte de su tío lo dejaría atascado en el pasado, pero sería la excusa perfecta para comenzar su relación interminable con la política. A sus cortos 10 años, ya se hacía preguntas como: “¿por qué matan a las personas?”. No entendía la manera en la que actuaban los seres humanos y menos esos que obligan a los campesinos a dejar sus tierras, o a los que escondidos detrás de un arma mataron a su tío, a esos menos.

Fabián Urquijo y Gustavo Petro en un debate ambiental en la Universidad Nacional de Colombia. Foto archivo: Fabián Urquijo.

“El gobierno solo es sediento de poder y avaricia”, por alguna razón, bastante obvia, esa frase que me dijo no me sonó muy alejada de la realidad. Todo esto me lo gritaba en una llamada interrumpida por el caos que tanto caracteriza a la capital colombiana. Fue de las conversaciones más enriquecedoras que he tenido y no duró más de media hora. Con eso, les aclaro que ese man nació para mover gente. Fabián trabaja para el candidato a la presidencia que alguna vez dijo “yo no vine a hacer pobres a los ricos sino ricos a los pobres”. Ese mismo, al que los ricos le temen, que si queda de presidente se van del país y no precisamente de work and travel. Bueno, por si todavía no sabe de quien hablo, es el estudiado y muy letrado Petro. Con él trabaja el barranqueño desde el Magdalena medio. Su interés primordial es crear un ministerio con el enfoque en el acompañamiento a la juventud y la niñez.

En un momento de la llamada me sentí en la mitad de algo. Inmediatamente no lo entendí, pero ahora sí. Estaba conversando con alguien que ve a la política como la meta y de alguien que quería un cambio y quería hacerlo desde la democracia. Mismo mecanismo de Lizeth, pero diferente fin. Urquijo es un joven que, aunque no nació en cuna de petróleo, logró sanar sus demonios. En otras palabras, Ecopetrol nunca respaldó su salud o educación y aun así llego hasta Argentina donde estudió psicología para empezar a entender el comportamiento de las personas.

La psicología la devolvió a Santander, a las calles de su ciudad natal y ahí emprendió el largo y complicado camino de llevar a las personas de la mano hacia un país mejor. Desde su tono de voz, lleno de seguridad, y sus ideales colmados de esperanza, Fabián ha creado de sí mismo un mecanismo donde no se quiere pelear, sino arreglar, mejorar, cambiar. Él, a partir de las propuestas y discurso de Gustavo Petro, se convenció de que el cambio que para Lizeth es Pinto, para él es Petro. El orden de los factores políticos no altera el producto.

Algunos tachan al político de la Colombia Humana de cansón, pues ha intentado gobernar el país desde el 2010 y en esto sí que se parece a Fabián, la insistencia y paciencia que se debe tener para tratar de cambiar un país que se quebró casi que, desde su nacimiento, es duro. Como lo dice el viejo, conocido y sabio refrán: “palo que nace torcido, jamás su tronco endereza”. Sin embargo, el moreno de sonrisa contagiosa no cree en eso, más bien cree en Colombia. Y mientras Lizeth espera a que los contactos de su mamá con la familia Pinto López hagan su parte, Fabián camella para que, por medio de su “humanismo universalista y activismo, los colombianos entiendan que la vida no es como la pintan y que la religión, el partido político y esas vainas que nos inculcan de niños, no son la verdad absoluta”.

Universidad Autónoma de Bucaramanga